30 de octubre de 2015

Siendo

Huyendo, corriendo, cayendo...
Muriendo en silencio.
Llorando, sollozando, siendo.
Momentos acabados,
momentos terminados.
Atrapada en el tiempo,
sintiendo y...
Ya no siendo.

13 de octubre de 2015

Dolor escrito

Tenía un lápiz en la mano derecha y la concentración le marcaba el rostro. Apretaba el lápiz con tanta fuerza que temía que se partiera por la mitad.
Comenzó a escribir rápido, inspirada por algún pensamiento que había cruzado su mente a toda prisa. Empezó a garabatear sus emociones sobre el papel, su vida, sus sentimientos, sus secretos...
Empezó a plasmar su existencia dejando el rastro de palabras que brotaban de ella como escalofríos que le recorrían por todo el cuerpo y finalizaban en el brazo, en la mano. Arrastraba la punta del lápiz con una elegancia inusual, como quien acaricia las teclas del piano porque la música le invade, porque siente que así sonará mejor.
Dejó su alma sobre el papel, dejó allí su mente, su ser y no le importó. Allí era feliz, quizá podría vivir toda la vida con un lápiz en la mano y una hoja de papel ante ella.
Deslizaba su mano como un soplo de aire impulsándola, como si no pudiera controlarla. Y se dejó llevar hasta el final, hasta que el dolor empezó a emerger de las profundidades de su cuerpo y comenzó a apretar el lápiz todavía más fuerte como si fuera su salvavidas, como si así pudiera controlar el dolor que la torturaba. Pero no podía, le dolía, escribió su dolor, dejó que saliera de ella a borbotones sin poder controlarlo y sintió que escribía con sangre de sus heridas. Dejó que el sufrimiento la llenara, que ocupara cada parte de su ser. Dejó que las palabras se grabaran en su corazón y en su vida. Y, entonces, se detuvo, paró de escribir, pues las lágrimas le impedían ver lo que escribía.

9 de octubre de 2015

Olvidar

Se hundió en el vacío como quien se deja atrapar por el inconsciente. Se dejó acurrucar entre los brazos de la nada y se sumió en un profundo e infinito sueño. La oscuridad la rodeó, la atrapó y no le dejó ningún resquicio por el que poder escapar.
La soledad la acompañó hasta la muerte que la acogió como si de su huésped se tratara. Se hundió entre tinieblas y se ahogó con el silencio.
Sentía frío, tanto frío que los dedos se volvieron azules y su corazón se heló. Temblaba, dejó de sentir su cuerpo, desde sus extremidades hasta el centro de su pecho. Se congelaba cada vez más, se moría. Se dejó ir, dejó que la muerte le hiciera un hueco a su lado y la separara de su hermana, la vida, que la había acompañado por el largo camino que recorrió.
Olvidaría todos los momentos que había vivido, lo olvidaría todo.

6 de octubre de 2015

Habitación de pensamientos

Había en un rincón de su mente una habitación llena de palabras, sentimientos, emociones, opiniones y millones de cosas que no podía expresar en voz alta. Era su habitación personal, su habitación secreta.
Siempre que sucedía algo más allá de sus expectativas, algo que no lograba decir... Siempre lo guardaba ahí. Era una habitación repleta de libros que llenaban estanterías con una vida entera. Su vida.
Su primer recuerdo, comiendo chocolate y pringándose la cara; cuando conoció a su mejor amiga con tres años, momentos juntas riendo y enfadándose, jugando a ser famosas; su primer novio, su primer beso, sus primeros sueños, sus ilusiones y los temblores que le causaba estar cerca de él; su primer premio en un concurso de talentos; su primera ruptura; su primer sueño cumplido...

Todo lo que había vivido estaba en su mente, encerrado en una habitación de luz y tinieblas dejando que se entremezclaran entre ellas.
A menudo, escogía un momento al azar y lo rememoraba. Otras veces, buscaba en esa biblioteca de experiencias hasta dar con la lección que le recordaba como continuar por el camino adecuado. Y otras, simplemente se olvidaba de entrar ahí. Hasta que no tenía más remedio o daba con la puerta de casualidad.

Era su habitación preferida, su habitación de pensamientos.

5 de octubre de 2015

Desayuno luminoso

Se levanta, se estira y sale del dormitorio. Me deja sola en la habitación para que pueda pensar y ser consciente de lo que ha pasado.
Recompongo la escena anterior en mi cabeza, sus manos sobre mi piel, sus labios en mi cuello, sus estremecimientos haciéndome temblar... Me pongo nerviosa y sonrío para mí misma. Mis mejillas se tornan rojas y me entra algo de vergüenza. Respiro agitada.

