31 de diciembre de 2015

Es que te quiero...

Quería que me encontraras en las estrellas.
En cada uno de los sueños que soñaras.
En cada una de las palabras escritas.
En cada silencio que escucharas.
En cada paso que caminaras.
En cada pequeña ilusión.
En cada gran deleite.
En cada instante.
En cada miedo.
En el tiempo.
Porque yo
es que
te quiero.

30 de diciembre de 2015

Complejo de Brummel

-Mira qué bien viste, envidio su elegancia y su forma de llevarlo. Si yo me pusiera su ropa la gente se reiría de mí. Sin embargo, a ella le queda perfecta.

-Sí, a todos nos gustaría vestir así. No obstante, yo prefiero seguir sin destacar por ir tan arreglada si tuviera todo ese peso que ella lleva. No me gustaría sentir la obligación de ir elegante para que las gente me vea. No creo que ella sea feliz así a pesar de sonreír siempre y poder comprar ropa que los demás tan solo podemos soñar con obtener. No, no creo que se sienta bien así. Supongo que solo intenta mostrarse superior en algo. Porque, ¿acaso te habrías fijado en ella si vistiera como todos los demás?

29 de diciembre de 2015

Dentro de la mente

Estás solo. La oscuridad te rodea y el vacío amenaza con ahogarte. Respiras con dificultad... Y escuchas una voz lejana.

-No es consciente del dolor al que le someteremos cuando tenga que decidir. Ahora solo siente confusión y necesita aclarar sus ideas para poder encontrar una solución.

Una decisión. Tienes que tomar una decisión. Pero, ¿qué decisión?
En tu mente aparece una figura poco definida. No consigues centrar la vista y únicamente ves sombras.

"¿Qué decisión?"

La sombra se ríe de ti haciendo eco de tus pensamientos y la ira lo llena todo por un instante.
Sientes la tentación de abrir los ojos, aunque la luz que se cuela por entre las rendijas de tus párpados te hace daño.
Las sensaciones te abruman y respiras con más velocidad. Sientes el mundo sobre tus hombros y una lágrima casi invisible se desliza por tu mejilla.

"¿Qué decisión?"

-Está despierto.

Suena como un grito en tu mente. Sabes que a partir de ese momento todo va a ir mal, que te van a arrebatar la felicidad como quien quita un caramelo a un niño... Pero te da igual. Por algún extraño motivo no te importa. Te da lo mismo. Y una voz interrumpe tus pensamientos entremezclados.

"Déjate guiar por ellos. Ellos te cuidarán. No sientas temor y recuerda que te quiero, ¿vale?"

Por un instante no haces nada, como si el mundo se hubiera paralizado y, de pronto, todo empieza a ir a toda velocidad. Te cogen el brazo y te zarandean intentando que abras los ojos. Y lo haces. Te dejas llevar y te fías de esa voz que no sabes exactamente si ha sido un recuerdo o una ilusión de tu mente. Solo sabes que estás en un aprieto y que vas a tener que tomar, probablemente, la decisión más difícil de tu vida.


Puedes llamarme tonta

Puedes llamarme tonta por creer que el universo estaría de mi lado esta vez, por convencerme de que habría un para siempre tras esas miradas llenas de deseo, por pensar que el amor era eterno. Puedes llamarme estúpida por creer en alguien que sentía más dolor que alegría, que decía saber que conocía el anhelo, que susurraba al viento y parecía sincero. Puedes llamarme idiota por abrazar al miedo e intentar aferrar el tiempo aunque se escapara por entre mis dedos; porque miré al abismo y el abismo me miró y ahí me di cuenta de que Nietzsche tenía razón; porque sentí amargos mis pensamientos y dejó de escucharse el silencio; porque el barullo de emociones hizo eco en todos y cada uno de los recovecos de mi alma y porque el vacío fue llenado por la nada. Porque preferí ignorar a Einstein y pensé que algún día dejaría de haber estupidez y que el universo sería efímero, pero me equivocaba, no se deja de ser estúpido, solo deja de mostrarse.
Puedes llamarme tonta por intentar complacer a todos los demás y por temer a mi propio miedo, por asustarme de mi sombra y permitir que el frío arranque, una a una, las capas de mi alma hasta desnudarla por completo. Por ser capaz de mentirme una y otra vez hasta que las mentiras se convierten en verdades. Por no saber mostrarme al mundo y por arrinconar mi felicidad en el hueco más oscuro y recóndito de mi mente. Por recordarme todos los actos que me han hecho daño para volver a sentir el sufrimiento.
Puedes llamarme tonta, sí, pues lo soy tanto que yo también me lo considero.

17 de diciembre de 2015

Yo he decidido olvidar...

Recuerda tú que puedes esas noches de verano paseando por la playa, los besos a la luz de la luna, las palabras que volaron con el viento y que coloreaban nuestras vidas.
Recuerda tú que puedes esa felicidad que llenaba nuestros días y que nunca imaginamos que sería efímera.
Recuerda tú que puedes el amor que éramos capaces de sentir, las miradas que nos hacían volar y las caricias que nos hacían estremecer.
Recuerda tú que puedes porque yo he decidido olvidar, porque fue maravilloso y ya no está, porque ahora me tortura día tras día y no soy capaz ni tengo la fuerza suficiente para soportarlo.
Recuerda, por favor, tú que puedes porque a mí me mata que todo haya acabado y no quiero soportar, no más.

3 de diciembre de 2015

Descontrol

Se avecina una tormenta y no estoy preparada. No estoy lista para soportar lo que pueda llegar, no sé qué podré hacer para que mi vida no se derrumbe cuando la tormenta arribe. 
Se avecina una tormenta peligrosa y enfadada y no tengo motivos para creer que saldré bien parada esta vez. No he hecho nada para suponer que no descargará sobre mi ventana. No siento nada que me diga que tendrá piedad conmigo.
He creado una tormenta que se ha descontrolado, he creado un huracán que me va a atrapar en su centro y tengo miedo de no conseguir escapar. No puedo seguir fingiendo que no tengo la culpa, pues fue mía la decisión de crearlo. 
Siento miedo por esa tormenta que se avecina, pero siento más miedo por el vacío que haya después. No encuentro la solución que arregle el descontrol. Y quizás no la haya. 
Tengo miedo de que el mundo sepa que fue culpa mía, que yo creé la tormenta y que no puedo hacer nada para acabar con ella. Tengo miedo de que, cuando acabe, todos vean al culpable de los destrozos. 

16 de noviembre de 2015

¿Y si...?

Piensa en un mundo en el que no existe el dinero. Piensa que no hay armas. Piensa que gobierna la PAZ. Piensa que todo comienza con un círculo. Cada persona ayuda a otra persona y esa otra persona ayuda a otra. Si esta acción continuara, cuando la primera persona necesitara ayuda la recibiría.

