13 de octubre de 2015

Dolor escrito

Tenía un lápiz en la mano derecha y la concentración le marcaba el rostro. Apretaba el lápiz con tanta fuerza que temía que se partiera por la mitad.
Comenzó a escribir rápido, inspirada por algún pensamiento que había cruzado su mente a toda prisa. Empezó a garabatear sus emociones sobre el papel, su vida, sus sentimientos, sus secretos...
Empezó a plasmar su existencia dejando el rastro de palabras que brotaban de ella como escalofríos que le recorrían por todo el cuerpo y finalizaban en el brazo, en la mano. Arrastraba la punta del lápiz con una elegancia inusual, como quien acaricia las teclas del piano porque la música le invade, porque siente que así sonará mejor.
Dejó su alma sobre el papel, dejó allí su mente, su ser y no le importó. Allí era feliz, quizá podría vivir toda la vida con un lápiz en la mano y una hoja de papel ante ella.
Deslizaba su mano como un soplo de aire impulsándola, como si no pudiera controlarla. Y se dejó llevar hasta el final, hasta que el dolor empezó a emerger de las profundidades de su cuerpo y comenzó a apretar el lápiz todavía más fuerte como si fuera su salvavidas, como si así pudiera controlar el dolor que la torturaba. Pero no podía, le dolía, escribió su dolor, dejó que saliera de ella a borbotones sin poder controlarlo y sintió que escribía con sangre de sus heridas. Dejó que el sufrimiento la llenara, que ocupara cada parte de su ser. Dejó que las palabras se grabaran en su corazón y en su vida. Y, entonces, se detuvo, paró de escribir, pues las lágrimas le impedían ver lo que escribía.

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