10 de enero de 2016

Miedo

Recorrí con mi mano derecha las palabras de aquella carta que había encontrado por casualidad. No eran para mí ni sabía a quién iban dirigidas pero no me importó, me apropié de ellas y las guardé en un rincón de mi mente. 
Decidí que tenía que encontrar un sitio donde estar sola un rato, quizá porque todos necesitamos de vez en cuando un momento para nosotros mismos y es tan difícil encontrarlo que cada vez se hace más urgente. Así que fui al único lugar que se me ocurrió, un lugar en el que nadie podía encontrarme, un lugar apartado de todo donde nadie interrumpiría mi momento. 
Caminé ensimismada en mis pensamientos y acompañada solo con mi propia presencia. Arribé al lugar, a esa habitación solitaria que no conocía mucha gente. Entré y cerré la puerta. Caminé hasta un rincón de la sala y me senté sobre unos cojines que había en el suelo. Recosté la espalda sobre la pared y apoyé mi cabeza. Cerré los ojos y me olvidé de todo. Me olvidé de la gente, de la vida, de las palabras, de las conversaciones, de las preocupaciones, de los errores que había cometido, del miedo... Me olvidé de todo y no me importó. Me olvidé de vivir y me dio igual. Me abandoné al silencio. 

Llevaba así ya unos minutos, unos minutos donde lo único que se escuchaba era ese silencio perfecto. Pero entonces el silencio fue interrumpido por un traqueteo cercano que sonó algo amortiguado. Mi mirada se dirigió al lugar de donde procedía aquel sonido y se posó sobre un baúl. Fruncí el ceño sin entender qué podría haber allí dentro. Me levanté con cuidado y caminé hacia allí sin saber qué encontraría. Me quedé quieta unos segundos preparándome mentalmente y, finalmente, abrí el baúl. 

Desde luego, me esperaba cualquier cosa, cualquier cosa menos eso. El miedo que me había aterrorizado toda la existencia, un miedo tan surrealista que había creído imposible. Pero ahí estaba. Me paralicé por completo, incapaz de reaccionar ante aquella situación. El vacío y la oscuridad se extendían por todas partes, no había nada más y el pánico comenzó a crecer en mi interior apresurándose a ocupar cada parte de mi ser. El miedo empezó a ser parte de mí, toda yo era terror y no sabía qué hacer. Había olvidado todo en un instante, todos los recuerdos, todas las emociones habían sido sustituidas por un miedo tan intenso que dolía. 
No sabía cómo salir de allí. Gritaba y no se oía más que en mi mente, resonando en cada rincón de ella como un eco que se estuviera riendo de mí. No encontraba una escapatoria, no encontraba una salida. El saber que estaba sola, tan sola que podía escuchar los latidos de mi pulso acelerado, tan sola que nadie sabía que estaba encerrada en un vacío infinito, me torturaba de la peor manera. 
Las lágrimas recorrían mis mejillas y sentía el peso de toda esa soledad tan dentro que pensé que no podría sacarlo jamás de mi interior. Empezaba a rendirme, a dejarme ir por el miedo y el dolor, a abandonarme al vacío... No quería ni podía soportar toda esa oscuridad llenando mi mente y mi alma. El frío hizo acto de presencia y deslizó sus helados dedos por mi piel haciéndome temblar. 
¿Y si abandonarlo todo era lo mejor? Empezaba a creer que no había otra salida, que dejarme ir era la única opción. Y entonces una luz apareció en esa fría oscuridad. Creció y se expandió por todas partes para después extinguirse en un instante. Me dejó de nuevo en la habitación como si nada hubiera pasado, excepto por la persona que tenía delante. Había acabado con el terror, así que por el momento estaba salvada y podía volver a recordar. Parecía que podía continuar con mi vida hasta que volviera a aparecer aquel vacío. Y quién sabe si la próxima vez aparecería alguien para sacarme de allí...

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