29 de diciembre de 2015

Puedes llamarme tonta

Puedes llamarme tonta por creer que el universo estaría de mi lado esta vez, por convencerme de que habría un para siempre tras esas miradas llenas de deseo, por pensar que el amor era eterno. Puedes llamarme estúpida por creer en alguien que sentía más dolor que alegría, que decía saber que conocía el anhelo, que susurraba al viento y parecía sincero. Puedes llamarme idiota por abrazar al miedo e intentar aferrar el tiempo aunque se escapara por entre mis dedos; porque miré al abismo y el abismo me miró y ahí me di cuenta de que Nietzsche tenía razón; porque sentí amargos mis pensamientos y dejó de escucharse el silencio; porque el barullo de emociones hizo eco en todos y cada uno de los recovecos de mi alma y porque el vacío fue llenado por la nada. Porque preferí ignorar a Einstein y pensé que algún día dejaría de haber estupidez y que el universo sería efímero, pero me equivocaba, no se deja de ser estúpido, solo deja de mostrarse.
Puedes llamarme tonta por intentar complacer a todos los demás y por temer a mi propio miedo, por asustarme de mi sombra y permitir que el frío arranque, una a una, las capas de mi alma hasta desnudarla por completo. Por ser capaz de mentirme una y otra vez hasta que las mentiras se convierten en verdades. Por no saber mostrarme al mundo y por arrinconar mi felicidad en el hueco más oscuro y recóndito de mi mente. Por recordarme todos los actos que me han hecho daño para volver a sentir el sufrimiento.
Puedes llamarme tonta, sí, pues lo soy tanto que yo también me lo considero.

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