6 de marzo de 2017

Son las tres de la mañana

Esta madrugada nos decimos adiós.
A ver si nos despedimos algún otro día;
a ver si dejamos de querernos a trompicones
y detenemos el coche en la gasolinera de al lado.
Ya no pasan relámpagos por tus ojos,
ya no me miras como si quisieras memorizarme,
tal vez ya me sabes tanto que podrías pintarme.
Esta noche llevo los tacones en la mano
y mi cara es un cuadro de Picasso;
supongo que no tengo a nadie a quien impresionar,
aunque lo que realmente es impresionante
es que el cielo se ha vuelto a nublar.
Estas cosas pasan, ¿no?
Se nos han acabado las promesas a medias
y no nos quedan excusas para rellenar las horas muertas.
Tú encontrarás a otra tía que te haga parar en la autovía
y yo me quedaré escribiendo recuerdos
como si hubiera sido poeta en otra vida.
Empezamos a necesitar música para bailar
y desaprendimos a nadar por nuestros miedos;
volvimos a temer aun teniéndonos a dos centímetros,
cuerpo a cuerpo.
Se nos acabó el tiempo para decirnos "te quiero"
y yo no es que haya pasado página,
es que he cambiado de libro:
ya no me gustan los que llevan ilustraciones en la portada.
Ahora son las tres de la mañana
y sigo esperando en la parada de un tren que nunca pasa.
Las farolas muestran mi sombra
y hasta ella parece que tiene un color amargo,
me mira con pena desde la soledad.
Tal vez cuando llegue el próximo tren
ya haya amanecido en este lado de la ciudad.

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