23 de septiembre de 2015

Del cielo al infierno

Empezó a controlarla tiempo después de haberse conocido.
Al principio era dulce, amable, atractivo y tenía algo que hacía que, inevitablemente, quisieras estar cerca de él. Todo fue mejor cuando se empezó a fijar en ella. Sonreía cuando cruzaban sus miradas, le miraba sólo a ella aunque hubiera más gente cerca y le rozaba la piel cuando pasaba por su lado.
Ella comenzó a enamorarse de él  poco a poco, sentía que necesitaba estar a su lado pues, cuando él no estaba, el frío la aprisionaba.
Él tenía unos ojos bonitos, muy bonitos. Su mirada era profunda y tenía una voz ligeramente ronca.
Un día, la invitó a salir y ella accedió encantada.
Ella, una chica insegura, sonriente, guapa y risueña. Se notaba la inocencia en su rostro. Emanaba de toda ella algo que te alegraba el día.
Ese día salieron, se tomaron un helado, se miraron... Él la convenció de que le contara de ella y así descubrió que tenía una hermana mayor y que su padre murió cuando ella era muy pequeña. La consoló cuando empezó a recordar todos esos momentos con su padre que tanto añoraba.
En resumidas cuentas, era el chico perfecto.

Pero cuando crees que eres feliz, algo te obliga a sentir dolor, pues el dolor siente envidia de la felicidad y no quiere desaparecer.

Primero eran comentarios que la hacían inferior, con sus amigos le insultaba, se reían de ella. Pero cuando estaban a solas... Ella se sentía feliz, feliz como no se había sentido nunca.
Poco después llegaron las órdenes, no le dejaba salir con chicos, no le dejaba ir con cierta ropa... Decía que eran manías, que si lo hacía así su relación se haría más fuerte. Y ella lo creyó.
Luego comenzaron las broncas, ella lo único que quería era hacerle feliz, pero él se enfadaba rápido; le pedía el móvil para ver con quien hablaba y empezó a dejar a sus amigos de lado por no hacerle enfadar hasta que, al final, sólo salía con él.
Su hermana y su madre decían que no saliera con él y, cuando ella se lo decía, él aseguraba que tenían envidia ya que su hermana acababa de romper con su novio y su madre nunca había conseguido rehacer su vida.
Y, como no, ella le creyó.
Pero todo fue a más. Sobre todo un día que él estaba más enfadado que de costumbre y le pegó. No dejó marca.
Ella se echó a llorar y él le pidió perdón y le dijo que lo sentía, pero que era culpa suya por haberle hecho enfadar tanto, por no conseguir hacerle feliz.
A menudo solía decir que todo lo que hacía lo hacía porque le quería. Ella pensaba que era cierto.
Comenzó a empeorar. Le pegaba cada vez más y con más frecuencia y ella se callaba. Decía que se golpeaba con mesas o que se había caído en la ducha.
Y ella dejó de ser esa chica bonita y risueña, comenzó a empalidecer y a tener marcas moradas bajo los ojos. Perdió ese brillo que la hacía especial y temía a todo.
Hasta que, un día, perdió los papeles. La golpeó hasta dejarla inconsciente y ella despertó en el hospital.

Le hablaron, le hicieron pensar en todo lo que había pasado. Ella seguía echándole de menos. Echaba de menos las caricias, los días de sol paseando por el parque con un helado en la mano y las miradas.
Esas miradas eran sus preferidas.
Poco a poco empezó a entender que el amor no duele, el amor no hace daño y, con el tiempo, conoció a otro chico. Más amable, más sincero y con una mirada más dulce. No era él, pero le hacía sentir feliz. Volvió a brillar y a sonreír.
Así que, un día, dejó de echarle de menos.

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