31 de enero de 2016

Invisible (II)

Me volví invisible.

Me habían arrebatado el alma y el vacío lo llenaba todo. Algo se rompió en mi interior cuando me di cuenta de que nadie volvería a verme, nadie recordaría mi historia y no volvería a ver a mis amigos. ¿Quién sabría algo sobre mí? ¿Quién encontraría ahora el libro por casualidad y se emocionaría al recordar todos los momentos que pasamos juntos? ¿Quién vería el título en la estantería y lo sacaría para quitarle el polvo acumulado y echarle un vistazo? 

Me arrinconé en mi mente esperando que mi cuerpo volviera a ser como antes, pero no sucedió. No había muerto, pues continuaba allí, podía hacer uso de mis piernas y pasear por el mundo de los que me habían creado. Sin embargo, hacerlo solo incrementaba las ganas de venganza. Quería que sufrieran como yo había sufrido, quería arrebatarles todo lo que tenían y dejarles sin nada a lo que pudieran aferrarse. Pero no había nada que pudiera hacer. 

Pasaron días en los que no me moví y cada día sufría más, cada día ansiaba más la felicidad. Estaba empezando a olvidar por qué era feliz antes y tenía miedo de no volver a serlo. 
Comencé, un día, a recordar. Comencé a imaginar que tenía a mis amigos conmigo y que, de algún modo, ellos no se iban a ir nunca. Apareció en esa oscuridad que me consumía una tecla blanca y, sin temor alguno, la pulsé. La apreté haciendo que sonara y creciera en mí una cálida llama que, poco a poco, aumentó en mi interior e inundó todas las partes de mi cuerpo. 

Creía que era feliz, tenía allí a todos mis amigos con sus respectivos instrumentos, tenía mi piano de nuevo, sentía esa llama en mí. Y, a pesar de todo, necesitaba saber cómo había ocurrido todo, cómo es que estaban allí, cómo es que había aparecido mi piano tecla por tecla. Le pregunté a uno de mis amigos sin esperar una respuesta. Me miró, le miré y me contestó con una sonrisa.

-La mente tiene ciertos poderes que desconocemos.

30 de enero de 2016

Invisible (I)

Era feliz, mi vida era como una obra de teatro en la que se repetía la historia una y otra vez. Era pianista, hacía que la música llenara a todos mis compañeros y conseguía que todo acabara bien siempre. Tocaba las teclas de la esperanza, la emoción y la felicidad. No obstante, solo vivía cuando abrían el libro en el que descansaba y comenzaban a leerlo. Mientras tanto, me convertía en estatua, en preso de las palabras, siempre condicionado por las personas de un mundo que apenas conocía. Cuando no había luz que me alumbrara, mi vida se tornaba gris y mis pensamientos se congelaban en una tristeza desgarradora. Vivía únicamente de la luz, vivía como una planta y, si me quitaban la luz, moría. Pero era feliz, porque sabía que llegaría un momento en el que volverían a recordarme, en el que volverían a recordar mi historia, en el que me dejarían volver a tocar el piano. Creía que viviría para siempre y me equivocaba.
 
Abrieron mi libro una última vez. Solo fueron unos segundos y no hubo tiempo para las despedidas. No pude decir adiós a todos esos amigos que merecían unas pocas palabras. Las llamas nos rodearon, ardió nuestra vida, nuestra obra de teatro, nuestra historia. Todo nuestro mundo se tornó cenizas y perdí a mis compañeros. Me quedé observando como desaparecían mientras sentía que algo se hacía pedazos dentro de mí. Nuestra vida juntos había acabado de la peor manera. Ya no había palabras, ya no había música, ya no había nada.


Desaparecí.

29 de enero de 2016

Canción del pirata

Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,
y alza el blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.

"Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo escapar.
Que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual.
Solo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Sentenciado estoy a muerte.
Yo me río;
 no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena
quizá en su propio navío.

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar".

                     José de Espronceda

28 de enero de 2016

Reflexión

No sé cuál es el objetivo de todo esto, no sé qué hacemos aquí, no sé de dónde venimos ni cómo hemos llegado. ¿Por qué hay un universo, galaxias, estrellas, mundos, personas? ¿Estamos aquí por casualidad? ¿Ha sido todo un accidente? Dicen que no existen las casualidades ni los accidentes, que todo pasa por algo. Pero, si no estamos por casualidad, ¿qué hacemos en un mundo y un universo del que apenas sabemos nada? Si nos han puesto aquí con un objetivo, si lo que nos ha creado y nos controla nos ha puesto aquí por algo, entonces, ¿por que no sabemos el motivo? ¿Qué sentido tiene? 

