30 de septiembre de 2015

Perfecto manipulador

El peligro no estaba en la superficie. Se escondía bajo todas esas capas de piel, bajo todos esos pensamientos y acciones. No, no estaba a la vista de nadie. Te enamoraba con facilidad, pero tenías que caer para ver el peligro y, cuando te conquistaba, ya no había vuelta atrás.
El peligro estaba ahí, oculto. Mostraba su faceta perfecta, sin defectos aparentes. Destacaba tus virtudes haciendo un balance perfecto entre lo cursi y lo cutre. Parecía que era natural, que había nacido para ser un caballero.
Tenía una sonrisa perfecta y unos ojos preciosos. Su mirada te susurraba que te acercaras y al mismo tiempo te animaba a arriesgarte a una nueva aventura. Te invitaba a ser parte de una vida que creías conocer. Pero no era así.
Caías con tanta facilidad... Te hacía sentir insegura e impotente, hacía que pensaras que él siempre tenía razón y, poco a poco, de una forma perfectamente sutil comenzaba a controlarte sin que apenas te dieras cuenta. Iba a más conforme pasaba el tiempo, te iba cambiando la forma de pensar. Era un manipulador profesional, te mostraba su parte caballerosa y luego, cada vez más, se mostraba tal y como era. Te hacía temer y conseguía que le quisieras. Él también te lo decía, pero siempre hacía todo en su justa medida. Lo controlaba todo con extraña facilidad.
No, definitivamente el peligro no estaba en la superficie.

Ejecución

Con la mirada perdida y todo el cuerpo en tensión, esperaba el aviso de que llegara mi ejecución. Agarré mi mano derecha con la izquierda intentando evitar que me temblaran. Se acercaba mi final y no estaba preparado. Decidí morir dignamente, miraría a los ojos a aquel que me arrebataría la vida; le miraría a los ojos hasta que la culpa le torturara tanto que quisiera dejar de sentir. No estaba listo para morir, pero no tenía otra opción. No tenía miedo de llorar, no tenía miedo de la muerte, no tenía miedo de mí... Tenía miedo de mi mujer y mi hija, de que no salieran adelante, de que no me volvieran a ver. Tenía miedo de que les pasara algo. Pero mi mujer era fuerte y, de algún modo, me dio fuerzas a mí.
Recordé sus ojos la primera vez que nos vimos y los ojos de mi pequeña cuando nació. Recordaba cada instante de nuestra felicidad. Y ahora me apartaban de su lado.
Se acercó un hombre, suponía que era el que me mataría. Me erguí y esperé respirando hondo, sabiendo que no me quedaban más de dos minutos. Le miré a los ojos y me apuntó al pecho con el fusil. Estiré el cuello y se oyó un grito, un silencio siniestro y... llegó la explosión.

Noche de luciérnagas

Estábamos en su jardín aquel día de verano. Era de noche y el cielo estaba cubierto por un manto de estrellas. La hierba era fresca y el aire olía a jazmín.
Corríamos de un lado para otro alegres como quien sabe que nunca va a tener que enfrentarse a la vida. Intentábamos capturar luciérnagas en un bote y, aunque había cierta dificultad en ello, no nos desanimábamos. Éramos muy pequeñas para comprender nada. Creíamos que saltábamos tan alto que alcanzaríamos el cielo con la punta de los dedos y pensábamos que la luna nos guiñaba un ojo cuando la mirábamos de pasada.
Aquel día empezó como todos. Acabamos de cenar y corrimos hasta el jardín con los botes en la mano. Intentamos atrapar esas luces del cielo, esas luciérnagas que nos llamaban tanto la atención. Y, en un momento de felicidad extrema, conseguí atrapar una. La metí en el bote con cierta dificultad mientras mi amiga llegaba hasta mí y me ayudó a cerrarlo para que no se escapara de allí. Cuando la miramos se dibujó en nuestro rostro una mirada de sorpresa y un brillo de euforia nos iluminó las pupilas. No era una luciérnaga, pues tenía piernas y brazos muy pequeños. También alas y vestía con un diminuto vestido rosa con purpurina. No era una luciérnaga... ¡¡Era un hada!!

29 de septiembre de 2015

Carta de perdón

Incluso antes de abrir la carta, sabía lo que iba a decir. No había motivo para creer que esta vez fuera a ser diferente. Y, de hecho, no lo fue.
Como todas aquellas veces en las que me había fallado, esta vez también me escribió un mensaje. Era una carta de perdón, de esas que sabía que me enamoraban. Él sabía que yo caería en su juego y tenía razón. Me conocía como la palma de su mano. Demasiado bien quizá.

Abrí la carta con un suspiro de resignación sabiendo lo que se avecinaba y la leí:

                                                                                                                             
                                                                                                                            "3 de diciembre de 2001

A mi querida compañera de camino:

De nuevo me encuentro ante un error que solucionar y no sé bien cómo hacer que me perdones. He estado pensando en todo lo que ha sucedido estos días y no he llegado a comprender el motivo por el que siempre continúas caminando junto a mí. 
Encuentro demasiado normal escribirte una carta como esta y no es algo de lo que me sienta orgulloso y sé que esta no es la mejor manera para hablar contigo pero de esta forma puedo pensar en todo lo que te quiero decir sin interrupciones de ninguna clase. 
Probablemente esto te esté cansando, quizá ni siquiera lo leas esta vez. Pero me importas y me importa lo que pienses y no creo poder continuar con mi vida si no sé nada de ti, si no intento hacerte comprender mi motivo para hacer lo que hago. 
He sentido frío cuando no estabas cerca y he querido huir de esa maldición que me cala los huesos y que me obliga a hacerte daño. No sería justo hacerte creer que no lo repetiré porque no sé con precisión lo que haré en el futuro pero si algo puedo prometerte es que pondré toda mi energía en no fallarte de nuevo. 
Te pido perdón y te suplico que me perdones. Entenderé si no lo haces y si tu decisión es esa, no te molestaré más. Pero, por favor, necesito que entiendas que me arrepiento de mis actos y que te quiero. 

Un día transformaste mi vida y no ha vuelto a ordenarse. Desmoronaste todo mi mundo y cambiaste mi corazón. Ahora si no estás cerca el dolor se me viene encima. 
¿Recuerdas aquel día que nos conocimos? Ibas con un vestido azul marino y tu pelo caía en ondas por tu espalda. Llevabas una sonrisa pintada en el semblante y tus ojos brillaban de una forma especial. Aquel helado fue el único que me supo a gloria y me sentí increíblemente feliz cuando supe que nos volveríamos a ver. Y quise entregarte mi corazón en aquel instante porque sabía que lo cuidarías.
Vi tu mirada inocente y sincera cuando me miraste a los ojos y me hiciste sentir importante. Me mirabas de una forma encantadora y eso me cambió por completo el alma. No sé que hubiera sido de mí si no te hubiera conocido aquel maravilloso día. Pero te aseguro que ningún día me he arrepentido de haber pasado estos momentos a tu vera.

Te quiero, no lo olvides."


Después de leer esto, me arrepentí de hacer lo que iba a hacer. Quise acabar con todo y evitar que me fallara una vez más, pero fui incapaz. Al fin y al cabo, yo también le quería y necesitaba perdonar sus errores. 
Me hizo recordar aquel día y por qué le quería tanto. Supe que no quería perderle, eso fue todo.

Injusticia infantil

-Sí, pero si no lo hubiera dicho habría sido más respetuoso. 

No entendía nada. Quizá porque era una conversación de mayores. Pero yo había crecido, ya era mayor. 