¿Y si se trabajara para que la sociedad funcionara mejor? ¿Y si se viviera sin mentiras? ¿Y si no hubiera gente ansiando el poder? ¿Y si no estuviéramos manipulados ni controlados? ¿Y si a los niños desde pequeños se les enseñara la importancia del respeto, de la misericordia, de la amabilidad, de amar a otras personas...? ¿Y si hubiera un cambio de mentalidad y dejáramos de querer dinero y poder?
Se acabarían las religiones, pues la gente no necesitaría buscar la felicidad más allá de este mundo; no habría guerras porque la gente no estaría constantemente obsesionada con el poder; no habría pobreza ya que todos ayudarían a todos; no habría dolor por las injusticias porque todos estarían dispuestos a trabajar por una sociedad mejor.
Si no fuéramos marionetas de gente con avaricia a la que apenas importamos quizá no habría revoluciones ni odio. Quizá si no se consideraran a unas personas más importantes que otras no habrían fronteras ni asesinatos, quizá si no creyéramos que unos merecen más atención que otros no habría dolor ni angustia. Quizá si viéramos que todos somos iguales no tendríamos esa convicción de que hay muertes más importantes que otras, quizá ni siquiera habría muertes.

¿Y si la mentalidad humana cambiara? ¿Y si todos colaboráramos por un mundo mejor? ¿Y si dejáramos de estar obsesionados con tener territorios? ¿Y si dejáramos de exterminar culturas? ¿Y si dejáramos de crear guerras por diferencias entre las personas? ¿Y si de verdad pensáramos que todos somos iguales? ¿Y si dejáramos a un lado los prejuicios? ¿Y si realmente hubiera PAZ? ¿Y si no hubiera luchas constantes? ¿Y si la solución no fueran las guerras?
¿Y si...?

14 de noviembre de 2015

No es solo por París o por Francia

No es solo por París o por Francia, es por todas aquellas personas que han muerto y morirán porque alguien decidió tomar decisiones que no debieron ser llevadas a cabo; es por todas las familias de todo el mundo que han vivido la muerte de primera mano y por esas lágrimas que no debieron ser derramadas. Es por los niños que no volverán a ver a sus padres o por los padres que no volverán a ver a sus niños. Es por todas esas sonrisas perdidas, por esa alegría que ha sido sustituida por el terror.
Es por esos ojos que vieron la masacre justo delante y por toda esa confusión que se creó cuando nadie sabía qué hacer. Es por el deseo que permanecerá siempre en acabar con las guerras y con el dolor. Es por ese sentimiento de angustia que no se irá nunca.

No es solo por París o por Francia, hoy les ha tocado a ellos y nadie nos asegura que mañana no seamos nosotros los que tengamos que vivir con la pena arrancándonos el alma. Nadie puede afirmar que mañana no seamos nosotros los que escuchemos los disparos tan cerca nuestra que retumbe en las paredes, que veamos sangre por las calles y gente sin vida sobre los charcos rojos; gente conocida con unas cuantas balas sin piedad por todo el cuerpo. Nadie puede asegurarnos que mañana no seamos nosotros los que sintamos un vacío porque alguien nos arrebató a las personas que queremos. Nadie nos asegura que mañana no seamos nosotros los que sintamos dolor, que nos sacrifiquen por algo que no merecemos, que muramos porque hay gente que disfruta al ver todo el dolor que está causando.

No es solo por París o por Francia, la humanidad está en juego, las personas inocentes están muriendo injustamente y las familias no saben cómo vivir con la pérdida.
Sí, hoy han sido ellos, pero... ¿Cómo sabemos que mañana no seremos nosotros?

12 de noviembre de 2015

Tenía miedo

Tenía miedo.
Temía el momento en volver a ver esos ojos traspasando mi alma... y no saber cómo reaccionar.
Temía sentir su calor cerca de mí... y no poder respirar.
Temía el momento en el que le quisiera tanto que dejara de ser yo misma, en el que perdiera mi forma de ser por él, en perder mi vida por desear ver su rostro, en el que verle se convirtiera en el motivo de mi existencia. Temía enamorarme y que desapareciera, que me llevara a las nubes y me abandonara allí, que me acariciara el alma y me matara de frío por su ausencia. Temía no volver a sentir los escalofríos que recorrían mi ser y que pintara lágrimas de sangre en mis ojos; que dibujara sonrisas en mi rostro y luego las borrara; que escribiera con tinta de su sangre sobre mi piel y dejara su recuerdo conmigo cuando marchara. Temía sentir tanto dolor que deseara dejar de existir, de no poder pensar otra cosa que en el temblor de mi corazón. Temía no volver a encontrar felicidad alguna en mí y temía perder mis sueños y que esos momentos felices a su lado hubieran sido en vano.
Tenía miedo, tanto como para no querer arriesgarme, tanto como para encerrarme en un vacío y una oscuridad permanentes, tanto como para intentar olvidarlo todo.
Tenía miedo...

4 de noviembre de 2015

Mentiras e inseguridades

Somos una mentira, nuestra vida se basa en mentiras, todos a quienes conocemos, o creemos conocer, mienten. 
Todo lo que hacemos o pensamos depende de las redes sociales, nuestra felicidad está influenciada por la cantidad de likes que tenemos o por el número de seguidores que aparece en nuestro perfil. 
Juzgamos a las personas a partir de una foto o una opinión que han querido expresar. Se supone que es un país libre y quizá lo es... Todo el mundo lo dice, ¿no? Pero a costa de que te falten al respeto, de que te insulten, de que te miren mal por tener un pensamiento diferente. Eso no es libertad. 

Toda nuestra felicidad depende de si comentan una foto, de si retwittean lo que dices o le dan a me gusta. Pertenecemos a una sociedad manipuladora, llena de mentiras, que valoran más el físico que aquello que no podemos ver. Gracias a esta sociedad ya no tenemos personalidad, somos copias de gente que dedica su vida a controlarnos. Seguimos a cualquiera que parezca importante, no por lo que hace para que haya más felicidad en el mundo o más igualdad, sino por el número de gente que le copia y que intenta parecerse a él, por su apariencia, por lo famoso que pueda llegar a ser y porque está de moda
Decidimos aceptar a alguien o no según su belleza, tomamos como referentes a personas a quienes no les importa nada más que la popularidad, a quienes no les importamos, a gente que no conocemos de nada, gente que finge ser quien no es. Tenemos como referente a gente que quiere que veas únicamente lo que te muestra, que todo lo que hace está planificado al milímetro. 
Damos me gusta a una foto y la aceptamos y compartimos cuando en realidad tiene una gran cantidad de retoques, porque falsean el aspecto de las personas y nos da lo mismo.

Si alguien que no esperas te comenta algo es de lo que después vas a hablar, no hay nada más que hacer que cotillear lo que hacen los demás y juzgar si es lo correcto o no, opinar si debería haber cambiado una palabra o quizá un emoticono. Presuponemos que la persona es de una manera concreta cuando ni siquiera la conocemos. 
¿Y tenemos derecho a llamarnos personas?