Creemos que podemos controlar el mundo entero, que somos muy inteligentes por haber conseguido salir del planeta pero, ¿acaso sabemos cuán grande es el universo? ¿Sabemos acaso qué hay más allá? ¿El universo es infinito temporal y espacialmente o solo es una mínima parte de un todo? 
Son tantas dudas las que nos intrigan y de las que no tenemos respuestas que necesitamos creer que hay un dios que nos mira desde arriba y nos vigila, necesitamos creer que tenemos el control de la situación. Pero no es cierto. No sabemos nada, preferimos no pensar y no cuestionarnos las preguntas que creemos saber desde siempre.

¿Cuánto sabemos, en realidad, de todo esto? ¿Estamos siquiera seguros de existir, de que esto no es un sueño o una mentira? ¿Sabemos algo realmente?
Descartes llegó a una conclusión en la que estoy de acuerdo: "Pienso, luego existo" (apostaría a que todos hemos oído esa cita alguna vez). 
Quizá es lo único que podemos saber, quizá es la única verdad de la que podemos estar completa y absolutamente seguros. Porque en realidad no sabemos nada. 

Las personas que tienen una religión dicen que es cuestión de tener fe. Pero, disculpad mi osadía si digo que no quiero ser tan tonta como para creer ciegamente en algo sin pruebas ni razones sabiendo cómo podemos llegar a ser y cómo podemos transformar los pensamientos.
Prefiero no saber nada a creer que lo sé todo y estar equivocándome, prefiero cuestionarlo todo y dejar la posibilidad de encontrar una respuesta. Vosotros podéis creer lo que os apetezca.

27 de enero de 2016

Querida Sofía

Alicante, 10 de enero de 1953



Querida Sofía, 
he presenciado el dolor de no poder estar contigo muy dentro de mí. No sé bien cuánto tiempo podremos ocultar este secreto que nos recorre las venas y nos encadena el alma. No sé bien si Dios está de nuestro lado o si quizá nos tiene celos por sentir un amor tan fuerte. Yo solo sé que no lo puedo controlar, que me está matando el no decirlo y que quiero gritarlo tan fuerte que los árboles tiemblen. Yo solo sé que no encuentro motivos para sentir esto si no puedo sentirlo en voz alta. 

Sofía, quiero creer que tendremos una oportunidad en este mundo de locos, que encontraremos una forma de vivir en paz sin tener la obligación de ocultar nuestro amor al mundo, que podremos sentarnos bajo un árbol y disfrutar de la brisa, que podré acariciarte el rostro y no tendré que esconder velozmente mi brazo. 
No sabes bien cuántas veces he soñado contigo pudiendo pasear por las calles de la mano sin llamar la atención de la gente, cuántas veces he soñado que reíamos y nos mirábamos tan fijamente que pareciera que el amor era un túnel y estábamos dentro de él, cuántas veces he soñado que éramos felices sin tener que ocultar nada. 

Sofía, tengo un sueño por cumplir y no encuentro forma de hacerlo. A veces, siento tu presencia tan cerca de mí que no siento frío a pesar de que el viento golpea mi ventana con violencia. 
Espero que, un día, todo esto no sea más que cosa del pasado, que no tengamos que estar pendientes de las demás personas para poder amarnos. 

Sofía, añoro el día en que, por fin, podamos vernos y ser felices sin que nadie nos juzgue.
Te quiero, Sofía.

Celia Ríos

26 de enero de 2016

En blanco y negro

Quiero vivir en blanco y negro.
Dejar a un lado el color.

Quiero sentirme actriz antigua
en una película de televisión.

¿Por qué no tener el pelo ya gris
y perder el miedo a envejecer?
¿Por qué no ser todos iguales
y centrarnos en saber?

Quiero vivir en blanco y negro
y abandonar todo este jaleo.
 Quiero ser simple
y dejarme de confusiones y tormentos.

Si siento miedo, miedo.
Si siento frío, frío.
Si siento silencio, silencio.

Destino, Dios, Universo,
quiero dejar de sentir mil emociones
en un solo momento.