-Entonces, ¿una persona es respetuosa cuando no dice lo que piensa?

-Ahora no, hija. 

Le miré con cara enfadada. Nunca me respondían a lo que preguntaba y luego decían que ya era mayor. Pero en las comidas familiares me tenía que sentar en la mesa con mis primos pequeños y sólo decían tonterías. Mis padres suelen decir que es porque tengo que vigilar que se lo coman todo pero a mí no me engañan. Lo que quieren es que no me meta en sus conversaciones. Luego cuando se ponen una película tampoco me dejan verla porque es "tarde" y es para adultos. ¡Y yo soy mayor!
Soy mayor para limpiar y para hacer sola los deberes pero no para hacer las cosas chulas. ¡Qué injusto!

28 de septiembre de 2015

Deseos mal formulados

Miro por la ventanilla y observo como las gotas que se deslizan por el cristal hacen carreras. Llueve tanto que la radio no funciona y aquí no tenemos música. Nadie habla, mi padre se ha dormido y mi hermana lleva los auriculares puestos así que no tengo nada que hacer. No tengo sueño.
¿Por qué no hemos llegado ya?
Por la ventanilla no se ve nada, es de noche y la temperatura en el coche es perfecta. Maldito viaje. Deberíamos haber llegado ya. Apoyo la cabeza en el asiento de delante y... no sucede nada. Es todo muy aburrido. Mi madre me mira por el retrovisor y sonríe. Le miro con incredulidad. ¡Quiero que suceda algo!

De pronto veo como mi madre da un volantazo. El coche empieza a dar sacudidas y veo humo por la ventana. Me asusto. Mi padre despierta de golpe y a mi hermana se le caen los auriculares. ¿Qué está pasando? Veo llamas fuera cuando el coche para de moverse y de dar vueltas. Intento quitarme el cinturón pero se ha atascado. Mis padres salen a toda prisa y mi hermana está en estado de shock. La sacan del coche y luego me intentan ayudar pero no hay forma de sacarme. Ya oigo la sirena de los bomberos, aunque quizá la estoy imaginando. El humo no me deja respirar y me ahogo. Me mareo mucho y tengo ganas de vomitar. Me dan arcadas y suelto hasta la cena de anoche más algún ácido de mi cuerpo que me rasca la garganta. No respiro.

Cada vez oigo menos y siento menos. Pasan imágenes de infancia por mi mente y cierro los ojos incapaz de mantenerlos abiertos.
¿Debería hacer algo? No puedo. Me dejo ir...

Por orden de un superior

Montado en mi caballo cabalgué hasta que el suelo se volvió negro a mi alrededor. Moví mi cabeza a derecha y a izquierda para observar de nuevo a mis rivales sin saber muy bien qué órdenes tenían. 
La reina se acercó presuntuosa hacia mí y me miró con superioridad. Se quedó a mi lado, tan cerca que podía escuchar sus latidos. Pero no me tocó, aunque notaba sus ansias de arrancarme la cabeza.
Mi compañero se situó cerca de la reina y sonrió cuando vio que su rey se movía hacía la derecha incapaz de hacer otra acción. Un instante después, el caballero amigo se dirigió hacía mi situación a toda velocidad y su espada cortó a la reina blanca por la mitad haciendo que los restos de su rostro de piedra me arañaran.
El equipo blanco había perdido a su reina. ¿Quién dijo que la victoria no sería nuestra?

27 de septiembre de 2015

Seamos en esta noche de tormenta

Escucho atentamente como las gotas van cayendo. Un repiqueteo hipnotizador que me recuerda a esos momentos en los que me ponía a pensar en unos ojos muy oscuros, pero tan llenos de luz que podían llegar a deslumbrar.
Escucho atentamente como las palabras se disuelven en esta bella noche de tormenta. Se esfuman conforme pasa el tiempo. Pienso en esas palabras que se convertían en murmullos cuando perdía el hilo de la conversación. Esos momentos tan insignificantes y memorables al mismo tiempo...

¿Cómo poder controlarlo todo? Nos acostumbramos a pensar que tenemos el poder de crear y destruir a nuestro antojo, de que podemos amar y hacer daño como nos plazca. Nos preocupamos por cosas que no están a nuestra merced y nos culpamos de aquello que no nos pertenece.
Amar es algo tan complejo... ¿Por qué intentamos controlarlo?

Dejémonos llevar por ese sentimiento tan bello, esa sensación que te permite volar y sentirte libre. Olvidémonos del pasado, del dolor y las mentiras. Olvidémonos de todo y seamos.
Permitamos que el temor se volatilice con el viento, que las gotas de esta noche de tormenta se lo lleven, que desaparezca de nuestra alma. Sintamos como si mañana no pudiéramos volver a sentir, como si el mundo fuera a desaparecer en un instante. Sintamos como si supiéramos que ese es nuestro destino. Sintamos y seamos. Seamos en esta noche de tormenta porque quizá no vuelva a llover; porque quizá no volvamos a ser.

Desesperación

Atrapada entre sus pensamientos. 


Sonriendo a la noche que tanto le había hecho recordar.


Llorando porque todo hubiera acabado. 


Confusa por no saber bien qué hacer ahora.

Se durmió y soñó con un laberinto. 
Un laberinto de palabras. 
Caminaba a todas partes mientras el sol iluminaba el cielo azul.

Despertó con los ojos rojos y el sabor a sal en la garganta. 
Quiso correr. 
Y corrió.

Le buscó por todas partes donde podría estar. 
En su casa.
En el parque con su perro.
En casa de sus amigos.
Pero no estaba.

Tuvo miedo por su huida sin aviso. 
Tuvo miedo de que no volviera.
Tuvo miedo de que volviera y no quisiera saber nada.
Tuvo mucho miedo. 

Así que se sentó en el sofá para tranquilizarse.
Puso la televisión.
Pero todo lo que había le recordaba a su escapada. 

Abrazó el cojín.
Miró al vacío y soñó despierta con su vuelta.
Y fue perdiendo la esperanza.

Pero sonó el telefonillo.
Y escuchó su voz. 
Y sonrió feliz.



26 de septiembre de 2015

Arriesgarse

-Yo... No sé qué hacer. ¿Qué hago? Por un lado está la posibilidad de ignorarle y así ignorar todo el dolor pero por otra parte le echaría de menos y odio esa sensación de cuando echas de menos a alguien. Si no le ignoro quizá no me ignore y quizá seremos felices y se dé cuenta de mi esperanza, de mis gestos y de mis movimientos. Quizá, si se da cuenta, al fin se atreva conmigo pero, ¿y si no quiere nada? ¿Y si me odia? A lo mejor no le importo. ¿A quién quiero engañar? No le importo. Debería alejarme ¿y echarle de menos? No sé qué hacer. ¿Alejarme o no alejarme? ¿Qué me hará menos daño?

-Todo hace daño, el truco está en intentarlo. Sí, es verdad, a lo mejor no sale bien. Pero, ¿y si al final se atreve contigo y se acerca a ti? Nunca lo sabrás si le das a entender que no te interesa nada suyo. Si no lo intentas, si no te arriesgas, ¿cómo lo vas a saber si no puedes meterte en su mente? Inténtalo y sal de esa duda que te corroe por dentro.

