30 de septiembre de 2015

Noche de luciérnagas

Estábamos en su jardín aquel día de verano. Era de noche y el cielo estaba cubierto por un manto de estrellas. La hierba era fresca y el aire olía a jazmín.
Corríamos de un lado para otro alegres como quien sabe que nunca va a tener que enfrentarse a la vida. Intentábamos capturar luciérnagas en un bote y, aunque había cierta dificultad en ello, no nos desanimábamos. Éramos muy pequeñas para comprender nada. Creíamos que saltábamos tan alto que alcanzaríamos el cielo con la punta de los dedos y pensábamos que la luna nos guiñaba un ojo cuando la mirábamos de pasada.
Aquel día empezó como todos. Acabamos de cenar y corrimos hasta el jardín con los botes en la mano. Intentamos atrapar esas luces del cielo, esas luciérnagas que nos llamaban tanto la atención. Y, en un momento de felicidad extrema, conseguí atrapar una. La metí en el bote con cierta dificultad mientras mi amiga llegaba hasta mí y me ayudó a cerrarlo para que no se escapara de allí. Cuando la miramos se dibujó en nuestro rostro una mirada de sorpresa y un brillo de euforia nos iluminó las pupilas. No era una luciérnaga, pues tenía piernas y brazos muy pequeños. También alas y vestía con un diminuto vestido rosa con purpurina. No era una luciérnaga... ¡¡Era un hada!!

1 comentario:

  1. Yo creo si creo. Yo creo si creo. ¡YO CREO EN LAS HADAS!

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