30 de septiembre de 2015

Ejecución

Con la mirada perdida y todo el cuerpo en tensión, esperaba el aviso de que llegara mi ejecución. Agarré mi mano derecha con la izquierda intentando evitar que me temblaran. Se acercaba mi final y no estaba preparado. Decidí morir dignamente, miraría a los ojos a aquel que me arrebataría la vida; le miraría a los ojos hasta que la culpa le torturara tanto que quisiera dejar de sentir. No estaba listo para morir, pero no tenía otra opción. No tenía miedo de llorar, no tenía miedo de la muerte, no tenía miedo de mí... Tenía miedo de mi mujer y mi hija, de que no salieran adelante, de que no me volvieran a ver. Tenía miedo de que les pasara algo. Pero mi mujer era fuerte y, de algún modo, me dio fuerzas a mí.
Recordé sus ojos la primera vez que nos vimos y los ojos de mi pequeña cuando nació. Recordaba cada instante de nuestra felicidad. Y ahora me apartaban de su lado.
Se acercó un hombre, suponía que era el que me mataría. Me erguí y esperé respirando hondo, sabiendo que no me quedaban más de dos minutos. Le miré a los ojos y me apuntó al pecho con el fusil. Estiré el cuello y se oyó un grito, un silencio siniestro y... llegó la explosión.

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