Sólo es una ilusión

Estoy sentada ante el vacío, ante la soledad que me atrapa desde que puedo pensar. Siento el silencio tan profundo que casi duele. Necesito notar algo más, necesito notar su mano y necesito ver sus ojos observándome.
Ahora lo único que espero es que esté y que me espere en silencio en la puerta, que me abrace al llegar a su lado y que me acaricie, que me acompañe por las calles y se siente conmigo en un banco cualquiera de un lugar cualquiera. Quizá esté esperando demasiado, quizá esté esperando más de lo que debo y quizá el silencio y la soledad permanezcan siempre a mi costado y nunca me pueda deshacer de ellos. ¿Qué he de hacer? ¿Ilusionarme y dejar que la desesperanza me atrape o abandonar toda ilusión?
Y si nunca pasa, no sabré que es sentirlo y abandonar la emoción de sentir todo dolor sola. Si supiera que no sufriré más así, que habrá alguien a mi lado para negar mis sentimientos oscuros quizá dejaría de torturarme tanto. Quizá podría escuchar música sin que las lágrimas cayesen y podría sentarme en la hierba bajo la luna sin sentir tanta melancolía. Quizá vería más allá de la oscuridad y sentiría la luz atravesando mi piel y mi cuerpo. Quizá dejaría de ser transparente y aprendería a serlo al mismo tiempo. Quizá dejara de intentar reprimir las lágrimas en todo momento. Quizá...
Pero no es más que una ilusión, una tonta y absurda ilusión de la que llevo toda la vida intentando escapar; una ilusión que me ha torturado y que me ha hecho llorar mucho más de lo que me gustaría admitir. Solo una ilusión que quiero olvidar.

Nuestra perfecta e infinita realidad

Escribimos con nuestros suspiros y lágrimas esas palabras que poco a poco forman esta historia que se hace llamar vida. Hagamos que los sentimientos se transforman en frases y se quedan grabadas en las páginas de nuestra piel.
Escribamos una historia de amor perfecta y llamémoslo destino. Digamos que todo es producto del azar cuando la verdad será que todo estará creado por nosotros, por nuestra imaginación irrefrenable y nuestra ansia de improvisar. Usemos el lápiz como un soplo de aire impulsando nuestros dedos sobre el papel. Manchemos con la tinta de nuestra sangre esas hojas vacías que esperan ser escritas. Amemos esas ganas de amar y plasmemos esos dulces besos en el relato de esta pequeña pero intensa historia de amor.
Busquemos en el alma de la alegría y el respeto y apropiémonos de esas emociones y pensamientos sin importar nada más. Perdamos la noción del tiempo y disfrutemos de la vida. Sintamos esos segundos rozando nuestro espíritu y acabemos con el miedo. Bailemos, cantemos, riamos y disfrutemos de las lágrimas que acarician nuestras mejillas. Soñemos con un maravilloso momento y olvidémonos del futuro. Abracemos el amor y pintemos con la punta de la felicidad sobre nuestra realidad. Nuestra perfecta e infinita realidad.

Todo acabado

El silencio acecha,
la oscuridad de la noche 
amenaza con dejarme 
en un olvido incontrolable. 

Acabaron las palabras, 
las caricias, los susurros. 
Acabaron las sonrisas, 
las miradas, los murmullos. 

Todo se sumió en la agonía, 
todo terminó con el agobio,
acabó el tiempo de mi vida, 
se consumió el amor, quedando el odio. 

¿Y qué hay de los recuerdos?
¿Qué quedó de la verdad?
¿Qué pasó con esos momentos?
¿Se han esfumado sin más?

Triste desgracia en la vida,
las cadenas me atrapan, 
en un camino sin salida
y ahora ya no queda nada. 

Y ahora todo olvidado, 
se consumió la llama, 
se agotó el tiempo, 
se fue la esperanza. 

Todo acabado, aprieto el gatillo,
caigo por el barranco. 
Todo acabado, clavo el cuchillo, 
salto de un muro destrozado. 

25 de septiembre de 2015

I ara jo...

Recorde els batecs
del teu cor en el meu.
Però te n'has anat i ara jo...
Ara jo estic sola.
Sola en mig de les persones
que em miren amb ulls silenciosos,
que em fan recordar...
I sent mil gavinets
clavant-se molt endins.
Has destruït el meu cor
i ara jo...
Ara jo m'ofegue en la mar
del meu dolor.
I mor, mor perquè tu
ets la meua salvació
i no hi ets.
Sense tu,
no tinc valor ni força per alçar-me.
Perquè sense tu,
quin sentit té la vida sense tu?

Sin ti...

Siento tus labios sobre los míos y escucho tu voz, las dulces palabras, los suaves murmullos que me hacían temblar...
Y despierto y recuerdo que estoy sola en esta isla. La lluvia me golpea el rostro sin descanso y tus ojos en mis pensamientos no me dejan ver nada. Y sueño que estoy contigo aunque sé que no es verdad, que no volveré a ver tu sonrisa ni tus labios pronunciando las más hermosas melodías. 
Y quiero pensar que aparecerás de pronto como siempre aparecías, tan silencioso, tan callado... Corriendo hacia mí como si fueras un niño pequeño. 

Quiero volver a verte, ¿lo sabes? Quiero sentir tus manos rodeando mi cintura como hacías cada día porque ahora sólo siento los fríos dedos del viento que se cuelan por mi espalda, que me bloquean y me impiden pensar con claridad. 

Y te añoro, añoro aquellas noches de luna como único testigo de nuestros largos besos, de nuestras palabras de amor, de nuestros suspiros que ahora han desaparecido. Y no puedo estar aquí encerrada en este oscuro sitio sin poder salir, con el mar golpeando las rocas. Y no quiero olvidarte. Te necesito aquí, a mi lado, haciéndome sonreír. Pero no estás y yo siento que muero. 

Siento que me destrozo por dentro poco a poco. Necesito escapar, salir de esta isla, pero el viento me tapa los ojos. 
Me hielo y ya no estás tú para abrazarme. Y cuando tan sólo quede mi alma triste y ya no esté sola, muriendo, llorando por tu falta; y cuando ya no queden más lágrimas resbalando por mi rostro, cuando ya no quede más que mi cuerpo tembloroso. Puede ser, sólo puede ser, volveré a verte y ya no escucharé el fuerte rugido de la tempestad. 

¿Qué pasará si se me olvida? ¿Y si olvido el tacto de tus manos? ¿Y si olvido la luz de tus ojos? ¿Qué pasará si muero por no tenerte aquí?
¿Sabes que te echo de menos? ¿Sabes que te necesito más que la luz del día, más que una gota de agua fría en un desierto abrasador? ¿Sabes que necesito verte? ¿Lo sabes? 

Suplico a la tormenta que me amenaza, al mar que me atrapa en esta isla, al frío que me mata que me dejen verte una vez más, sólo una vez más.
Porque sin ti mi corazón se rompería y formaría trozos de hielo que destruirían todo a su paso; porque sin ti el tiempo pasa tan lento que parece que no se mueve. Porque sin ti... No quiero existir. No quiero sentir la voz de los pájaros ni quiero volver a ver la luz del día. Sin ti no tengo valor ni fuerza para soportar la vida. Sin ti vivir me mata. Sin ti todo está oscuro y no hay nada que me haga más fácil estar aquí. 
Y ahora me acurruco pensando que si me encojo lo suficiente, despareceré. 
Porque sin ti... Sin ti no quiero vivir. 

