27 de abril de 2016

Ausencia de sonido

Quisiera un silencio eterno,
de ésos que ahogan las penas,
de ésos que se sienten en todas partes.

Quisiera un silencio completo,
donde no hubiera sonido
ni palabras ni suspiros.

Quisiera un silencio lleno,
un silencio que hiciera ruido
aunque durase solo un momento.

Quisiera un poco de silencio,
pero en este mundo de misterios
el silencio es un secreto.

26 de abril de 2016

17 años de recuerdos

Cinco años; cumplía cinco años el primer cumpleaños que recuerdo. 
No soy capaz de rememorar exactamente si invité a alguien o no, si vino alguien o no. Pero sé que estaba viviendo en Onil y apenas conocía a mis compañeros de clase ya que había llegado hacía muy poco tiempo, en ese mismo curso. Recuerdo la clase y recuerdo que ese mismo día cumplían años dos hermanos mellizos. Alguien trajo tarta, no recuerdo si sus padres u otra persona. No sé concretar el motivo por el que soy capaz de rememorar aquel momento, solo sé que no me sentí muy bien porque nadie sabía que yo cumplía años y me sentía como... insignificante. Pero era lógico que no lo supieran, al fin y al cabo, acababa de llegar hacía muy poco tiempo. 

El resto de cumpleaños han sido muy diferentes los unos de los otros. Han habido algunos de incluso doce personas y otros de solamente una. Unos me he sentido mejor que otros y hay algunos que recuerdo exactamente lo que sentía en ese momento. 

Estar a tan solo tres días de mi cumpleaños me da mucho que pensar. Me hace darme cuenta de las cosas que tengo que cambiar, de las cosas que he cumplido y las que no en el último año, de lo que ha cambiado, que no es poco, y de lo que no volverá a ser igual. Estar a tan solo tres días de mi cumpleaños da mucho que pensar y yo no he dejado de hacerlo. Quizá nada cambie o quizá lo haga todo. No lo sé, no importa. Que pase lo que tenga que pasar. Al fin y al cabo, solo es un día más.

22 de abril de 2016

Mi primer libro

Hoy he recordado el primer libro que tuve. Mi padre me leía "Julieta, estate quieta" cuando yo tenía 3 o 4 años. Todavía no sabía leer, pero acabé aprendiéndome el libro de memoria. Cabe recordar que está escrito en verso y es muy corto, básicamente porque es un libro para niños, lleno de ilustraciones.
Cuando llegó mi madre, le dije que sabía leer y cuando vio que era capaz de "leer" el libro, aunque solo lo estaba recordando, se sorprendió mucho. Hasta que vio que lo que yo estaba "leyendo" no era lo mismo que lo que estaba siguiendo con el dedo. 
A día de hoy, todavía recuerdo esa anécdota como una de las mejores de mi infancia. 
Agradezco a la autora, Rosemary Wells, el momento que me ha dado y que recordaré, espero, durante toda la vida.


21 de abril de 2016

La cuenta atrás

Diez...

Me dirijo hacia el horizonte, busco una salida, huyo de los problemas que me persiguen, intento escapar de mis propios pensamientos. No hay otra solución.

Nueve...

Camino más rápido, ansío llegar al borde del precipicio. La sensación de haberlo perdido todo me inunda el pecho y solo quiero dejar de sentir. Ojalá no sintiera nada, ojalá no tuviera emociones.

Ocho...

Me muerdo la lengua para no gritar ante la frustración que se abre paso hasta mi pecho, ahogándome, dejándome sin aire. 

Siete...

Ya estoy cerca, ya no tengo que pararme a pensar lo que dirán los demás, ya me da igual.

Seis... 

Ya siento la brisa de la caída, ya siento la paz tras el dolor que durará unos pocos segundos.

Cinco... 

Solo me quedan unos pasos. Es la solución, lo veo, lo siento. Inspiro con fuerza la libertad.

Cuatro...

Sonrío en mi interior. Ya no tendré que enfrentarme a todo, ya no estaré sola, se acabó el dolor.

Tres...

¿Qué importa lo que piensen los demás? Ya no estaré para saberlo, ya no tendré que ver la decepción en sus rostros. 

Dos...

