1 de octubre de 2015

Toda una vida

Habíamos pasado toda una vida juntos. La muerte estaba cada vez más próxima, fue por ello por lo que no me sorprendí cuando se lo llevó con ella a un sitio al que yo no podía ir.
Temía desprenderme de los momentos, temía que el olvido ganara la batalla con la que luchaba a muerte contra los recuerdos. Pero no fue así.
Todavía recuerdo nuestra primera cita:
Llegó a casa y saludó a mis padres con esa educación característica de la época. Me llevó a un parque, tras un árbol había un mantel que extendió sobre la hierba fresca y puso encima una cesta de mimbre llena de comida. Nos descalzamos y nos sentamos. La falda del vestido quedó extendida a mi alrededor.
Cuando abrió la cesta, cogió algo de dentro y me lo entregó. Era una rosa roja preciosa.
Aquel día fue perfecto. Me dejó en casa a las siete en punto y, días después, me llegó una carta suya. Fina y elegante, con ese punto de romanticismo que se ha ido perdiendo. Una carta de esas que deseas conservar toda la vida.
Tiempo después, nos casamos y tuvimos tres maravillosos hijos. Y ahora la muerte ha acabado con su vida sin tener en cuenta todo lo demás.
El mundo no es igual sin él. Si yo le recuerdo quizá viva hasta que me reúna con él. Es por eso por lo que temo olvidarme de todos nuestros momentos y es por eso por lo que todavía conservo esa carta.

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