Quiero acabar con ese tornado
que arrasa con mi tiempo
y con todos y cada uno
de mis pensamientos.

Si hay algo ahí arriba
que controla todo esto
y nos concede algún deseo.

Si hay algo ahí arriba
que nos regala algún anhelo,
 por favor,
que me conceda este sueño
y me deje vivir en blanco y negro.

24 de enero de 2016

Viviendo sin vivir

Caminábamos sobre la nieve con nuestro rostro oculto bajo las capuchas negras. Esperábamos llegar a aquel claro que, tiempo atrás, había estado inundado de flores y colores. Ahora todo era blanco y no había rastro de aquella imagen que comenzaba a difuminarse en nuestra mente. 
El atardecer se abrió paso por entre las nubes y la luz empezó a apagarse dejando tras de sí un día lleno de ilusiones, sonrisas y llantos. Nos quedamos quietos en el claro que se oscurecía poco a poco. El silencio llenaba todo el lugar y nuestras respiraciones acompasadas solo eran murmullos que ni siquiera nos hacían inmutar. 
Nuestros pies se elevaron en el aire y nuestro cuerpo ascendió despacio hasta aquel cielo en el que brillaba la luna llena. Dejamos atrás todo ese mundo como cada noche y vimos desde el firmamento como las luces se iban apagando, escuchamos las respiraciones haciéndose cada vez más ligeras hasta permanecer en un ritmo constante. Observamos a todas las personas dejando atrás un día más en sus vidas sin saber lo que pasaría en su futuro, sin percatarse de lo mucho que pasaba el tiempo y lo poco que hacían por cumplir sus sueños, siendo solo personas que vivian sin vivir, que eran sin ser y que existían sin existir.

21 de enero de 2016

Donde habite el olvido

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo solo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo.
Disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
donde habite el olvido.

                           Luis Cernuda

10 de enero de 2016

Miedo

Recorrí con mi mano derecha las palabras de aquella carta que había encontrado por casualidad. No eran para mí ni sabía a quién iban dirigidas pero no me importó, me apropié de ellas y las guardé en un rincón de mi mente. 
Decidí que tenía que encontrar un sitio donde estar sola un rato, quizá porque todos necesitamos de vez en cuando un momento para nosotros mismos y es tan difícil encontrarlo que cada vez se hace más urgente. Así que fui al único lugar que se me ocurrió, un lugar en el que nadie podía encontrarme, un lugar apartado de todo donde nadie interrumpiría mi momento. 
Caminé ensimismada en mis pensamientos y acompañada solo con mi propia presencia. Arribé al lugar, a esa habitación solitaria que no conocía mucha gente. Entré y cerré la puerta. Caminé hasta un rincón de la sala y me senté sobre unos cojines que había en el suelo. Recosté la espalda sobre la pared y apoyé mi cabeza. Cerré los ojos y me olvidé de todo. Me olvidé de la gente, de la vida, de las palabras, de las conversaciones, de las preocupaciones, de los errores que había cometido, del miedo... Me olvidé de todo y no me importó. Me olvidé de vivir y me dio igual. Me abandoné al silencio. 

Llevaba así ya unos minutos, unos minutos donde lo único que se escuchaba era ese silencio perfecto. Pero entonces el silencio fue interrumpido por un traqueteo cercano que sonó algo amortiguado. Mi mirada se dirigió al lugar de donde procedía aquel sonido y se posó sobre un baúl. Fruncí el ceño sin entender qué podría haber allí dentro. Me levanté con cuidado y caminé hacia allí sin saber qué encontraría. Me quedé quieta unos segundos preparándome mentalmente y, finalmente, abrí el baúl. 