Entra a la habitación cuando yo ya me he vestido con el pijama. Trae comida en una bandeja. Zumos, tostadas, bollos, chocolate, fruta... Todo para los dos. El estómago me resuena y el suelta una risa disimulada que me hace reír a mí también. Deja la bandeja sobre la cama y se sienta frente a mí. 
Me mira con los ojos brillantes y yo alzo las cejas mientras esbozo una sonrisa y me muerdo el labio. Él mira hacia abajo dos segundos riendo y yo empiezo a comer llena de dicha.

La verdad es que este es un momento maravilloso. La luz de la mañana entra en la habitación y las cortinas blancas evitan que entre mucho sol. Lo justo para que sea una mañana perfecta. La comida está perfecta. No cambiaría este día por nada. Supongo que era verdad eso de que al final lo bueno llega pues la felicidad ha arribado a mi vida junto a él. 

Equivocación

Tengo miedo, mamá.

Un día me dijiste que los monstruos no existían. Pero te equivocabas, mamá.
Los monstruos existen, yo he conocido a uno. Está ahí todo el tiempo. A veces me hace daño al llegar de clase. Se acerca a mí y me echa su aliento amargo en la cara. Me salpica con el líquido de la botella que tiene en la mano y no le importa. Me agarra tan fuerte del brazo que me suele hacer moretones. Me quita la ropa, normalmente rompiéndola y me hace llorar. Me grita y me hace mucho daño.

Tengo miedo, mamá.

No estás para salvarme de este monstruo. Dijiste que los monstruos no existían. Pero hay uno que vive conmigo y me da mucho miedo llegar a casa todos los días. Aunque más miedo me da no llegar a casa. Tengo miedo de que un día no haya nadie en casa, que esté todo oscuro y vacío.
Tengo miedo de encontrarme con él todos los días, de que todo esto nunca acabe y tengo miedo de que acabe.
Tengo miedo del monstruo que vive en casa.

Tengo miedo, mamá.

Te fuiste un día y no sé el motivo de que me abandonaras. Quiero estar contigo, mamá. Quiero que el monstruo deje de existir, que deje de hacerme daño. Porque cuando no estás... Tengo miedo, mamá. Cuando no estás tengo mucho miedo.

2 de octubre de 2015

El chico de la fotografía

Pasaba los días fotografiando todo lo que veía. Le gustaba observar a través de la cámara, le gustaba descubrir detalles de las cosas que quizá no hubiera visto si no hubiera guardado esas imágenes. Sacaba fotos de todo por muy banal que fuera. Luego miraba a las personas, a las hojas, a las plantas, a los animales, al cielo... Observaba todos los detalles de cada foto. No parecía tener motivos para ello, pero a veces encontraba una sonrisa que le alegraba el día o a alguien pensando que convertía su día en uno para reflexionar. Fotografiaba su vida para tener miles de recuerdos.

Fue al parque el trece de noviembre. Ese día hacía frío, pero no el suficiente como para detenerla. Con un abrigo, gorro, guantes y su cámara caminó hasta allí y se sentó a observar a través de la lente.
Capturó la imagen de un niño tirándose por un tobogán, una niña comiéndose un bocadillo, una chica leyendo bajo un árbol, una pareja de ancianos saliendo de una cafetería... Gente que parecía feliz.
Tras unas cuantas fotografías más revisó las que había hecho ese día.

Se paró más detenidamente en la de la niña comiéndose el bocadillo. A la derecha había un chico, un chico guapo con una chaqueta azul oscuro y pelo castaño. No se veía el color de los ojos, pero había capturado su expresión. Una expresión serena y pensativa.
Miró hacia allí, hacia donde estaba el chico en la fotografía, pero no estaba. Se preguntó quién sería y de donde había salido.
Imaginó que acababa de recordar que tenía que comprarle un regalo para el cumpleaños de su hermana. Quizá le quedaba poco tiempo para ello. Probablemente estaba pensativo porque no sabía bien que comprarle y estaba entre un mensaje en una botella o una camiseta que había visto en una tienda que le podría gustar. Después iría con un amigo a comer a la cafetería donde antes estaba la pareja de ancianos y finalmente volvería a casa para darle el regalo a su hermana.
A lo mejor tenía novia o quizá había cortado recientemente con ella. Posiblemente estuviera sereno porque estaba cansado de ella. Porque ella era pesada, hablaba y hablaba y no te dejaba comentar nada. Seguramente ella tenía el pelo rubio y los ojos verdes y sería guapa. Sería de esas chicas que consideran que merecen lo mejor. Y como él sabía escuchar le había convencido de que saliera con ella. Ante tanta insistencia, él habría accedido, pero conforme pasaba el tiempo se fue arrepintiendo cada vez más hasta ahora.
Estaba tranquilo porque sabía que no tendría que soportarla más, que los días de aguantarla se habían acabado y aunque echaría de menos los buenos momentos juntos, ya los recuperaría con otra persona.
O quizá no.