Somos conscientes de lo que hacemos, de que estamos criticando la mayor parte del tiempo, de que no somos felices hasta que vemos que nuestro número de seguidores aumenta, hasta que alguien comenta que le gusta la foto que has subido. 
Nuestra felicidad depende de una cifra. 

Me niego a aceptar que unos números marquen la diferencia entre ser feliz o no, que si no tienes muchos seguidores o likes te sientas más inseguro e inferior y que nuestra autoestima baje cada vez que vemos fotos más espectaculares a pesar de la planificación que pueda tener para que parezca natural.

Me niego a aceptar que la sociedad esté basada en la frialdad y en el cotilleo, en querer saber lo que están haciendo los demás en todo momento y decidir si una persona merece nuestra aprobación o no por unas cuantas fotos o mensajes, en basar nuestra vida en un engaño constante.

Me niego a aceptar que nos sintamos inseguros al no saber que opinan los demás de nosotros en una foto que probablemente sea mentira o que entremos en ansiedad si alguna vez no podemos mirar las redes sociales porque no sabemos lo que está pasando en el mundo. 
¡¡Existen las noticias y los periódicos!!

Me niego a aceptar que el mundo tenga el derecho de valorar tu importancia si eres más guapo o más feo, o que si alguien que no esperabas te ha dejado un comentario en una foto sea lo primero que hablas con tus amigos. 
¿De verdad tenemos que pasar por esto?

No quiero formar parte de una sociedad que tiene más vida en internet que en la realidad, no quiero ser una marioneta y una copia manipulada por gente a la que no importamos.
No quiero formar parte de una sociedad en la que la felicidad dependa de una cifra.

30 de octubre de 2015

Siendo

Huyendo, corriendo, cayendo...
Muriendo en silencio.
Llorando, sollozando, siendo.
Momentos acabados,
momentos terminados.
Atrapada en el tiempo,
sintiendo y...
Ya no siendo.

13 de octubre de 2015

Dolor escrito

Tenía un lápiz en la mano derecha y la concentración le marcaba el rostro. Apretaba el lápiz con tanta fuerza que temía que se partiera por la mitad.
Comenzó a escribir rápido, inspirada por algún pensamiento que había cruzado su mente a toda prisa. Empezó a garabatear sus emociones sobre el papel, su vida, sus sentimientos, sus secretos...
Empezó a plasmar su existencia dejando el rastro de palabras que brotaban de ella como escalofríos que le recorrían por todo el cuerpo y finalizaban en el brazo, en la mano. Arrastraba la punta del lápiz con una elegancia inusual, como quien acaricia las teclas del piano porque la música le invade, porque siente que así sonará mejor.
Dejó su alma sobre el papel, dejó allí su mente, su ser y no le importó. Allí era feliz, quizá podría vivir toda la vida con un lápiz en la mano y una hoja de papel ante ella.
Deslizaba su mano como un soplo de aire impulsándola, como si no pudiera controlarla. Y se dejó llevar hasta el final, hasta que el dolor empezó a emerger de las profundidades de su cuerpo y comenzó a apretar el lápiz todavía más fuerte como si fuera su salvavidas, como si así pudiera controlar el dolor que la torturaba. Pero no podía, le dolía, escribió su dolor, dejó que saliera de ella a borbotones sin poder controlarlo y sintió que escribía con sangre de sus heridas. Dejó que el sufrimiento la llenara, que ocupara cada parte de su ser. Dejó que las palabras se grabaran en su corazón y en su vida. Y, entonces, se detuvo, paró de escribir, pues las lágrimas le impedían ver lo que escribía.

9 de octubre de 2015

Olvidar

Se hundió en el vacío como quien se deja atrapar por el inconsciente. Se dejó acurrucar entre los brazos de la nada y se sumió en un profundo e infinito sueño. La oscuridad la rodeó, la atrapó y no le dejó ningún resquicio por el que poder escapar.
La soledad la acompañó hasta la muerte que la acogió como si de su huésped se tratara. Se hundió entre tinieblas y se ahogó con el silencio.
Sentía frío, tanto frío que los dedos se volvieron azules y su corazón se heló. Temblaba, dejó de sentir su cuerpo, desde sus extremidades hasta el centro de su pecho. Se congelaba cada vez más, se moría. Se dejó ir, dejó que la muerte le hiciera un hueco a su lado y la separara de su hermana, la vida, que la había acompañado por el largo camino que recorrió.
Olvidaría todos los momentos que había vivido, lo olvidaría todo.

6 de octubre de 2015

Habitación de pensamientos

Había en un rincón de su mente una habitación llena de palabras, sentimientos, emociones, opiniones y millones de cosas que no podía expresar en voz alta. Era su habitación personal, su habitación secreta.
Siempre que sucedía algo más allá de sus expectativas, algo que no lograba decir... Siempre lo guardaba ahí. Era una habitación repleta de libros que llenaban estanterías con una vida entera. Su vida.
Su primer recuerdo, comiendo chocolate y pringándose la cara; cuando conoció a su mejor amiga con tres años, momentos juntas riendo y enfadándose, jugando a ser famosas; su primer novio, su primer beso, sus primeros sueños, sus ilusiones y los temblores que le causaba estar cerca de él; su primer premio en un concurso de talentos; su primera ruptura; su primer sueño cumplido...

Todo lo que había vivido estaba en su mente, encerrado en una habitación de luz y tinieblas dejando que se entremezclaran entre ellas.
A menudo, escogía un momento al azar y lo rememoraba. Otras veces, buscaba en esa biblioteca de experiencias hasta dar con la lección que le recordaba como continuar por el camino adecuado. Y otras, simplemente se olvidaba de entrar ahí. Hasta que no tenía más remedio o daba con la puerta de casualidad.

Era su habitación preferida, su habitación de pensamientos.

5 de octubre de 2015

Desayuno luminoso

Se levanta, se estira y sale del dormitorio. Me deja sola en la habitación para que pueda pensar y ser consciente de lo que ha pasado.
Recompongo la escena anterior en mi cabeza, sus manos sobre mi piel, sus labios en mi cuello, sus estremecimientos haciéndome temblar... Me pongo nerviosa y sonrío para mí misma. Mis mejillas se tornan rojas y me entra algo de vergüenza. Respiro agitada.

Entra a la habitación cuando yo ya me he vestido con el pijama. Trae comida en una bandeja. Zumos, tostadas, bollos, chocolate, fruta... Todo para los dos. El estómago me resuena y el suelta una risa disimulada que me hace reír a mí también. Deja la bandeja sobre la cama y se sienta frente a mí. 
Me mira con los ojos brillantes y yo alzo las cejas mientras esbozo una sonrisa y me muerdo el labio. Él mira hacia abajo dos segundos riendo y yo empiezo a comer llena de dicha.

La verdad es que este es un momento maravilloso. La luz de la mañana entra en la habitación y las cortinas blancas evitan que entre mucho sol. Lo justo para que sea una mañana perfecta. La comida está perfecta. No cambiaría este día por nada. Supongo que era verdad eso de que al final lo bueno llega pues la felicidad ha arribado a mi vida junto a él. 