Ineducación

Hablan de educación, de aprender conceptos básicos y de tener una base necesaria para la vida. Nos llevan al colegio y al instituto para que, posteriormente, podamos ser independientes. Creen que cuando acabamos los estudios estamos preparados para afrontar lo que se nos venga encima.
Sin embargo, nadie nos cuenta nada sobre el amor y sobre esa ilusión que se siente cuando te enamoras; no nos hablan de lo que pasa cuando ese alguien te destroza por dentro; no nos hablan de lo que sucede cuando te enamoras, de las ganas de estar permanentemente con esa persona, de esas ansias de tocar su piel únicamente para ser consciente de que está ahí, de ese desasosiego que te invade cuando no le ves y de la forma en la que el pecho se encoge, se te corta la respiración y las manos te tiemblan cuando está cerca.
Nadie nos habla sobre el dolor que se siente cuando no puedes estar junto a esa persona, sobre la desesperanza que te tortura cuando te das cuenta de que jamás te verá de la misma forma que tú le ves, de que jamás te mirará a los ojos y le brillarán como te brillan a ti, de que jamás te sonreirá como tú le sonríes, de que jamás podrás besarle o sentirte feliz del modo en que alguien se siente feliz cuando su amor es correspondido... Porque jamás lo será.
Así que, te obligan a enfrentarte solo a esa vida que no conoces, a ese dolor y a esa soledad abrumadora que crea un vacío a tu alrededor tan denso que te llena los pulmones. No encuentras la forma de salir de ahí, no puedes. Te ahogas en un océano que se extiende ante ti como un muro infinito, siempre helado y negro. Te hundes, caes en esa oscuridad y no hay nada que te ayude a salir de esa situación.
Gritas, mas tu voz sólo resuena en tu cabeza como un eco que se ríe de ti.
Quieres dejar de sentir, mas sientes con más intensidad.

Hablan de educación y, sin embargo, la vida sigue siendo un misterio.

Ruleta rusa

Sitúa el índice en el gatillo. Contenemos la respiración cuando coloca la pistola en su sien. Aprieta el gatillo y... Nada sucede. Soltamos el aire. 
La tensión es palpable, todos nosotros tenemos los músculos rígidos y esperamos a que nos toque apuntarnos con el revólver y arriesgarnos a que la única bala nos atraviese el cráneo. 

¿Qué hago aquí? ¿De verdad quiero morir?

El siguiente coge el revólver. Quedan dos personas antes de que sea mi turno. Tengo miedo, aunque nunca lo diré. Apunta a su cabeza. Tenso los músculos y él mira a la nada. Aprieta el gatillo y la bala no sale. 

¿Estoy seguro de que esta es la solución?

De nuevo se repite el procedimiento. Una persona entre el que tiene el revólver entre sus manos y yo. No lo conozco. Me pregunto cómo habrá sido su vida para que haya acabado aquí. Veo como presiona el índice contra su posible muerte, un último gesto de despedida. Mas la respiración no se corta y no hay sangre. 

¿Debería echarme atrás? 

Sólo una persona, las tinieblas acechan. No sé bien si hago lo correcto. Mil pensamientos corren por mi mente a toda prisa. Momentos, lágrimas, despedidas, dolor... Tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a la vida. 
A mi compañero de desgracias le tiembla la mano. Se apunta mientras veo una lágrima caer por su mejilla. Cree que va a morir. Yo no lo sé, quizá sí, quizá no. Si el vive quizá yo muera. Si yo muero los demás continuarán con sus vidas. 

¿Qué debo hacer? ¿Escapar y huir del dolor?

Dispara y... no muere. Mi turno. Me pasa el arma y yo la cojo. Tiene un tacto frío. Repito el procedimiento que han hecho todos. La imagen de la derrota aparece bajo mis párpados conforme se cierran al mismo tiempo que le doy permiso a la Muerte para que me lleve con ella. Tengo miedo y frío. Se me encoge el estómago cuando el índice se posa sobre el gatillo y respiro hondo antes de apretarlo. 

Ya no hay vuelta atrás.

La bala atraviesa mi cráneo y la Muerte se abalanza sobre mí apartándome de la vida.

24 de septiembre de 2015

Gritemos

Gritemos.
Gritemos.
Gritemos
a la luz de tus ojos,
a la luz de mis versos.
Gritemos.
Sin importar nada.
Gritemos
estos sueños
que tanto me agobian,
me atrapan.
Gritemos.
Mirando y escuchando
este silencio que ahora me alcanza.
Y si en las miradas
ocultas algún secreto,
y si en las miradas,
ocultas algún miedo,
cuéntamelo en un susurro de hielo.
Sin temor a la brisa,
al sol, al viento.
Sin temor al tiempo
y a las horas que pasan
y no se detienen un momento.
Gritemos.
Gritemos todo lo que nos consume,
todas esas verdades
que con nosotros arrasan,
todos esos sentimientos ocultos.
Y, si hace falta, lloremos
y dejemos resbalar
estas lágrimas que
en vez de saladas, son dulces.
Pues están llenas de palabras
de palabras y mentiras
y de un mañana
que ahora me vive
y luego me mata.

Agujero negro

No ves.
No sientes.
No oyes.





Te sumerges en el vacío.
Y la nada te alcanza.
Te atrapa.
Te mata.

Te necesito

Te has ido. Te has ido. Te has ido. Es lo único en lo que puedo pensar ahora que ya no estás. Te has ido, me has abandonado y no sé qué hacer. Suspiro con el corazón hecho pedazos de hielo que se clavan en lo más profundo de mi ser. Necesito verte. ¿Sabes que no puedo vivir sin ti? Necesito tus labios, tus caricias, tus besos, tus abrazos... Te necesito. Vuelve a mí, por favor. Te echo de menos, añoro tus ojos, tu piel, tus brazos, tu voz, tus palabras, tus suspiros, tus manías. Añoro todo de ti y todavía no sé por qué te has ido y me has dejado así. ¡Te necesito! Suspiro y lloro estas lágrimas de plata que amenazan con ahogarme. Quiero vivir con tu aliento junto al mío. Quiero que vuelvas. Mi alma se muere sin tu calor. Nunca te podré olvidar. Abrázame, vuelve y abrázame. Ya no veo la luna, ya no veo las estrellas. ¿Qué sentido tiene vivir si tú no estás? ¿Qué sentido tiene poder ver si no estás para que te vea? Por favor, vuelve. Quiero que tus manos vuelvan a rozar mi piel como antes. ¿Recuerdas? Ahora mi piel está vacía sin ti. Ahora el cielo es siempre oscuro aunque el sol brilla en el cielo. Te has ido y yo no sé como escapar del dolor.

Cárcel de pensamientos

Se arrodilló y se encogió sobre sí misma ansiando desaparecer de ese mundo oscuro; un mundo en el que había estado lo suficiente como para saber que quería huir de allí.
Apretó los dientes y permitió que las lágrimas surcaran su rostro mientras que los cristales de su corazón hecho añicos le arañaban por dentro.
Se dejó ir hacia el vacío creyendo que, al fin, escaparía de esa horrible vida y de las horribles personas que tanto dolor le habían hecho sentir. Creyó que huiría de todos sus recuerdos, de las mentiras, de las humillaciones, de los comentarios que siempre le habían torturado. Mas se equivocó, se equivocó pues el mundo no tenía esos planes para ella. La atrapó entre una celda de pensamientos sangrantes sin posible escapatoria. Quedó suspendida en su mente, entre silencios y palabras sin pronunciar; quedó todo en soledad, frío y oscuro. Así que lo único que hizo fue llorar con más fuerza en ese vacío que le embotaba el cerebro... Ese vacío que le impedía respirar.

Y su alma se encogió sobre la nada.

¿Cómo vivir si mis manos están llenas de vacío?

