22 de septiembre de 2015

Piel de fuego

Acarició su mano, su brazo, su hombro, su cuello. Acercó el rostro y aspiró ese aroma a bosque y a hierba fresca que siempre le había atraído. Cerró los ojos y posó sus dedos sobre los labios de ella. Sintió como se movían ligeramente cuando respiraba y como temblaban suavemente cuando los acariciaba. Sintió su piel rozar la suya y se estremeció. Abrió los ojos y, sin contenerse más, la besó. La besó muy despacio, dejando que los sentimientos fluyeran entre ellos, sentía fuego y a la vez frío allí donde no se tocaban. Sentía como el deseo y la pasión afloraban en su pecho, sentía el amor que emanaba de toda ella. Se separó unos centímetros de su rostro y miró esos ojos que tenían dentro todo un universo, tan transparentes que podía ver su alma, tan brillantes que apenas podía describirlos. Necesitaba acariciar su piel, besar sus labios. Necesitaba sentir ese amor que ella le hacía sentir, ese sentimiento tan contradictorio y único.
Y sí, la quería, la quería mucho. Y se dio cuenta de que se había enamorado y lo susurró en su oído haciendo que ella cerrara los puños sobre su pecho y respirara con dificultad. 
Y entonces ella le dijo con esa voz dulce y sencilla que por fin era feliz. 
Y, tras ese corto momento, se dejaron llevar.

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