Le dio al botón de la cámara y cambió de imagen.

A la Muerte

2 de octubre de 2015


A la Muerte:

Escribo tu nombre con mayúscula porque eres grande, lo suficiente como para ser capaz de destruir todo, de cambiar vidas por completo y de crear sentimientos que desgastan.
Me he llegado a preguntar, como todo el mundo, muy a menudo sobre ti. 
Únicamente sé que te llevas a todo ser vivo, se lo arrebatas a quien lo ama. Creas sentimientos de dolor y agonía que a menudo convierten a esas personas que lo sienten en víctimas más próximas de ti. 
Solemos huir de toda forma de desaparecer del mundo, tememos morir. Tememos que no nos recuerden, ser tan insignificantes que, una vez ya no estemos, se olviden de nosotros. Ansiamos dejar alguna huella en el mundo y nos aferramos a la vida como quien hace lo que más le gusta para olvidarse de los problemas. Solemos hacer todo lo posible para huir de ti, para que no nos alcances aun sabiendo que es irremediable. 
Nunca se está preparado para morir, no cuando todavía quedan cosas por hacer. Sabemos con claridad que estarás ahí algún día para acogernos a tu lado, lo sabemos. Pero estás tan presente que nos aterrorizas. Sentimos un miedo tan profundo a no saber lo que habrá después, a no saber qué haremos que nos perdemos cosas maravillosas.

A menudo nos damos cuenta cuando nos arrebatas a los seres que más queremos que puedes resultar  excesivamente cruel. Estás en todo lo que hacemos y nos martirizamos pensando cuándo aparecerás. Pensamos tanto en ello que nos perdemos muchos momentos fundamentales de la vida. 
Pero no somos conscientes de ello hasta que estamos al borde de llegar a ti. Y sentimos que hemos desperdiciado demasiado tiempo intentando evitar lo inevitable. 

Y sí, ojalá no estuvieras tan presente, ojalá nos dejaras un poco de espacio para pensar, para vivir. Ojalá nos dejaras un poco más de tiempo porque tenemos demasiado poco para estar con la gente a la que amamos. 

Marina González Jurado

Únicamente recuerdos

Desapareció de mi vida y no tuve tiempo de despedirme. Se fue sin avisar. Se alejó de todo este barullo y únicamente me quedaron los recuerdos de una vida juntos; una vida que había pasado como una exhalación. Todo lo que habíamos vivido, todas las palabras, los momentos y las miradas habían acabado para siempre, habían quedado reducidas a cenizas. Todos esos planes de futuro ya no estaban. No quedó nada tras su huida del mundo.
Me sumí en la agonía, en el dolor y las lágrimas me nublaron la vista. ¿Cómo soportar la vida ahora?
Debía resistir, me dijeron que tenía que aguantar porque ya no estaba, por esa persona que estaba tan dentro de mí que podríamos ser una misma persona. Pero se había ido y no encontraba el sentido a vivir. ¿Qué sentido tenía vivir si ya no estaba?
Su falta me abrumó por completo y mi alma se oscureció por los bordes.

1 de octubre de 2015

Toda una vida

Habíamos pasado toda una vida juntos. La muerte estaba cada vez más próxima, fue por ello por lo que no me sorprendí cuando se lo llevó con ella a un sitio al que yo no podía ir.
Temía desprenderme de los momentos, temía que el olvido ganara la batalla con la que luchaba a muerte contra los recuerdos. Pero no fue así.
Todavía recuerdo nuestra primera cita:
Llegó a casa y saludó a mis padres con esa educación característica de la época. Me llevó a un parque, tras un árbol había un mantel que extendió sobre la hierba fresca y puso encima una cesta de mimbre llena de comida. Nos descalzamos y nos sentamos. La falda del vestido quedó extendida a mi alrededor.
Cuando abrió la cesta, cogió algo de dentro y me lo entregó. Era una rosa roja preciosa.
Aquel día fue perfecto. Me dejó en casa a las siete en punto y, días después, me llegó una carta suya. Fina y elegante, con ese punto de romanticismo que se ha ido perdiendo. Una carta de esas que deseas conservar toda la vida.
Tiempo después, nos casamos y tuvimos tres maravillosos hijos. Y ahora la muerte ha acabado con su vida sin tener en cuenta todo lo demás.
El mundo no es igual sin él. Si yo le recuerdo quizá viva hasta que me reúna con él. Es por eso por lo que temo olvidarme de todos nuestros momentos y es por eso por lo que todavía conservo esa carta.