Grito al vacío.
A esos ojos sin color.
A ese fantasma del amor.
A ese infinito dolor.
A ese sonido ensordecedor.
No tienes a nadie a quién contar.
Nadie que te aconseje.
Porque estás sola.
Terriblemente sola.
No hay nadie, no hay nada.
Hay vacío. No hay palabras.
¿A quién contar todos tus secretos?
¿Cómo decir que tu mayor miedo es el reflejo?
¿A quién suplicar compasión, momentos?
¿Cómo dejar de tener siempre los mismos pensamientos?
¿De qué sirve escuchar si nadie escucha tu sonido?
¿De qué sirve caminar si el camino es infinito?
¿De qué sirve amar si el amor no es correspondido?
¿De qué sirve vivir si no quedan latidos?
¿Con quién hablar?
¿Con quién soñar?
¿Con quién esperar?
¿Cómo vivir si mis manos están llenas de vacío?

Temor

Mirando a la distancia, ella sufre en silencio. No tiene ganas de hablar, no tiene ganas de pensar. Pero piensa y quiere contarlo a pesar de que es incapaz.
En un rincón de su mente ella llora en silencio. No hay nadie para animarla. No hay forma de salir de ahí. Todo el mundo la mira y la critica en las clases, o eso es lo que ella cree. La verdad es que solo es su percepción de la vida, aunque no sea cierto. 
Oculta su mirada en la almohada y suelta un grito ahogado que no le dejaba respirar. Está cansada de todo y nadie la escucha. ¿Por qué no hay nadie ahí cuando lo necesita? 
No sabe qué hacer, los problemas se le acumulan. Pero no puede hacer nada así que solo calla.
Permite que el dolor le amargue el corazón, que todo lo que llevaba tiempo intentando evitar creer se cuele entre sus pensamientos, que el miedo se apodere de ella. Se permite creer que es horrible, que no merece la sonrisa de nadie, que todo lo que ha hecho ha estado mal.
Intenta calmarse pero, vaya, el ataque de ansiedad está ahí. Tiene miedo de su propio reflejo, tiene miedo de la tentación, de no poder evitarla. De no conseguir evitar entrar en la cocina y comer todo los dulces que encuentre. Teme no poder controlarse y volverse loca.
Pero, por encima de todo, teme que su autoestima quede siempre a ese nivel. 

Juguemos a imaginar

Juguemos a imaginar...
Imagina que eres una joven muy guapa, tienes un bonito pelo pelirrojo y una bella sonrisa. Tus ojos son muy brillantes. Algunas chicas te tienen envidia pero tú no le das importancia. 
Imagina que vives con tus padres, que tienes un hermano pequeño al que quieres mucho y que eres inteligente, muy inteligente.
Bien, ahora imagina que te encanta bailar, que es lo que mejor haces y que no podrías vivir sin esas fantásticas actuaciones, que se han convertido en tu vida y que te apasionan. Tus compañeras de baile son maravillosas, compartes con ellas todos esos nervios y todas esas sonrisas de complicidad. Compartís toda la fuerza con la que bailáis.
Y, un día normal, yendo a clase caminando cruzas un paso de peatones y no ves venir el coche que va hacia ti con una velocidad por encima de la permitida. El Audi choca con el lateral de tu cuerpo y caes al suelo inconsciente.

Despiertas en tu cama. No, no es tu cama. Cuando miras a tu alrededor te das cuenta de que es una habitación cuadrada con paredes blancas, las sábanas de la cama en la que estás acostada son del mismo color.
"Un hospital" piensas.
Y entonces te vienen a la mente imágenes fugaces que explican por qué estás ahí. Recuerdas ir a clase y piensas que te has saltado un día entero, quizá más y que tendrás que recuperar el tiempo perdido; recuerdas caminar por un paso de peatones y recuerdas el Audi que golpeó violentamente contra ti.

Entra un médico a la habitación en la que estás y poco después también lo hacen tus padres. Empiezas a asustarte cuando ves que tu madre tiene los ojos rojos e hinchados y que no consigue articular ninguna palabra. Con cierto pesar, el médico te explica la situación.
Al principio no entiendes mucho porque usa un vocabulario muy técnico pero te queda claro cuando oyes una frase que te corta la respiración y deja tu mente en blanco: "no podrás volver a bailar nunca más".

Hubo un día, cuando eras muy pequeña. Un día que te pusiste muy nerviosa en el escenario y te echaste a llorar por sentirte impotente, porque te perdiste en el baile y no sabías qué hacer.
Ahora te sientes igual. Sientes como tu mundo se desmorona, como tu vida queda apagada. Pierdes la noción del tiempo. Quizá has pasado días en esa habitación cuadrada o quizá sólo horas. El tiempo ha perdido su significado.

El médico dijo que te habías quedado paralítica y que no podrías volver a mover las piernas. Después de eso sólo recuerdas las lágrimas resbalando por tus mejillas y tu corazón rompiéndose en mil pedazos.

Durante ese periodo de tiempo que has estado ahí has tenido que soportar a gente sintiéndose incómoda y diciéndote que lo sienten aunque en realidad sabes que las chicas se alegran porque ya no serás un obstáculo tan grande. Te llevan muchas flores y ves muchas falsas sonrisas de pena que te amargan el tiempo.
Piensas en lo desastrosa que será tu vida a partir de ahora, en no poder volver a bailar. Cada vez que lo piensas, lloras. No sabes como vas a vivir así. El baile era tu vida, vivías para bailar y ¿ahora? Te derrumbas. No comes, no sonríes, no hablas... No tienes ganas de vivir. Pues, ¿cómo soportarás la vida sin el baile si el baile solucionaba tus problemas y ya no está ahí?
Descubres que se repite la frase que dijo el médico en tu cabeza: "no podrás volver a bailar nunca más". Temes volverte loca y sabes que no se te olvidará hasta que la muerte te alcance. Piensas que quizá hubiera sido mejor que aquel coche te hubiera llevado al final del camino.

Menos mal que sólo estábamos jugando a imaginar.

Deja de llorar

Cierro los ojos de nuevo y dejo que la melodía me llene, me transporte, me inunde.
No hay palabras para describir el dolor, es todo tan confuso...
No hay forma de salir de aquí.
Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar.
Busco la esperanza donde ha dejado de estar.
Busco sus ojos, su mirada.
Intento encontrar una forma de escapar.
Busco su mano, excusas silenciosas.
Busco caricias invisibles, roces desaparecidos.
Discuto con mi mente, discuto con mi corazón.
Dejo de bailar, dejo de sonreír, dejo de pensar.
Sólo quiero gritar.
Sólo quiero huir.
¿Y ahora qué debo hacer?
¿Quién soy yo?
¿En qué me he convertido?
Alma sin vida, alma sin sentido.
Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar.
Cierro los ojos de nuevo y los vuelvo a abrir.
Busco esas palabras que nunca dijo,
esos sueños desaparecidos.
Busco esa forma de reír
sin tener que ser feliz.
Que piensen que puedes sonreír.
Sécate los ojos y mira hacia el infinito.
Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar.

Sola, terriblemente sola

Estoy sola, terriblemente sola. No hay nadie. Las lágrimas caen por mi rostro y no hay nadie a quién llamar para que las elimine. No hay nadie a quién abrazar más que a mí misma. No sé que hacer, estoy sola.
Siento dolor y una presión en el pecho que apenas me deja respirar. Me vuelvo a sentir como si fuera una niña pequeña a la que acaban de reñir por hacer algo mal. Solo que esta vez lo único que he hecho mal es ser yo misma y eso no lo puedo cambiar. Porque cada vez aguanto menos y exploto con más frecuencia. No puedo sentir nada más que dolor y el peso de la soledad que me hunde en el suelo del camino que sin querer he escogido en esta vida. No veo el final de todo. No veo la luz. No veo nada porque lo único que logro distinguir es el sonido de mi corazón esperando a que todo cambie. Aunque sé que eso no va a pasar.
Porque estoy sola en medio de un montón de gente que se hace pasar por amigos aunque en realidad no lo son. Porque no importo a nadie.
Estoy sola, terriblemente sola. A nadie le importan mis lágrimas. Nadie las ve, quizá soy invisible a ojos de todas las personas. Nadie ve mis ojos rojos. Nadie siente mi dolor y el vacío que yo siento. Nadie ve mis esfuerzos por no echarme a llorar delante de ellos. Es difícil reprimir constantemente las lágrimas, ¿sabes? Y cada vez tengo menos fuerza. Cada vez puedo soportarlo menos. Y no quiero llorar delante de nadie. No puedo hacerlo porque, si lo hago, pensarán que es para llamar la atención y hacerme notar. Así que no puedo llorar.
Estoy sola, terriblemente sola. No hay nadie.