Equivocación

Tengo miedo, mamá.

Un día me dijiste que los monstruos no existían. Pero te equivocabas, mamá.
Los monstruos existen, yo he conocido a uno. Está ahí todo el tiempo. A veces me hace daño al llegar de clase. Se acerca a mí y me echa su aliento amargo en la cara. Me salpica con el líquido de la botella que tiene en la mano y no le importa. Me agarra tan fuerte del brazo que me suele hacer moretones. Me quita la ropa, normalmente rompiéndola y me hace llorar. Me grita y me hace mucho daño.

Tengo miedo, mamá.

No estás para salvarme de este monstruo. Dijiste que los monstruos no existían. Pero hay uno que vive conmigo y me da mucho miedo llegar a casa todos los días. Aunque más miedo me da no llegar a casa. Tengo miedo de que un día no haya nadie en casa, que esté todo oscuro y vacío.
Tengo miedo de encontrarme con él todos los días, de que todo esto nunca acabe y tengo miedo de que acabe.
Tengo miedo del monstruo que vive en casa.

Tengo miedo, mamá.

Te fuiste un día y no sé el motivo de que me abandonaras. Quiero estar contigo, mamá. Quiero que el monstruo deje de existir, que deje de hacerme daño. Porque cuando no estás... Tengo miedo, mamá. Cuando no estás tengo mucho miedo.

2 de octubre de 2015

El chico de la fotografía

Pasaba los días fotografiando todo lo que veía. Le gustaba observar a través de la cámara, le gustaba descubrir detalles de las cosas que quizá no hubiera visto si no hubiera guardado esas imágenes. Sacaba fotos de todo por muy banal que fuera. Luego miraba a las personas, a las hojas, a las plantas, a los animales, al cielo... Observaba todos los detalles de cada foto. No parecía tener motivos para ello, pero a veces encontraba una sonrisa que le alegraba el día o a alguien pensando que convertía su día en uno para reflexionar. Fotografiaba su vida para tener miles de recuerdos.

Fue al parque el trece de noviembre. Ese día hacía frío, pero no el suficiente como para detenerla. Con un abrigo, gorro, guantes y su cámara caminó hasta allí y se sentó a observar a través de la lente.
Capturó la imagen de un niño tirándose por un tobogán, una niña comiéndose un bocadillo, una chica leyendo bajo un árbol, una pareja de ancianos saliendo de una cafetería... Gente que parecía feliz.
Tras unas cuantas fotografías más revisó las que había hecho ese día.

Se paró más detenidamente en la de la niña comiéndose el bocadillo. A la derecha había un chico, un chico guapo con una chaqueta azul oscuro y pelo castaño. No se veía el color de los ojos, pero había capturado su expresión. Una expresión serena y pensativa.
Miró hacia allí, hacia donde estaba el chico en la fotografía, pero no estaba. Se preguntó quién sería y de donde había salido.
Imaginó que acababa de recordar que tenía que comprarle un regalo para el cumpleaños de su hermana. Quizá le quedaba poco tiempo para ello. Probablemente estaba pensativo porque no sabía bien que comprarle y estaba entre un mensaje en una botella o una camiseta que había visto en una tienda que le podría gustar. Después iría con un amigo a comer a la cafetería donde antes estaba la pareja de ancianos y finalmente volvería a casa para darle el regalo a su hermana.
A lo mejor tenía novia o quizá había cortado recientemente con ella. Posiblemente estuviera sereno porque estaba cansado de ella. Porque ella era pesada, hablaba y hablaba y no te dejaba comentar nada. Seguramente ella tenía el pelo rubio y los ojos verdes y sería guapa. Sería de esas chicas que consideran que merecen lo mejor. Y como él sabía escuchar le había convencido de que saliera con ella. Ante tanta insistencia, él habría accedido, pero conforme pasaba el tiempo se fue arrepintiendo cada vez más hasta ahora.
Estaba tranquilo porque sabía que no tendría que soportarla más, que los días de aguantarla se habían acabado y aunque echaría de menos los buenos momentos juntos, ya los recuperaría con otra persona.
O quizá no.

Le dio al botón de la cámara y cambió de imagen.

A la Muerte

2 de octubre de 2015


A la Muerte:

Escribo tu nombre con mayúscula porque eres grande, lo suficiente como para ser capaz de destruir todo, de cambiar vidas por completo y de crear sentimientos que desgastan.
Me he llegado a preguntar, como todo el mundo, muy a menudo sobre ti. 
Únicamente sé que te llevas a todo ser vivo, se lo arrebatas a quien lo ama. Creas sentimientos de dolor y agonía que a menudo convierten a esas personas que lo sienten en víctimas más próximas de ti. 
Solemos huir de toda forma de desaparecer del mundo, tememos morir. Tememos que no nos recuerden, ser tan insignificantes que, una vez ya no estemos, se olviden de nosotros. Ansiamos dejar alguna huella en el mundo y nos aferramos a la vida como quien hace lo que más le gusta para olvidarse de los problemas. Solemos hacer todo lo posible para huir de ti, para que no nos alcances aun sabiendo que es irremediable. 
Nunca se está preparado para morir, no cuando todavía quedan cosas por hacer. Sabemos con claridad que estarás ahí algún día para acogernos a tu lado, lo sabemos. Pero estás tan presente que nos aterrorizas. Sentimos un miedo tan profundo a no saber lo que habrá después, a no saber qué haremos que nos perdemos cosas maravillosas.

A menudo nos damos cuenta cuando nos arrebatas a los seres que más queremos que puedes resultar  excesivamente cruel. Estás en todo lo que hacemos y nos martirizamos pensando cuándo aparecerás. Pensamos tanto en ello que nos perdemos muchos momentos fundamentales de la vida. 
Pero no somos conscientes de ello hasta que estamos al borde de llegar a ti. Y sentimos que hemos desperdiciado demasiado tiempo intentando evitar lo inevitable. 

Y sí, ojalá no estuvieras tan presente, ojalá nos dejaras un poco de espacio para pensar, para vivir. Ojalá nos dejaras un poco más de tiempo porque tenemos demasiado poco para estar con la gente a la que amamos. 

Marina González Jurado

Únicamente recuerdos

Desapareció de mi vida y no tuve tiempo de despedirme. Se fue sin avisar. Se alejó de todo este barullo y únicamente me quedaron los recuerdos de una vida juntos; una vida que había pasado como una exhalación. Todo lo que habíamos vivido, todas las palabras, los momentos y las miradas habían acabado para siempre, habían quedado reducidas a cenizas. Todos esos planes de futuro ya no estaban. No quedó nada tras su huida del mundo.
Me sumí en la agonía, en el dolor y las lágrimas me nublaron la vista. ¿Cómo soportar la vida ahora?
Debía resistir, me dijeron que tenía que aguantar porque ya no estaba, por esa persona que estaba tan dentro de mí que podríamos ser una misma persona. Pero se había ido y no encontraba el sentido a vivir. ¿Qué sentido tenía vivir si ya no estaba?
Su falta me abrumó por completo y mi alma se oscureció por los bordes.

