22 de septiembre de 2015

El olor de la libertad

Deslizó su mano entre esa nube de humo que la rodeaba proveniente de los cigarrillos del grupo.
La vida se había convertido en algo tenebroso, quizá podría considerarlo como aquella nube que le impedía ver más allá de los amigos que estaban junto a ella. La vida era algo así, un camino lleno de niebla que no te permite ver más allá de tus propios pensamientos, caminas hacia el frente sin saber a qué lugar vas ni que es lo que te espera. En eso se resumía su historia, en andar y ni siquiera saber por qué. ¿Por qué estaba allí?
No estaba segura de qué hacía rodeada de aquella gente, parecía que eran amigos, apoyos, pilares de esa vida, la gente que, teóricamente, caminaría junto a ella.
Una mano apareció cerca de su rostro y golpeó violentamente al chico que fumaba a su lado. Éste se tambaleó hacia atrás y estuvo a poco de caer. Ella se quedó quieta, muy quieta. No respiraba, o eso pensaban los demás. Sintió como el alcohol le impedía pensar con claridad y le confundía. Poco después, sintió como sus rodillas golpeaban el suelo aunque apenas notó el dolor. No sabía exactamente el motivo por el que no lograba levantarse ni por qué se había caído.
Recordó de pronto el puñetazo que hizo que el rostro de su compañero empezara a sangrar. ¿Y por qué le había afectado de esa forma? Las peleas sucedían a menudo... ¿Qué había hecho que fuera diferente esta vez? Unos brazos la levantaron de golpe y la alejaron de aquel barullo que comenzaba a formarse.

-¡Sandra!- escuchó en la lejanía- Sandra, vamos, reacciona. Tu novio no está bien y no te puedes quedar aquí. ¡Luis, llama a una ambulancia, rápido!

Así que era eso, era su novio al que habían golpeado. Por eso se había caído. No era alguien cualquiera. Y, sin embargo, se sintió estúpida por haber reaccionado de esa forma. Una imagen fugaz cruzó por su mente y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Y entendió en ese momento el motivo de que hubiera caído, pues recordó el primer puñetazo, un golpe que le marcó el rostro. Supo que si su novio acababa mal, ella acabaría peor. Y tuvo miedo, mucho miedo. Se asustó tanto que casi perdió el conocimiento.

Poco después la subieron a una camilla y le dijeron algo que no logró entender. La subieron a un coche, o quizá una furgoneta. No estaba muy segura y sintió el pánico corriendo por sus venas; pánico por la posibilidad que fuera su novio el que la había metido allí y la llevara a un lugar solitario; pánico por la posibilidad de no volver a ver a sus amigos. Pero el olor del lugar no olía a tabaco y alcohol como solían oler los vehículos de cualquier persona que se los prestara a su novio. Este olía a limpio y a antiséptico. Quizá era el olor de la salvación, de la libertad.  

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