No tengo por qué enfrentarme a todo ésto, no tengo por qué hacerlo. Me paro ante el borde y la camiseta que llevo se agita con el viento. Voy a dejarlo todo, voy a abandonarlos a todos. Ya no más sufrimiento.

Uno...

Vuelvo a inspirar y cierro los ojos antes de dejarme caer al vacío, a la nada. Un grito me raspa la garganta, pero no soy capaz de distinguir si es de euforia o de arrepentimiento. ¿De arrepentimiento? ¿De qué me arrepiento? De todo, no hay duda. Pero, ¿qué me duele más: todo lo que he hecho o el haber decidido escapar? ¿Debería haberme enfrentado a todo? No había solución, yo sabía que no había otro final, pero... ¿Y si sí que lo había?

Cero... 

El final llega con un golpe seco y fuerte que hace que mi cuerpo vibre. El dolor se extiende por unos segundos y yo solo deseo que se acabe, que se termine, pero no lo hace... No lo hace y  me quedo quieta, incapaz de moverme. Y el dolor no acaba, solo aumenta y aumenta y no acaba.

16 de abril de 2016

Secretos

Susúrrame al oído
tus más oscuros secretos
que yo te escucharé
y no te juzgaré por ellos.

Susúrrame al oído
tus peores pensamientos
que yo me callaré
y mantendré mi silencio.

Susúrrame al oído
y confíame tus sueños
que yo te abrazaré
y ya no te sentirás inquieto.

Susúrrame al oído
y llora tus peores tormentos
que yo te consolaré
y te haré olvidar el miedo.

Susúrrame al oído
tus más oscuros secretos
que yo te escucharé
y caminaremos juntos al infierno. 

Notificaciones

Un móvil.
Quince notificaciones en WhatsApp: nueve en grupos y seis en conversaciones abiertas.
Nueve notificaciones en Twitter: dos nuevos seguidores, cuatro retwitts y tres likes.
Veintitrés notificaciones en Instagram: catorce me gusta, seis comentarios y tres nuevos seguidores.
Siete notificaciones en Facebook: tres nuevas peticiones de amistad, tres me gusta y un comentario.
Veintidós notificaciones en Snapchat: dieciséis nuevos seguidores y seis fotos en privado.
Tres notificaciones en YouTube: un vídeo de un canal y dos respuestas a un comentario.

No contestas a la mitad de los chats de WhatsApp porque no te apetece y respondes con emoticonos a la mitad de los grupos para que piensen que participas.
Sigues a las personas que te han dado follow en Twitter.
Te enfadas por un comentario en Instagram que parece que no viene a cuento.
Respondes al comentario de Facebook.
Miras las fotos que te han enviado por privado en Snapchat, sientes algo de decepción por no estar con esa gente que lo está pasando bien sin ti y mandas con falso entusiasmo fotos por privado a las personas que te han mandado fotos a ti.
Ves el nuevo vídeo de YouTube de un canal al que estás suscrito y contestas a las respuestas de tu comentario.

En todo el tiempo que has estado mirando el móvil no has ayudado a una anciana que se ha caído en la acera, no has visto a un amigo que hacía tiempo que no hablabas con él y se ha sentido ignorado, no has cruzado tu mirada con el posible amor de tu vida, te has chocado contra una farola, se te ha caído la cartera con veinte euros al suelo y no lo has recogido, no has visto que robaban el bolso a una mujer y no has visto unas zapatillas en el escaparate de una tienda que te podrían haber encantado. 

Por haber estado mirando el móvil y por estar perdiéndote en el mundo de Internet, estás dejando de vivir en el mundo real. En el nuevo mundo, un mensaje en WhatsApp de alguien que te gusta es más importante que ayudar a una anciana que se ha caído en la calle; seguir a algunas personas en Twitter es más importante que recordar a un amigo que te caía muy bien; leer los comentarios de Instagram es más importante que evitar chocarte con una farola; revisar la vida de los demás a través de fotos de Snapchat es más importante que vivir tu propia vida y encontrar el amor de tu vida en un lugar que no es Internet y mirar los vídeos que suben a YouTube es más importante que controlar el dinero que llevas encima y toda tu documentación.