Desde luego, me esperaba cualquier cosa, cualquier cosa menos eso. El miedo que me había aterrorizado toda la existencia, un miedo tan surrealista que había creído imposible. Pero ahí estaba. Me paralicé por completo, incapaz de reaccionar ante aquella situación. El vacío y la oscuridad se extendían por todas partes, no había nada más y el pánico comenzó a crecer en mi interior apresurándose a ocupar cada parte de mi ser. El miedo empezó a ser parte de mí, toda yo era terror y no sabía qué hacer. Había olvidado todo en un instante, todos los recuerdos, todas las emociones habían sido sustituidas por un miedo tan intenso que dolía. 
No sabía cómo salir de allí. Gritaba y no se oía más que en mi mente, resonando en cada rincón de ella como un eco que se estuviera riendo de mí. No encontraba una escapatoria, no encontraba una salida. El saber que estaba sola, tan sola que podía escuchar los latidos de mi pulso acelerado, tan sola que nadie sabía que estaba encerrada en un vacío infinito, me torturaba de la peor manera. 
Las lágrimas recorrían mis mejillas y sentía el peso de toda esa soledad tan dentro que pensé que no podría sacarlo jamás de mi interior. Empezaba a rendirme, a dejarme ir por el miedo y el dolor, a abandonarme al vacío... No quería ni podía soportar toda esa oscuridad llenando mi mente y mi alma. El frío hizo acto de presencia y deslizó sus helados dedos por mi piel haciéndome temblar. 
¿Y si abandonarlo todo era lo mejor? Empezaba a creer que no había otra salida, que dejarme ir era la única opción. Y entonces una luz apareció en esa fría oscuridad. Creció y se expandió por todas partes para después extinguirse en un instante. Me dejó de nuevo en la habitación como si nada hubiera pasado, excepto por la persona que tenía delante. Había acabado con el terror, así que por el momento estaba salvada y podía volver a recordar. Parecía que podía continuar con mi vida hasta que volviera a aparecer aquel vacío. Y quién sabe si la próxima vez aparecería alguien para sacarme de allí...

4 de enero de 2016

Pesadilla

Ya había tenido esa pesadilla muchas veces antes y sabía cómo acabaría. Sabía que entraría en el bosque buscando aquella criatura translúcida que brillaba en la oscuridad. Sabía que llegaría al centro de aquel siniestro lugar siguiendo ese resplandor y que no conseguiría salir de allí. Me perdería entre los árboles y no podría hacer nada para evitarlo. Dejaría de ver a la criatura y todo se tornaría oscuro.
Comenzó a rasgarse la tela de mi camiseta por culpa de las ramas que no conseguía evitar cuando empecé a acelerar el paso. Las heridas empezaron a sangrar poco después y el pelo se me metió en los ojos cuando el viento hizo acto de presencia. Vi al monstruo, como siempre. Intenté huir de él y no pude. Intenté esquivarle pero no veía nada, la ansiedad me llenó por dentro. No podía respirar. No encontraba forma de salir de allí. Únicamente sentía al enorme monstruo detrás de mí mientras corría. Y no podía escapar. Tropezaba una y otra vez con raíces de árboles y con ramas caídas. No sabía cuánto tiempo tardaría en atraparme entre sus garras y tenía miedo. Cada vez estaba más y más cerca, notaba su presencia tan próxima que apenas podía soportarlo. Grité, grité tan fuerte que me dolió la garganta. Grité tan fuerte que por unos instantes no se escuchó nada más. Grité tan fuerte que todo empezó a temblar. Era como un terremoto.
Caí al suelo derrumbándome y abandoné toda esperanza que pudiera quedar de salvarme. El suelo vibraba tanto que no podía mantenerme en pie. El monstruo me cogió y me alzó en el aire. Sentí sus sucias manos sobre mi piel y su aliento sobre mi rostro. Se me revolvió el estómago y quise arrancar sus garras de mí. Quise huir de todo el dolor pero era incapaz. Me acercó a su boca sangrienta y el hedor lo llenó todo y me dio náuseas. Desde esa posición terriblemente dolorosa atisbaba a ver escamas en su cara. Se caían, las escamas se caían y debajo solo había piel podrida y maloliente que rezumaba un líquido viscoso y amarillento. Vomité ante semejante imagen y no pude evitar que cayera sobre mí. Las heridas empezaron a arderme con el contacto con el líquido y se me nubló la vista. El monstruo me acercó a sus fauces y vi sus dientes sucios y algo deshechos cada vez más cerca de mí. La desesperación creció en mi interior a una velocidad inhumana y me revolví intentando librarme del agarre al que estaba sometida. Por algún extraño motivo conseguí soltarme, pero dada la altura caí y sentí el aire cortándome la respiración.

Abrí los ojos de golpe y todo estaba oscuro. La pesadilla había acabado como siempre. Nada nuevo, nada diferente. Tenía la cara bañada de lágrimas y el cuerpo lleno de un sudor frío. Y, de pronto, vi sus dientes sobre mi rostro y la habitación se impregnó con su hedor haciéndome desmayar.