1 de septiembre de 2016

El Café Antiguo I - Ángela

¡Crash!
Un golpe estridente me sobresalta y giro la cabeza hacia la puerta. Una chica alta se disculpa con la camarera con la que parece que ha chocado y le ha hecho volcar la bandeja con un par de tazas.
Vuelvo la cabeza de nuevo hacia mi ordenador portátil y mi diario de viaje.

"Ángela, 21 años. Fotógrafa, bailarina y viajera.

Comencé mi viaje con una cámara, un mapa, un diario en blanco, unas puntas de ballet y una pregunta: ¿qué me depararía la aventura que estaba a punto de empezar?"

Suelto un suspiro y miro unos segundos hacia la barra en la que la pareja charla animadamente, da la sensación de que están enamorados. En mi mente se empieza a formar una historia sobre lo que han podido pasar e, inconscientemente, cierro mi diario de viaje y abro un documento de texto en blanco.
Ella, una joven de pelo largo, castaño y ondulado, sujeta una taza en una mano, está cruzada de piernas sobre el taburete, pero su cuerpo está dirigido hacia el chico con el que charla, por lo que supongo que está interesada en la conversación. Él, un atractivo muchacho rubio, sonríe y deja su taza sobre el plato que hay encima de la tabla de madera para después depositar su mano sobre la mano de ella. Son una pareja de foto, quizá lleven juntos unos meses; a lo mejor hoy es su aniversario del primer año juntos. ¿Quién sabe?
El chico le susurra algo al oído y se dirige al servicio.
Me centro en mi ordenador y, por el rabillo del ojo, veo entrar a una chica de pelo liso que se acerca rápidamente a la primera joven, ¿una amiga? Le comenta algo con expresión preocupada y la otra escucha atentamente. Cuando el muchacho vuelve del servicio, su novia parece despedirse de él y la chica del pelo liso le da un abrazo, supongo que se conocen.
Esquivan los trozos de porcelana que la camarera está recogiendo y salen por la puerta. Tecleo velozmente a la vez que observo al joven que acaba de perder la sonrisa. Se termina el café, que pronto es retirado por la camarera, y saca su móvil del bolsillo. Desliza los dedos rápidamente sobre la pantalla, bloquea el aparato electrónico y espera. Me pregunto a quién habrá escrito, ¿a un amigo? ¿A la chica que se acaba de ir?
Aprovecho la situación para dejar que mi imaginación fluya a través de mis dedos, para crear una historia y, minutos después, la puerta de la cafetería se abre de nuevo. Es otra chica, una muchacha de pelo corto y oscuro. Lleva unas gafas de montura negra.
Recorre con los ojos todo el lugar y deposita su mirada sobre el joven de la barra para después caminar hacia él, despreocupada. Le besa en los labios. Frunzo el ceño. ¿Será la novia del chico? ¿Y si le está engañando con la joven que se ha ido corriendo? Un odio empieza a crecer en mí hacia él. ¿La chica que acaba de llegar lo sabrá? ¿Qué culpa tendrá la otra? Si fuera ella llevaría cuidado. Hablan un rato, conversan con la camarera, ella les sirve dos tazas grandes y yo tecleo la escena que me acabo de encontrar. Al rato, ambos se marchan sonrientes de la cafetería después de que él pague la cuenta. La camarera solo entrecierra los ojos, sonríe educadamente cuando se despiden y se lleva las tazas vacías de los dos jóvenes.

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