3 de marzo de 2017

Brújula salvaje

Me miraba con ojos salvajes
como un león en busca de presa.
Es difícil determinar con exactitud
si su presencia me tranquilizaba
o, por el contrario, creaba terremotos en mis piernas.
Tal vez fuera su aspecto alocado
que invocaba tormentas de canciones
como si fuera su rezo.
Sería un disparate intentar huir de él
porque, sin tocarme, me atrapaba
cada vez más en su red de sonrisas.
Era salvaje, sí, y un loco,
pero nunca pondría la mano encima de nadie
si no fuera para pintar fantasías en mis caderas.
Prefería torturarme con versos
de trovadores que recitaban en su memoria
o con cuentos a la hora de soñar despiertos.
Sus gestos eran puro espectáculo
y hacía teatros sobre mis costillas
que cerraban el telón
cuando empezaban los besos y las caricias;
no sabes lo que es el amor
si no has intentado escapar de sus cosquillas.
Tenía estrellas en la espalda que se estremecían
cada vez que soplaba el aire sobre ellas;
era astronauta en mi cuerpo 
y despegaba en cohete hacia la luna de deseos
dejando incendios que transformaban cenizas 
en latidos que hacían carreras de velocidad.
Y vaya con esa risa incontrolable
cuando iba por la calle y me hacía volar;
se me acababa la vergüenza cuando cogía mi mano
y me hacía bailar en mitad de la carretera.
Parecía que saltaba sobre mis pulmones
cuando me guiñaba un ojo
y dibujaba una sonrisa traviesa:
un león que roba el aliento para poder respirar.
Ni de lejos era perfecto,
pero sus defectos eran mi pan de cada día,
y es que era por el día cuando se despertaba
siendo la brújula de mis anhelos.
Difícil olvidar cada vez que rimaba
paseos por mi cuello y susurros en mi pecho;
incrementaba la locura que me retenía en sus pensamientos
y que me invitaba a declararme en huelga de lágrimas.
Su aspecto feroz nunca me instó a marcharme:
sabía que sin su personalidad salvaje
caminaría perdida a falta de brújula
haciendo equilibrios sobre una cuerda floja
a punto de romperse.

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