1 de octubre de 2015

Toda una vida

Habíamos pasado toda una vida juntos. La muerte estaba cada vez más próxima, fue por ello por lo que no me sorprendí cuando se lo llevó con ella a un sitio al que yo no podía ir.
Temía desprenderme de los momentos, temía que el olvido ganara la batalla con la que luchaba a muerte contra los recuerdos. Pero no fue así.
Todavía recuerdo nuestra primera cita:
Llegó a casa y saludó a mis padres con esa educación característica de la época. Me llevó a un parque, tras un árbol había un mantel que extendió sobre la hierba fresca y puso encima una cesta de mimbre llena de comida. Nos descalzamos y nos sentamos. La falda del vestido quedó extendida a mi alrededor.
Cuando abrió la cesta, cogió algo de dentro y me lo entregó. Era una rosa roja preciosa.
Aquel día fue perfecto. Me dejó en casa a las siete en punto y, días después, me llegó una carta suya. Fina y elegante, con ese punto de romanticismo que se ha ido perdiendo. Una carta de esas que deseas conservar toda la vida.
Tiempo después, nos casamos y tuvimos tres maravillosos hijos. Y ahora la muerte ha acabado con su vida sin tener en cuenta todo lo demás.
El mundo no es igual sin él. Si yo le recuerdo quizá viva hasta que me reúna con él. Es por eso por lo que temo olvidarme de todos nuestros momentos y es por eso por lo que todavía conservo esa carta.

30 de septiembre de 2015

Perfecto manipulador

El peligro no estaba en la superficie. Se escondía bajo todas esas capas de piel, bajo todos esos pensamientos y acciones. No, no estaba a la vista de nadie. Te enamoraba con facilidad, pero tenías que caer para ver el peligro y, cuando te conquistaba, ya no había vuelta atrás.
El peligro estaba ahí, oculto. Mostraba su faceta perfecta, sin defectos aparentes. Destacaba tus virtudes haciendo un balance perfecto entre lo cursi y lo cutre. Parecía que era natural, que había nacido para ser un caballero.
Tenía una sonrisa perfecta y unos ojos preciosos. Su mirada te susurraba que te acercaras y al mismo tiempo te animaba a arriesgarte a una nueva aventura. Te invitaba a ser parte de una vida que creías conocer. Pero no era así.
Caías con tanta facilidad... Te hacía sentir insegura e impotente, hacía que pensaras que él siempre tenía razón y, poco a poco, de una forma perfectamente sutil comenzaba a controlarte sin que apenas te dieras cuenta. Iba a más conforme pasaba el tiempo, te iba cambiando la forma de pensar. Era un manipulador profesional, te mostraba su parte caballerosa y luego, cada vez más, se mostraba tal y como era. Te hacía temer y conseguía que le quisieras. Él también te lo decía, pero siempre hacía todo en su justa medida. Lo controlaba todo con extraña facilidad.
No, definitivamente el peligro no estaba en la superficie.

Ejecución

Con la mirada perdida y todo el cuerpo en tensión, esperaba el aviso de que llegara mi ejecución. Agarré mi mano derecha con la izquierda intentando evitar que me temblaran. Se acercaba mi final y no estaba preparado. Decidí morir dignamente, miraría a los ojos a aquel que me arrebataría la vida; le miraría a los ojos hasta que la culpa le torturara tanto que quisiera dejar de sentir. No estaba listo para morir, pero no tenía otra opción. No tenía miedo de llorar, no tenía miedo de la muerte, no tenía miedo de mí... Tenía miedo de mi mujer y mi hija, de que no salieran adelante, de que no me volvieran a ver. Tenía miedo de que les pasara algo. Pero mi mujer era fuerte y, de algún modo, me dio fuerzas a mí.
Recordé sus ojos la primera vez que nos vimos y los ojos de mi pequeña cuando nació. Recordaba cada instante de nuestra felicidad. Y ahora me apartaban de su lado.
Se acercó un hombre, suponía que era el que me mataría. Me erguí y esperé respirando hondo, sabiendo que no me quedaban más de dos minutos. Le miré a los ojos y me apuntó al pecho con el fusil. Estiré el cuello y se oyó un grito, un silencio siniestro y... llegó la explosión.

Noche de luciérnagas

Estábamos en su jardín aquel día de verano. Era de noche y el cielo estaba cubierto por un manto de estrellas. La hierba era fresca y el aire olía a jazmín.
Corríamos de un lado para otro alegres como quien sabe que nunca va a tener que enfrentarse a la vida. Intentábamos capturar luciérnagas en un bote y, aunque había cierta dificultad en ello, no nos desanimábamos. Éramos muy pequeñas para comprender nada. Creíamos que saltábamos tan alto que alcanzaríamos el cielo con la punta de los dedos y pensábamos que la luna nos guiñaba un ojo cuando la mirábamos de pasada.
Aquel día empezó como todos. Acabamos de cenar y corrimos hasta el jardín con los botes en la mano. Intentamos atrapar esas luces del cielo, esas luciérnagas que nos llamaban tanto la atención. Y, en un momento de felicidad extrema, conseguí atrapar una. La metí en el bote con cierta dificultad mientras mi amiga llegaba hasta mí y me ayudó a cerrarlo para que no se escapara de allí. Cuando la miramos se dibujó en nuestro rostro una mirada de sorpresa y un brillo de euforia nos iluminó las pupilas. No era una luciérnaga, pues tenía piernas y brazos muy pequeños. También alas y vestía con un diminuto vestido rosa con purpurina. No era una luciérnaga... ¡¡Era un hada!!

29 de septiembre de 2015

Carta de perdón

Incluso antes de abrir la carta, sabía lo que iba a decir. No había motivo para creer que esta vez fuera a ser diferente. Y, de hecho, no lo fue.
Como todas aquellas veces en las que me había fallado, esta vez también me escribió un mensaje. Era una carta de perdón, de esas que sabía que me enamoraban. Él sabía que yo caería en su juego y tenía razón. Me conocía como la palma de su mano. Demasiado bien quizá.

Abrí la carta con un suspiro de resignación sabiendo lo que se avecinaba y la leí:

                                                                                                                             
                                                                                                                            "3 de diciembre de 2001

A mi querida compañera de camino:

De nuevo me encuentro ante un error que solucionar y no sé bien cómo hacer que me perdones. He estado pensando en todo lo que ha sucedido estos días y no he llegado a comprender el motivo por el que siempre continúas caminando junto a mí. 
Encuentro demasiado normal escribirte una carta como esta y no es algo de lo que me sienta orgulloso y sé que esta no es la mejor manera para hablar contigo pero de esta forma puedo pensar en todo lo que te quiero decir sin interrupciones de ninguna clase. 
Probablemente esto te esté cansando, quizá ni siquiera lo leas esta vez. Pero me importas y me importa lo que pienses y no creo poder continuar con mi vida si no sé nada de ti, si no intento hacerte comprender mi motivo para hacer lo que hago. 
He sentido frío cuando no estabas cerca y he querido huir de esa maldición que me cala los huesos y que me obliga a hacerte daño. No sería justo hacerte creer que no lo repetiré porque no sé con precisión lo que haré en el futuro pero si algo puedo prometerte es que pondré toda mi energía en no fallarte de nuevo. 
Te pido perdón y te suplico que me perdones. Entenderé si no lo haces y si tu decisión es esa, no te molestaré más. Pero, por favor, necesito que entiendas que me arrepiento de mis actos y que te quiero. 

