24 de septiembre de 2015

Juguemos a imaginar

Juguemos a imaginar...
Imagina que eres una joven muy guapa, tienes un bonito pelo pelirrojo y una bella sonrisa. Tus ojos son muy brillantes. Algunas chicas te tienen envidia pero tú no le das importancia. 
Imagina que vives con tus padres, que tienes un hermano pequeño al que quieres mucho y que eres inteligente, muy inteligente.
Bien, ahora imagina que te encanta bailar, que es lo que mejor haces y que no podrías vivir sin esas fantásticas actuaciones, que se han convertido en tu vida y que te apasionan. Tus compañeras de baile son maravillosas, compartes con ellas todos esos nervios y todas esas sonrisas de complicidad. Compartís toda la fuerza con la que bailáis.
Y, un día normal, yendo a clase caminando cruzas un paso de peatones y no ves venir el coche que va hacia ti con una velocidad por encima de la permitida. El Audi choca con el lateral de tu cuerpo y caes al suelo inconsciente.

Despiertas en tu cama. No, no es tu cama. Cuando miras a tu alrededor te das cuenta de que es una habitación cuadrada con paredes blancas, las sábanas de la cama en la que estás acostada son del mismo color.
"Un hospital" piensas.
Y entonces te vienen a la mente imágenes fugaces que explican por qué estás ahí. Recuerdas ir a clase y piensas que te has saltado un día entero, quizá más y que tendrás que recuperar el tiempo perdido; recuerdas caminar por un paso de peatones y recuerdas el Audi que golpeó violentamente contra ti.

Entra un médico a la habitación en la que estás y poco después también lo hacen tus padres. Empiezas a asustarte cuando ves que tu madre tiene los ojos rojos e hinchados y que no consigue articular ninguna palabra. Con cierto pesar, el médico te explica la situación.
Al principio no entiendes mucho porque usa un vocabulario muy técnico pero te queda claro cuando oyes una frase que te corta la respiración y deja tu mente en blanco: "no podrás volver a bailar nunca más".

Hubo un día, cuando eras muy pequeña. Un día que te pusiste muy nerviosa en el escenario y te echaste a llorar por sentirte impotente, porque te perdiste en el baile y no sabías qué hacer.
Ahora te sientes igual. Sientes como tu mundo se desmorona, como tu vida queda apagada. Pierdes la noción del tiempo. Quizá has pasado días en esa habitación cuadrada o quizá sólo horas. El tiempo ha perdido su significado.

El médico dijo que te habías quedado paralítica y que no podrías volver a mover las piernas. Después de eso sólo recuerdas las lágrimas resbalando por tus mejillas y tu corazón rompiéndose en mil pedazos.

Durante ese periodo de tiempo que has estado ahí has tenido que soportar a gente sintiéndose incómoda y diciéndote que lo sienten aunque en realidad sabes que las chicas se alegran porque ya no serás un obstáculo tan grande. Te llevan muchas flores y ves muchas falsas sonrisas de pena que te amargan el tiempo.
Piensas en lo desastrosa que será tu vida a partir de ahora, en no poder volver a bailar. Cada vez que lo piensas, lloras. No sabes como vas a vivir así. El baile era tu vida, vivías para bailar y ¿ahora? Te derrumbas. No comes, no sonríes, no hablas... No tienes ganas de vivir. Pues, ¿cómo soportarás la vida sin el baile si el baile solucionaba tus problemas y ya no está ahí?
Descubres que se repite la frase que dijo el médico en tu cabeza: "no podrás volver a bailar nunca más". Temes volverte loca y sabes que no se te olvidará hasta que la muerte te alcance. Piensas que quizá hubiera sido mejor que aquel coche te hubiera llevado al final del camino.

Menos mal que sólo estábamos jugando a imaginar.

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