23 de septiembre de 2015

Promesa

Me aferro a una felicidad que poco a poco se desvanece porque deseo que sea eterna. Todo parece ser luz, todo parece perfecto. Pero cuanto más deseas algo, el mundo más ansias tiene de quitártelo. Te da razones para dejar de sonreír, para sollozar y para retener las lágrimas siempre bajo los párpados. Te da motivos para avergonzarte y para querer escapar de una vida que no soportas.
Aguantas y te das cuenta de que sólo hay una promesa que te obliga a permanecer, quizá sólo es una excusa, porque en realidad no tienes el valor de huir del dolor y del sufrimiento. ¿De qué sirve mentirte? Hiciste esa promesa porque en realidad no querías escapar, porque mantenías la ilusión y la esperanza de que por fin sucediera, de que fueras feliz. 

Hay veces que me obligo a creer que lo bueno llegará, pues dicen que hay que esperar, que las cosas llegan cuando menos te lo esperas. Pero, ¿qué sentido tiene si siempre estoy esperando? Me paro a pensar en todos esos momentos en los que he sido feliz y los comparo con todos aquellos momentos de los que me avergüenzo, en los que me he equivocado y que me gustaría cambiar. ¿De verdad permanecer es la mejor opción? 

Un mensaje para el mundo:

Se avecinan tormentas y desgracias por el camino que recorremos. No importa que cada camino sea particular y que se dirija a sitios diferentes pues el final, la meta, el sitio de llegada, es el mismo. La muerte nos acogerá como si fuéramos sus huéspedes, nos separará de la vida y de esas personas que han caminado junto a nosotros y no podremos hacer nada porque es inevitable.

Se avecinan tormentas y desgracias, mas también reencuentros, ilusiones y sueños alcanzados. Se avecinan rayos de sol abriéndose paso por entre las nubes y viajes en barca para cruzar pequeños mares que nos impiden continuar por nuestro camino. Puede ser que caigamos, que el mar se vuelva negro y que sintamos miedo y pánico de lo que pueda haber allí abajo. Pero prometo que se volverá transparente, que habrá unas cálidas manos que nos ayudarán a salir de ese mar y nos subirán de nuevo a esa barca.

Se avecinan tormentas y desgracias; se avecinan secretos, mentiras y verdades a medias. Así como también nos encontraremos con falsos amigos. Sin embargo, los buenos amigos estarán ahí siempre dispuestos a apoyarnos y a sacarnos de los agujeros que encontremos por el camino.

Se avecinan tormentas y desgracias, sé que caminar parece fácil, pero nos cansamos. Habrá cuestas que subir y que bajar, habrá obstáculos y vacíos de los que habrá que librarse, habrá ríos y mares que cruzar ya sea construyendo puentes, construyendo balsas o a nado; y, sobre todo, habrá miedo de llegar al final, nos aterrorizaremos de esa separación de la vida que nos alcanzará o que nosotros alcanzaremos.

Se avecinan tormentas y desgracias y, a pesar de todas las dificultades, sé que llegaremos a la meta de algún modo, andemos por donde andemos y pasemos por donde pasemos. Sea con quien sea, llegaremos al final y sonreiremos a la muerte que nos acogerá como a sus huéspedes, que nos separará de la vida y de esas personas que han caminado junto a nosotros.

                                                                                           Firmado: Marina González Jurado

¿Merece la pena?

¿Merece la pena?
¿Merece la pena fingir una falsa sonrisa para pasar desapercibida ante gente que apenas conoces?
¿Merece al pena ocultarte tras una barrera de mentiras por no tener el valor de dejar que te vean como eres de verdad?
¿Merece la pena aparentar una seguridad que no tienes?
¿Merece la pena reír aunque estés intentando soportar ese dolor que te corta la respiración?
¿Merece la pena acercarte a gente en la que no quieres confiar, gente que te puede hacer daño?
¿Merece la pena ocultarte aun sabiendo que no podrá ser permanente?
¿Merece la pena arriesgarlo todo cuando sabes que no saldrá bien y que tu barrera de seguridad fingida acabará derruida como siempre, que descubrirán como eres y te alejaran?
¿Merece la pena vivir en una mentira por no ser capaz de mostrarte tal y como eres?
¿Merece la pena continuar siendo así, siendo una mentira?
¿De verdad merece la pena?
¿De verdad merece la pena seguir teniendo pánico a que te conozcan de verdad, a la posibilidad de que se alejen de ti, de que te ignoren, de que te abandonen en esa oscuridad fría y sofocante que siempre has temido?

Cuando el mundo es sordo

Cuando el mundo es sordo gritas y gritas y tan solo se oye el eco de tus sollozos apagados. Ocultas tu rostro cansado y rojo de tanto llorar y nadie ve, nadie oye, nadie mira.
Cuando el mundo es sordo nadie escucha el leve murmullo del río que fluye corriente abajo como fluye la vida, rápido y luego despacio.
Cuando el mundo es sordo la vida se hace larga, se expande y crece. Todo se vuelve monótono y no hay cambios visibles.
Cuando el mundo es sordo miras hacia la nada y la nada te guiña un ojo invitándote a saltar hacia el abismo del vacío, hacia el barranco que marca tu final.
Cuando el mundo es sordo no escuchas el latido de tu corazón, se pierde la diferencia entre la vida y la muerte, todo se vuelve oscuro y ya no hay miedo a escapar.
Cuando el mundo es sordo nada tiene importancia, no hay cambio alguno cuando desapareces, nadie nota tu ausencia.
Cuando el mundo es sordo simplemente te vuelves invisible.
Pues cuando el mundo es sordo gritas y gritas y tan solo se oye el eco de tus sollozos apagados.

Alma perdida

Una tras otra
lágrimas de sangre
resbalando por mi rostro,
cayendo incansables.

Como un alma perdida.
Derrota tras derrota.
Caminando por una calle
oscura, silenciosa.

Tratando de encontrar,
callada, escuchando.
Pasando por esta vida
que a nadie importa tanto.

Y espero un abrazo
y lloro, lloro.
No se escuchan mis sollozos
cuando el mundo es sordo.

Y triste, sin sentido,
queriendo dejar de existir.
Huyendo de este mundo
en el que no quiero vivir.

Una última despedida
que nunca llegará.
Escribiendo con el lápiz
la palabra final.