Un día transformaste mi vida y no ha vuelto a ordenarse. Desmoronaste todo mi mundo y cambiaste mi corazón. Ahora si no estás cerca el dolor se me viene encima. 
¿Recuerdas aquel día que nos conocimos? Ibas con un vestido azul marino y tu pelo caía en ondas por tu espalda. Llevabas una sonrisa pintada en el semblante y tus ojos brillaban de una forma especial. Aquel helado fue el único que me supo a gloria y me sentí increíblemente feliz cuando supe que nos volveríamos a ver. Y quise entregarte mi corazón en aquel instante porque sabía que lo cuidarías.
Vi tu mirada inocente y sincera cuando me miraste a los ojos y me hiciste sentir importante. Me mirabas de una forma encantadora y eso me cambió por completo el alma. No sé que hubiera sido de mí si no te hubiera conocido aquel maravilloso día. Pero te aseguro que ningún día me he arrepentido de haber pasado estos momentos a tu vera.

Te quiero, no lo olvides."


Después de leer esto, me arrepentí de hacer lo que iba a hacer. Quise acabar con todo y evitar que me fallara una vez más, pero fui incapaz. Al fin y al cabo, yo también le quería y necesitaba perdonar sus errores. 
Me hizo recordar aquel día y por qué le quería tanto. Supe que no quería perderle, eso fue todo.

Injusticia infantil

-Sí, pero si no lo hubiera dicho habría sido más respetuoso. 

No entendía nada. Quizá porque era una conversación de mayores. Pero yo había crecido, ya era mayor. 

-Entonces, ¿una persona es respetuosa cuando no dice lo que piensa?

-Ahora no, hija. 

Le miré con cara enfadada. Nunca me respondían a lo que preguntaba y luego decían que ya era mayor. Pero en las comidas familiares me tenía que sentar en la mesa con mis primos pequeños y sólo decían tonterías. Mis padres suelen decir que es porque tengo que vigilar que se lo coman todo pero a mí no me engañan. Lo que quieren es que no me meta en sus conversaciones. Luego cuando se ponen una película tampoco me dejan verla porque es "tarde" y es para adultos. ¡Y yo soy mayor!
Soy mayor para limpiar y para hacer sola los deberes pero no para hacer las cosas chulas. ¡Qué injusto!

28 de septiembre de 2015

Deseos mal formulados

Miro por la ventanilla y observo como las gotas que se deslizan por el cristal hacen carreras. Llueve tanto que la radio no funciona y aquí no tenemos música. Nadie habla, mi padre se ha dormido y mi hermana lleva los auriculares puestos así que no tengo nada que hacer. No tengo sueño.
¿Por qué no hemos llegado ya?
Por la ventanilla no se ve nada, es de noche y la temperatura en el coche es perfecta. Maldito viaje. Deberíamos haber llegado ya. Apoyo la cabeza en el asiento de delante y... no sucede nada. Es todo muy aburrido. Mi madre me mira por el retrovisor y sonríe. Le miro con incredulidad. ¡Quiero que suceda algo!

De pronto veo como mi madre da un volantazo. El coche empieza a dar sacudidas y veo humo por la ventana. Me asusto. Mi padre despierta de golpe y a mi hermana se le caen los auriculares. ¿Qué está pasando? Veo llamas fuera cuando el coche para de moverse y de dar vueltas. Intento quitarme el cinturón pero se ha atascado. Mis padres salen a toda prisa y mi hermana está en estado de shock. La sacan del coche y luego me intentan ayudar pero no hay forma de sacarme. Ya oigo la sirena de los bomberos, aunque quizá la estoy imaginando. El humo no me deja respirar y me ahogo. Me mareo mucho y tengo ganas de vomitar. Me dan arcadas y suelto hasta la cena de anoche más algún ácido de mi cuerpo que me rasca la garganta. No respiro.

Cada vez oigo menos y siento menos. Pasan imágenes de infancia por mi mente y cierro los ojos incapaz de mantenerlos abiertos.
¿Debería hacer algo? No puedo. Me dejo ir...

Por orden de un superior

Montado en mi caballo cabalgué hasta que el suelo se volvió negro a mi alrededor. Moví mi cabeza a derecha y a izquierda para observar de nuevo a mis rivales sin saber muy bien qué órdenes tenían. 
La reina se acercó presuntuosa hacia mí y me miró con superioridad. Se quedó a mi lado, tan cerca que podía escuchar sus latidos. Pero no me tocó, aunque notaba sus ansias de arrancarme la cabeza.
Mi compañero se situó cerca de la reina y sonrió cuando vio que su rey se movía hacía la derecha incapaz de hacer otra acción. Un instante después, el caballero amigo se dirigió hacía mi situación a toda velocidad y su espada cortó a la reina blanca por la mitad haciendo que los restos de su rostro de piedra me arañaran.
El equipo blanco había perdido a su reina. ¿Quién dijo que la victoria no sería nuestra?

27 de septiembre de 2015

Seamos en esta noche de tormenta

Escucho atentamente como las gotas van cayendo. Un repiqueteo hipnotizador que me recuerda a esos momentos en los que me ponía a pensar en unos ojos muy oscuros, pero tan llenos de luz que podían llegar a deslumbrar.
Escucho atentamente como las palabras se disuelven en esta bella noche de tormenta. Se esfuman conforme pasa el tiempo. Pienso en esas palabras que se convertían en murmullos cuando perdía el hilo de la conversación. Esos momentos tan insignificantes y memorables al mismo tiempo...

¿Cómo poder controlarlo todo? Nos acostumbramos a pensar que tenemos el poder de crear y destruir a nuestro antojo, de que podemos amar y hacer daño como nos plazca. Nos preocupamos por cosas que no están a nuestra merced y nos culpamos de aquello que no nos pertenece.
Amar es algo tan complejo... ¿Por qué intentamos controlarlo?

Dejémonos llevar por ese sentimiento tan bello, esa sensación que te permite volar y sentirte libre. Olvidémonos del pasado, del dolor y las mentiras. Olvidémonos de todo y seamos.
Permitamos que el temor se volatilice con el viento, que las gotas de esta noche de tormenta se lo lleven, que desaparezca de nuestra alma. Sintamos como si mañana no pudiéramos volver a sentir, como si el mundo fuera a desaparecer en un instante. Sintamos como si supiéramos que ese es nuestro destino. Sintamos y seamos. Seamos en esta noche de tormenta porque quizá no vuelva a llover; porque quizá no volvamos a ser.

