30 de enero de 2016

Invisible (I)

Era feliz, mi vida era como una obra de teatro en la que se repetía la historia una y otra vez. Era pianista, hacía que la música llenara a todos mis compañeros y conseguía que todo acabara bien siempre. Tocaba las teclas de la esperanza, la emoción y la felicidad. No obstante, solo vivía cuando abrían el libro en el que descansaba y comenzaban a leerlo. Mientras tanto, me convertía en estatua, en preso de las palabras, siempre condicionado por las personas de un mundo que apenas conocía. Cuando no había luz que me alumbrara, mi vida se tornaba gris y mis pensamientos se congelaban en una tristeza desgarradora. Vivía únicamente de la luz, vivía como una planta y, si me quitaban la luz, moría. Pero era feliz, porque sabía que llegaría un momento en el que volverían a recordarme, en el que volverían a recordar mi historia, en el que me dejarían volver a tocar el piano. Creía que viviría para siempre y me equivocaba.
 
Abrieron mi libro una última vez. Solo fueron unos segundos y no hubo tiempo para las despedidas. No pude decir adiós a todos esos amigos que merecían unas pocas palabras. Las llamas nos rodearon, ardió nuestra vida, nuestra obra de teatro, nuestra historia. Todo nuestro mundo se tornó cenizas y perdí a mis compañeros. Me quedé observando como desaparecían mientras sentía que algo se hacía pedazos dentro de mí. Nuestra vida juntos había acabado de la peor manera. Ya no había palabras, ya no había música, ya no había nada.


Desaparecí.

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