Gravedad

Intentas ocultarlo, hacer como si no sintieras nada cuando realmente lo único que deseas es un beso, una caricia, un gesto, una mirada cómplice que te haga sentir especial... El amor, tan complicado y confuso, te ha atrapado en su red.
Y ahora, cualquier cosa relacionada con esa persona se ha convertido en tu vida, en el más maravilloso de los universos. Vives esperando ese algo, esa respuesta que quizá nunca llegue, ese pequeño gesto que transforme tu vida por completo, que te haga sentir la persona más afortunada del mundo y que haga que todo lo demás pase a un segundo plano. Esa persona por la cual te desvives por hacerle feliz, que hace que un escalofrío recorra tu espalda cada vez que le ves, que consigue que la gravedad cambie y que te atraiga de una forma inevitable. Esa persona a la que podrías estar mirando horas y horas y no te cansarías, esa persona que te hace estremecer sólo con escuchar su voz o ver una sonrisa suya. Esa persona que te hace feliz por completo, que te cambia totalmente, que te sorprende a todas horas con pequeños detalles y gestos, que te pone de los nervios y no deja que ese temblor desaparezca del todo, que te hace sentir un cosquilleo por todo el cuerpo cada vez que te toca, que te enamora con cada acción, que te cuida sea cual sea el momento y se preocupa por ti, que te pilla mirándole una y otra vez, que te hace reír por cualquier cosa, que hace que tu corazón se acelere y tu respiración se vuelva entrecortada, que hace que tu pecho se contraiga y que sólo desees estar con esa persona a pesar de todo.
Pero hay veces que no puedes decir nada y debes soportar todo el peso de un amor secreto en tu espalda. Y eso duele, duele cuando no lo aguantas y, cuando ya no puedes soportarlo más, ese peso cae y todos ven lo que tanto tiempo has ocultado.

Cenizas

Cenizas,
cenizas que se desprenden,
se desprenden de la llama
que encendimos hace tanto tiempo.
Y ahora que todo ha acabado,
ahora que la llama se ha apagado,
ahora que la oscuridad
llena la nada,
ahora muero.
No he sabido comprender
lo mucho que te quiero
hasta que dejé de estar a tu lado.
He abrazado tu ausencia,
he recordado el roce de tus labios
hasta que quedaron los sollozos
y el llanto lo llenó todo.
Quiero vivir en ti,
ser el latido de tu corazón.
Quiero ser tus suspiros,
quiero ser tu voz.
Quiero ser las lágrimas
que recorrían tus mejillas
cuando no estaba cerca.
Quiero ser tus recuerdos,
tus juramentos y promesas,
quiero vivir en ti.
No voy a olvidar
las palabras que dije.
Te fuiste, te fuiste
y ya no sé que hacer.
Quiero hacer que vuelvas,
nadie te querrá tanto como yo.
Nadie te abrazará cuando estás mal.
No como lo hacía yo.
Nadie te besará ni te mirará
como yo te besaba y miraba.
Y es que nunca habrá nadie
que deje cenizas en tu mente.
Incluso al apagar la llama
que tanto tiempo estuvo encendida.
No habrá nadie más que te piense
cada instante de la vida.

Del cielo al infierno

Empezó a controlarla tiempo después de haberse conocido.
Al principio era dulce, amable, atractivo y tenía algo que hacía que, inevitablemente, quisieras estar cerca de él. Todo fue mejor cuando se empezó a fijar en ella. Sonreía cuando cruzaban sus miradas, le miraba sólo a ella aunque hubiera más gente cerca y le rozaba la piel cuando pasaba por su lado.
Ella comenzó a enamorarse de él  poco a poco, sentía que necesitaba estar a su lado pues, cuando él no estaba, el frío la aprisionaba.
Él tenía unos ojos bonitos, muy bonitos. Su mirada era profunda y tenía una voz ligeramente ronca.
Un día, la invitó a salir y ella accedió encantada.
Ella, una chica insegura, sonriente, guapa y risueña. Se notaba la inocencia en su rostro. Emanaba de toda ella algo que te alegraba el día.
Ese día salieron, se tomaron un helado, se miraron... Él la convenció de que le contara de ella y así descubrió que tenía una hermana mayor y que su padre murió cuando ella era muy pequeña. La consoló cuando empezó a recordar todos esos momentos con su padre que tanto añoraba.
En resumidas cuentas, era el chico perfecto.

Pero cuando crees que eres feliz, algo te obliga a sentir dolor, pues el dolor siente envidia de la felicidad y no quiere desaparecer.

Primero eran comentarios que la hacían inferior, con sus amigos le insultaba, se reían de ella. Pero cuando estaban a solas... Ella se sentía feliz, feliz como no se había sentido nunca.
Poco después llegaron las órdenes, no le dejaba salir con chicos, no le dejaba ir con cierta ropa... Decía que eran manías, que si lo hacía así su relación se haría más fuerte. Y ella lo creyó.
Luego comenzaron las broncas, ella lo único que quería era hacerle feliz, pero él se enfadaba rápido; le pedía el móvil para ver con quien hablaba y empezó a dejar a sus amigos de lado por no hacerle enfadar hasta que, al final, sólo salía con él.
Su hermana y su madre decían que no saliera con él y, cuando ella se lo decía, él aseguraba que tenían envidia ya que su hermana acababa de romper con su novio y su madre nunca había conseguido rehacer su vida.
Y, como no, ella le creyó.
Pero todo fue a más. Sobre todo un día que él estaba más enfadado que de costumbre y le pegó. No dejó marca.
Ella se echó a llorar y él le pidió perdón y le dijo que lo sentía, pero que era culpa suya por haberle hecho enfadar tanto, por no conseguir hacerle feliz.
A menudo solía decir que todo lo que hacía lo hacía porque le quería. Ella pensaba que era cierto.
Comenzó a empeorar. Le pegaba cada vez más y con más frecuencia y ella se callaba. Decía que se golpeaba con mesas o que se había caído en la ducha.
Y ella dejó de ser esa chica bonita y risueña, comenzó a empalidecer y a tener marcas moradas bajo los ojos. Perdió ese brillo que la hacía especial y temía a todo.
Hasta que, un día, perdió los papeles. La golpeó hasta dejarla inconsciente y ella despertó en el hospital.

Le hablaron, le hicieron pensar en todo lo que había pasado. Ella seguía echándole de menos. Echaba de menos las caricias, los días de sol paseando por el parque con un helado en la mano y las miradas.
Esas miradas eran sus preferidas.
Poco a poco empezó a entender que el amor no duele, el amor no hace daño y, con el tiempo, conoció a otro chico. Más amable, más sincero y con una mirada más dulce. No era él, pero le hacía sentir feliz. Volvió a brillar y a sonreír.
Así que, un día, dejó de echarle de menos.

22 de septiembre de 2015

El olor de la libertad

Deslizó su mano entre esa nube de humo que la rodeaba proveniente de los cigarrillos del grupo.
La vida se había convertido en algo tenebroso, quizá podría considerarlo como aquella nube que le impedía ver más allá de los amigos que estaban junto a ella. La vida era algo así, un camino lleno de niebla que no te permite ver más allá de tus propios pensamientos, caminas hacia el frente sin saber a qué lugar vas ni que es lo que te espera. En eso se resumía su historia, en andar y ni siquiera saber por qué. ¿Por qué estaba allí?
No estaba segura de qué hacía rodeada de aquella gente, parecía que eran amigos, apoyos, pilares de esa vida, la gente que, teóricamente, caminaría junto a ella.
Una mano apareció cerca de su rostro y golpeó violentamente al chico que fumaba a su lado. Éste se tambaleó hacia atrás y estuvo a poco de caer. Ella se quedó quieta, muy quieta. No respiraba, o eso pensaban los demás. Sintió como el alcohol le impedía pensar con claridad y le confundía. Poco después, sintió como sus rodillas golpeaban el suelo aunque apenas notó el dolor. No sabía exactamente el motivo por el que no lograba levantarse ni por qué se había caído.
Recordó de pronto el puñetazo que hizo que el rostro de su compañero empezara a sangrar. ¿Y por qué le había afectado de esa forma? Las peleas sucedían a menudo... ¿Qué había hecho que fuera diferente esta vez? Unos brazos la levantaron de golpe y la alejaron de aquel barullo que comenzaba a formarse.