Desesperación

Atrapada entre sus pensamientos. 


Sonriendo a la noche que tanto le había hecho recordar.


Llorando porque todo hubiera acabado. 


Confusa por no saber bien qué hacer ahora.

Se durmió y soñó con un laberinto. 
Un laberinto de palabras. 
Caminaba a todas partes mientras el sol iluminaba el cielo azul.

Despertó con los ojos rojos y el sabor a sal en la garganta. 
Quiso correr. 
Y corrió.

Le buscó por todas partes donde podría estar. 
En su casa.
En el parque con su perro.
En casa de sus amigos.
Pero no estaba.

Tuvo miedo por su huida sin aviso. 
Tuvo miedo de que no volviera.
Tuvo miedo de que volviera y no quisiera saber nada.
Tuvo mucho miedo. 

Así que se sentó en el sofá para tranquilizarse.
Puso la televisión.
Pero todo lo que había le recordaba a su escapada. 

Abrazó el cojín.
Miró al vacío y soñó despierta con su vuelta.
Y fue perdiendo la esperanza.

Pero sonó el telefonillo.
Y escuchó su voz. 
Y sonrió feliz.



26 de septiembre de 2015

Arriesgarse

-Yo... No sé qué hacer. ¿Qué hago? Por un lado está la posibilidad de ignorarle y así ignorar todo el dolor pero por otra parte le echaría de menos y odio esa sensación de cuando echas de menos a alguien. Si no le ignoro quizá no me ignore y quizá seremos felices y se dé cuenta de mi esperanza, de mis gestos y de mis movimientos. Quizá, si se da cuenta, al fin se atreva conmigo pero, ¿y si no quiere nada? ¿Y si me odia? A lo mejor no le importo. ¿A quién quiero engañar? No le importo. Debería alejarme ¿y echarle de menos? No sé qué hacer. ¿Alejarme o no alejarme? ¿Qué me hará menos daño?

-Todo hace daño, el truco está en intentarlo. Sí, es verdad, a lo mejor no sale bien. Pero, ¿y si al final se atreve contigo y se acerca a ti? Nunca lo sabrás si le das a entender que no te interesa nada suyo. Si no lo intentas, si no te arriesgas, ¿cómo lo vas a saber si no puedes meterte en su mente? Inténtalo y sal de esa duda que te corroe por dentro.

Sólo es una ilusión

Estoy sentada ante el vacío, ante la soledad que me atrapa desde que puedo pensar. Siento el silencio tan profundo que casi duele. Necesito notar algo más, necesito notar su mano y necesito ver sus ojos observándome.
Ahora lo único que espero es que esté y que me espere en silencio en la puerta, que me abrace al llegar a su lado y que me acaricie, que me acompañe por las calles y se siente conmigo en un banco cualquiera de un lugar cualquiera. Quizá esté esperando demasiado, quizá esté esperando más de lo que debo y quizá el silencio y la soledad permanezcan siempre a mi costado y nunca me pueda deshacer de ellos. ¿Qué he de hacer? ¿Ilusionarme y dejar que la desesperanza me atrape o abandonar toda ilusión?
Y si nunca pasa, no sabré que es sentirlo y abandonar la emoción de sentir todo dolor sola. Si supiera que no sufriré más así, que habrá alguien a mi lado para negar mis sentimientos oscuros quizá dejaría de torturarme tanto. Quizá podría escuchar música sin que las lágrimas cayesen y podría sentarme en la hierba bajo la luna sin sentir tanta melancolía. Quizá vería más allá de la oscuridad y sentiría la luz atravesando mi piel y mi cuerpo. Quizá dejaría de ser transparente y aprendería a serlo al mismo tiempo. Quizá dejara de intentar reprimir las lágrimas en todo momento. Quizá...
Pero no es más que una ilusión, una tonta y absurda ilusión de la que llevo toda la vida intentando escapar; una ilusión que me ha torturado y que me ha hecho llorar mucho más de lo que me gustaría admitir. Solo una ilusión que quiero olvidar.

Nuestra perfecta e infinita realidad

Escribimos con nuestros suspiros y lágrimas esas palabras que poco a poco forman esta historia que se hace llamar vida. Hagamos que los sentimientos se transforman en frases y se quedan grabadas en las páginas de nuestra piel.
Escribamos una historia de amor perfecta y llamémoslo destino. Digamos que todo es producto del azar cuando la verdad será que todo estará creado por nosotros, por nuestra imaginación irrefrenable y nuestra ansia de improvisar. Usemos el lápiz como un soplo de aire impulsando nuestros dedos sobre el papel. Manchemos con la tinta de nuestra sangre esas hojas vacías que esperan ser escritas. Amemos esas ganas de amar y plasmemos esos dulces besos en el relato de esta pequeña pero intensa historia de amor.
Busquemos en el alma de la alegría y el respeto y apropiémonos de esas emociones y pensamientos sin importar nada más. Perdamos la noción del tiempo y disfrutemos de la vida. Sintamos esos segundos rozando nuestro espíritu y acabemos con el miedo. Bailemos, cantemos, riamos y disfrutemos de las lágrimas que acarician nuestras mejillas. Soñemos con un maravilloso momento y olvidémonos del futuro. Abracemos el amor y pintemos con la punta de la felicidad sobre nuestra realidad. Nuestra perfecta e infinita realidad.

Todo acabado

El silencio acecha,
la oscuridad de la noche 
amenaza con dejarme 
en un olvido incontrolable. 

Acabaron las palabras, 
las caricias, los susurros. 
Acabaron las sonrisas, 
las miradas, los murmullos. 

Todo se sumió en la agonía, 
todo terminó con el agobio,
acabó el tiempo de mi vida, 
se consumió el amor, quedando el odio. 

¿Y qué hay de los recuerdos?
¿Qué quedó de la verdad?
¿Qué pasó con esos momentos?
¿Se han esfumado sin más?

Triste desgracia en la vida,
las cadenas me atrapan, 
en un camino sin salida
y ahora ya no queda nada. 

Y ahora todo olvidado, 
se consumió la llama, 
se agotó el tiempo, 
se fue la esperanza. 

Todo acabado, aprieto el gatillo,
caigo por el barranco. 
Todo acabado, clavo el cuchillo, 
salto de un muro destrozado. 

25 de septiembre de 2015

I ara jo...

Recorde els batecs
del teu cor en el meu.
Però te n'has anat i ara jo...
Ara jo estic sola.
Sola en mig de les persones
que em miren amb ulls silenciosos,
que em fan recordar...
I sent mil gavinets
clavant-se molt endins.
Has destruït el meu cor
i ara jo...
Ara jo m'ofegue en la mar
del meu dolor.
I mor, mor perquè tu
ets la meua salvació
i no hi ets.
Sense tu,
no tinc valor ni força per alçar-me.
Perquè sense tu,
quin sentit té la vida sense tu?

