24 de enero de 2016

Viviendo sin vivir

Caminábamos sobre la nieve con nuestro rostro oculto bajo las capuchas negras. Esperábamos llegar a aquel claro que, tiempo atrás, había estado inundado de flores y colores. Ahora todo era blanco y no había rastro de aquella imagen que comenzaba a difuminarse en nuestra mente. 
El atardecer se abrió paso por entre las nubes y la luz empezó a apagarse dejando tras de sí un día lleno de ilusiones, sonrisas y llantos. Nos quedamos quietos en el claro que se oscurecía poco a poco. El silencio llenaba todo el lugar y nuestras respiraciones acompasadas solo eran murmullos que ni siquiera nos hacían inmutar. 
Nuestros pies se elevaron en el aire y nuestro cuerpo ascendió despacio hasta aquel cielo en el que brillaba la luna llena. Dejamos atrás todo ese mundo como cada noche y vimos desde el firmamento como las luces se iban apagando, escuchamos las respiraciones haciéndose cada vez más ligeras hasta permanecer en un ritmo constante. Observamos a todas las personas dejando atrás un día más en sus vidas sin saber lo que pasaría en su futuro, sin percatarse de lo mucho que pasaba el tiempo y lo poco que hacían por cumplir sus sueños, siendo solo personas que vivian sin vivir, que eran sin ser y que existían sin existir.

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