-¡Sandra!- escuchó en la lejanía- Sandra, vamos, reacciona. Tu novio no está bien y no te puedes quedar aquí. ¡Luis, llama a una ambulancia, rápido!

Así que era eso, era su novio al que habían golpeado. Por eso se había caído. No era alguien cualquiera. Y, sin embargo, se sintió estúpida por haber reaccionado de esa forma. Una imagen fugaz cruzó por su mente y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Y entendió en ese momento el motivo de que hubiera caído, pues recordó el primer puñetazo, un golpe que le marcó el rostro. Supo que si su novio acababa mal, ella acabaría peor. Y tuvo miedo, mucho miedo. Se asustó tanto que casi perdió el conocimiento.

Poco después la subieron a una camilla y le dijeron algo que no logró entender. La subieron a un coche, o quizá una furgoneta. No estaba muy segura y sintió el pánico corriendo por sus venas; pánico por la posibilidad que fuera su novio el que la había metido allí y la llevara a un lugar solitario; pánico por la posibilidad de no volver a ver a sus amigos. Pero el olor del lugar no olía a tabaco y alcohol como solían oler los vehículos de cualquier persona que se los prestara a su novio. Este olía a limpio y a antiséptico. Quizá era el olor de la salvación, de la libertad.  

Yo fantasía, tú realidad

Tú...
Tú eres la realidad.
Tú eres la recuperación.
Tú eres la muestra,
la muestra de felicidad.
Tú eres el signo de esperanza.
Tú eres la luz.
Y yo...
¿Yo?
Yo miro y miro 
y veo a los que no temen, 
a los jóvenes personajes,
personajes vulnerables
de esta primera y última película. 
Y no quiero crecer. 
No, no quiero. 
No quiero crecer 
en la película de mi vida,
en otra estúpida película. 
No, no quiero. 
No quiero seguir 
si tengo que vivir detrás,
detrás de una pantalla
que la gente mira. 
Porque miran para criticar. 
Te observan en silencio, 
y no creo poder soportar algo así. 
Porque yo...
Yo soy fantasía. 
Y tú...
Tú eres la realidad. 

Tu marca

He sentido mi cuerpo estremecer
cuando tus labios rozaron 
la piel de mi cuello
dejando un rastro de fuego a su paso.
Como el amanecer
que se desliza entre mis dedos,
susurraré en tu oído
mi melodía, mi sonido.
He buscado en esa noche estrellada
tu marca en el cielo
mas dejaste esa huella
en mi destrozada alma.
Y escuché tu voz de nuevo
cuando el mundo
se tornó oscuro.
Y mantuve la esperanza
cuando ya poco quedaba.
Encontré cariño
cuando no sentía nada,
encontré amor
cuando sola estaba.
Y me sentí feliz cuando vi
que la felicidad ya no se esfumaba. 

Atrapada

Encerrada en un laberinto
grito al borde del abismo
y contengo mis lágrimas
ya olvidadas.
Tus besos han muerto,
se secan mis labios
sin tu saliva.
Los recuerdos son tormentos
de los que no encuentro salida.
Pasos se acercan
a mi cuerpo agazapado.
Es la muerte,
la única que recuerda
y ve mi rostro torturado.

Pasos

La música comienza a sonar y cada parte de mi cuerpo empieza a moverse con soltura. La melodía entra por cada poro de mi piel. Una vuelta acaba con una patada al aire y una sonrisa llena mi rostro. Mis brazos y mis piernas se flexionan para crear una danza bella y llena de vitalidad.
Sigo moviéndome mientras que mis compañeras dan palmas a mi alrededor para darme ánimos. Dos piruetas y, de un salto, acabo en el suelo con una pierna estirada a mi costado y mi puño golpeando el suelo. El sonido de los aplausos me abruma mientras lucho por controlar mi respiración.
El baile se ha convertido en mi vida.

Piel de fuego

Acarició su mano, su brazo, su hombro, su cuello. Acercó el rostro y aspiró ese aroma a bosque y a hierba fresca que siempre le había atraído. Cerró los ojos y posó sus dedos sobre los labios de ella. Sintió como se movían ligeramente cuando respiraba y como temblaban suavemente cuando los acariciaba. Sintió su piel rozar la suya y se estremeció. Abrió los ojos y, sin contenerse más, la besó. La besó muy despacio, dejando que los sentimientos fluyeran entre ellos, sentía fuego y a la vez frío allí donde no se tocaban. Sentía como el deseo y la pasión afloraban en su pecho, sentía el amor que emanaba de toda ella. Se separó unos centímetros de su rostro y miró esos ojos que tenían dentro todo un universo, tan transparentes que podía ver su alma, tan brillantes que apenas podía describirlos. Necesitaba acariciar su piel, besar sus labios. Necesitaba sentir ese amor que ella le hacía sentir, ese sentimiento tan contradictorio y único.
Y sí, la quería, la quería mucho. Y se dio cuenta de que se había enamorado y lo susurró en su oído haciendo que ella cerrara los puños sobre su pecho y respirara con dificultad. 
Y entonces ella le dijo con esa voz dulce y sencilla que por fin era feliz. 
Y, tras ese corto momento, se dejaron llevar.

Respuesta muda

-Ven conmigo- la invitó extendiendo la mano hacia ella con la palma señalando al cielo.

Pero ella no se movió. 

-Ven conmigo- suplicó cuando se percató de que no tenía intención alguna de moverse. 

Pero ella no se movió.

-Ven conmigo- rogó ya con la desesperación recorriendo su cuerpo. 

Pero ella no se movió. 

-Por favor...- dijo en un susurro apenas audible. 

Entonces ella alzó la vista y vio los ojos brillantes que tenía delante. Vio ese dolor de estar esperando a alguien que no se va a mover y sintió lástima... Lástima y ese recuerdo del amor que antes la invadía cuando él estaba cerca. Mas él no la trataba bien, la ignoraba unos días y otros la saludaba, la alejaba de sus amigos y luego la separaba de él, le hacía sentir pequeña y luego decía que se sentía orgulloso de su forma de ser. 

Así que volvió a mirar al suelo y no se movió.

13 de septiembre de 2015

Palabras en el tiempo

Imagina relojes de arena. Imagina que cada persona lleva un reloj que siempre le acompaña y que, sin embargo, no sabe cuánta arena contiene ni a qué velocidad desciende.
Imagina pensamientos, cosas que deseamos hacer o decir. Unos sueños que se dividen entre los que se cumplirán y los que quedarán en el aire. No sabemos en qué grupo está cada sueño, pero hay algunos a los que les ponemos barreras, quizá porque nos da miedo realizarlos, quizá porque tememos las consecuencias. Decimos que no tenemos tiempo, que no contamos con los medios suficientes o que es demasiado complicado. Pero la arena del reloj continúa bajando sin importar nada. No sabes si tienes años, meses o días para hacer o decir lo que quieres. No sabes si podrás conseguirlo o se te acabará antes el tiempo. No lo sabes. Estás limitado por un espacio que no conoces. Tus palabras, tus acciones, están ahí y tienes que decidirte porque quizá mañana ya sea demasiado tarde. 
Crees que puedes esperar, que tienes mucha vida por delante y, cuando menos te lo esperas, la arena del reloj se consume y las palabras que no has dicho quedan atrapadas en el tiempo.