Por vivir en Internet y hacer lo que todos hacen, por intentar hacer que crean que eres de una manera que no eres realmente y para comprobar que no dicen nada malo de ti en las redes sociales, estás dejando de vivir en la vida real. Estás perdiendo tu humanidad, estás perdiéndote y estás perdiendo a muchas personas.

8 de abril de 2016

Pensar... ¿Pensarlo?

¿Pensar? ¿Pensar en qué? ¿Pensar en un sueño?
¿Pensar en un sueño donde todos consigamos lo que queremos?
¿Pensar? ¿Para qué?
¿Para qué torturarnos la cabeza de esa forma?
¿No es mejor dejarlo estar?
¿De qué sirve pensar?
¿Para qué sufrir innecesariamente?
¿No es mejor dejar la mente en blanco u olvidar?

¿Pensar? ¿En qué? ¿Pensar en alguien? ¿Pensar en algo? ¿Pensar en eso? ¿Pensarlo?
¿Plantearnoslo acaso? ¿Pensar en un sentimiento?
¿Y si lo dejamos estar? ¿Y si olvidamos todo momento? ¿Y si nos dejamos llevar?
¿Tan malo sería? ¿Pensar? ¿No es mejor estar? ¿No es mejor disfrutar?
¿Por qué no vivir? ¿Por qué no... amar?

3 de abril de 2016

Inscripción en una lápida

Dejo que las lágrimas resbalen por mis mejillas. Hoy no voy a pararlas, hoy no voy a contener los sollozos. Dejo las flores blancas al lado de su nombre y me siento delante del trozo de mármol en el que está grabado su nombre, su fecha de nacimiento y fallecimiento y un epitafio:

"Permanecerá entre nosotros mientras su recuerdo siga latente."

-Te echo de menos- le digo a la lápida-. No sé cómo seguir viviendo sin ti, a veces el dolor es demasiado atroz, ¿sabes? Te echo de menos, no sabes cuánto...

Me quedo mirando su nombre durante unos minutos. No tengo energía para irme, mi madre sabe que estoy aquí. Siempre vengo cada trece de cada mes.
Una mano se acerca por mi lado y deja unas flores azules al lado de las mías, creando una mezcla de colores muy bella. Se me hace raro que haya alguien más conmigo aquí. Hoy hace frío, pero el frío que se extiende en mi interior es más fuerte que el de fuera. Alguien, la persona que ha dejado las flores, se sienta a mi lado y deja una mochila a su otro costado. Le miro y veo que es el que era el mejor amigo de mi hermano. No decimos nada, supongo que a ninguno de los dos le apetece. Mi hermano era una buena persona y dejó a mucha gente atrás.
Empiezo a temblar y no impido que los sollozos se escapen por mi boca y las lágrimas inunden mis mejillas. Me acurruco sobre mí misma y noto que apenas puedo respirar. Le echo tanto de menos que no puedo soportarlo. No puedo. No puedo. No puedo. Cierro los ojos y dejo que el dolor crezca en mi interior. No importa que haya alguien que pueda verme, no me importa. Solo quiero que vuelva y me diga que todo ha pasado, que todo volverá a ser como antes. Porque todo ha cambiado desde que se ha ido, todo está mal desde que no está. Le necesito tanto que no soy capaz de vivir sin él. No sé cómo hacerlo. No sé cómo soportar la soledad. Mis manos se cierran en puños y mi pecho se agita ante los sollozos demasiado fuertes. El viento sopla con fuerza y me abrazo las piernas para conservar un calor que perdí hace tiempo. No encuentro motivos para sonreír, para vivir. No puedo hacerlo. No pude despedirme de él y todavía no he sido capaz de decirle adiós. El llanto me impide pensar. Mi cabeza solo recuerda su rostro sonriendo desde su habitación, mirándome con ternura, queriéndome. Me quería y no sé si le mostré lo suficiente que yo también le amaba. Aprieto los dientes hasta que duele y las lágrimas continuan mojando mis pantalones. Tengo frío, miedo y siento un dolor tan fuerte que no sé cómo no me ha hecho pedazos.

Unos brazos me rodean y, por algún motivo que desconozco, no me aparto ante el contacto de la otra persona, dejo que me consuele. Lloro sobre su hombro y tiemblo.

-No puedo vivir sin él... No puedo- murmuro entre lágrimas.

-Yo tampoco- me confiesa con la voz rota.