Sin ti...

Siento tus labios sobre los míos y escucho tu voz, las dulces palabras, los suaves murmullos que me hacían temblar...
Y despierto y recuerdo que estoy sola en esta isla. La lluvia me golpea el rostro sin descanso y tus ojos en mis pensamientos no me dejan ver nada. Y sueño que estoy contigo aunque sé que no es verdad, que no volveré a ver tu sonrisa ni tus labios pronunciando las más hermosas melodías. 
Y quiero pensar que aparecerás de pronto como siempre aparecías, tan silencioso, tan callado... Corriendo hacia mí como si fueras un niño pequeño. 

Quiero volver a verte, ¿lo sabes? Quiero sentir tus manos rodeando mi cintura como hacías cada día porque ahora sólo siento los fríos dedos del viento que se cuelan por mi espalda, que me bloquean y me impiden pensar con claridad. 

Y te añoro, añoro aquellas noches de luna como único testigo de nuestros largos besos, de nuestras palabras de amor, de nuestros suspiros que ahora han desaparecido. Y no puedo estar aquí encerrada en este oscuro sitio sin poder salir, con el mar golpeando las rocas. Y no quiero olvidarte. Te necesito aquí, a mi lado, haciéndome sonreír. Pero no estás y yo siento que muero. 

Siento que me destrozo por dentro poco a poco. Necesito escapar, salir de esta isla, pero el viento me tapa los ojos. 
Me hielo y ya no estás tú para abrazarme. Y cuando tan sólo quede mi alma triste y ya no esté sola, muriendo, llorando por tu falta; y cuando ya no queden más lágrimas resbalando por mi rostro, cuando ya no quede más que mi cuerpo tembloroso. Puede ser, sólo puede ser, volveré a verte y ya no escucharé el fuerte rugido de la tempestad. 

¿Qué pasará si se me olvida? ¿Y si olvido el tacto de tus manos? ¿Y si olvido la luz de tus ojos? ¿Qué pasará si muero por no tenerte aquí?
¿Sabes que te echo de menos? ¿Sabes que te necesito más que la luz del día, más que una gota de agua fría en un desierto abrasador? ¿Sabes que necesito verte? ¿Lo sabes? 

Suplico a la tormenta que me amenaza, al mar que me atrapa en esta isla, al frío que me mata que me dejen verte una vez más, sólo una vez más.
Porque sin ti mi corazón se rompería y formaría trozos de hielo que destruirían todo a su paso; porque sin ti el tiempo pasa tan lento que parece que no se mueve. Porque sin ti... No quiero existir. No quiero sentir la voz de los pájaros ni quiero volver a ver la luz del día. Sin ti no tengo valor ni fuerza para soportar la vida. Sin ti vivir me mata. Sin ti todo está oscuro y no hay nada que me haga más fácil estar aquí. 
Y ahora me acurruco pensando que si me encojo lo suficiente, despareceré. 
Porque sin ti... Sin ti no quiero vivir. 

Ineducación

Hablan de educación, de aprender conceptos básicos y de tener una base necesaria para la vida. Nos llevan al colegio y al instituto para que, posteriormente, podamos ser independientes. Creen que cuando acabamos los estudios estamos preparados para afrontar lo que se nos venga encima.
Sin embargo, nadie nos cuenta nada sobre el amor y sobre esa ilusión que se siente cuando te enamoras; no nos hablan de lo que pasa cuando ese alguien te destroza por dentro; no nos hablan de lo que sucede cuando te enamoras, de las ganas de estar permanentemente con esa persona, de esas ansias de tocar su piel únicamente para ser consciente de que está ahí, de ese desasosiego que te invade cuando no le ves y de la forma en la que el pecho se encoge, se te corta la respiración y las manos te tiemblan cuando está cerca.
Nadie nos habla sobre el dolor que se siente cuando no puedes estar junto a esa persona, sobre la desesperanza que te tortura cuando te das cuenta de que jamás te verá de la misma forma que tú le ves, de que jamás te mirará a los ojos y le brillarán como te brillan a ti, de que jamás te sonreirá como tú le sonríes, de que jamás podrás besarle o sentirte feliz del modo en que alguien se siente feliz cuando su amor es correspondido... Porque jamás lo será.
Así que, te obligan a enfrentarte solo a esa vida que no conoces, a ese dolor y a esa soledad abrumadora que crea un vacío a tu alrededor tan denso que te llena los pulmones. No encuentras la forma de salir de ahí, no puedes. Te ahogas en un océano que se extiende ante ti como un muro infinito, siempre helado y negro. Te hundes, caes en esa oscuridad y no hay nada que te ayude a salir de esa situación.
Gritas, mas tu voz sólo resuena en tu cabeza como un eco que se ríe de ti.
Quieres dejar de sentir, mas sientes con más intensidad.

Hablan de educación y, sin embargo, la vida sigue siendo un misterio.

Ruleta rusa

Sitúa el índice en el gatillo. Contenemos la respiración cuando coloca la pistola en su sien. Aprieta el gatillo y... Nada sucede. Soltamos el aire. 
La tensión es palpable, todos nosotros tenemos los músculos rígidos y esperamos a que nos toque apuntarnos con el revólver y arriesgarnos a que la única bala nos atraviese el cráneo. 

¿Qué hago aquí? ¿De verdad quiero morir?

El siguiente coge el revólver. Quedan dos personas antes de que sea mi turno. Tengo miedo, aunque nunca lo diré. Apunta a su cabeza. Tenso los músculos y él mira a la nada. Aprieta el gatillo y la bala no sale. 

¿Estoy seguro de que esta es la solución?

De nuevo se repite el procedimiento. Una persona entre el que tiene el revólver entre sus manos y yo. No lo conozco. Me pregunto cómo habrá sido su vida para que haya acabado aquí. Veo como presiona el índice contra su posible muerte, un último gesto de despedida. Mas la respiración no se corta y no hay sangre. 

¿Debería echarme atrás? 

Sólo una persona, las tinieblas acechan. No sé bien si hago lo correcto. Mil pensamientos corren por mi mente a toda prisa. Momentos, lágrimas, despedidas, dolor... Tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a la vida. 
A mi compañero de desgracias le tiembla la mano. Se apunta mientras veo una lágrima caer por su mejilla. Cree que va a morir. Yo no lo sé, quizá sí, quizá no. Si el vive quizá yo muera. Si yo muero los demás continuarán con sus vidas. 

¿Qué debo hacer? ¿Escapar y huir del dolor?

Dispara y... no muere. Mi turno. Me pasa el arma y yo la cojo. Tiene un tacto frío. Repito el procedimiento que han hecho todos. La imagen de la derrota aparece bajo mis párpados conforme se cierran al mismo tiempo que le doy permiso a la Muerte para que me lleve con ella. Tengo miedo y frío. Se me encoge el estómago cuando el índice se posa sobre el gatillo y respiro hondo antes de apretarlo. 

Ya no hay vuelta atrás.

La bala atraviesa mi cráneo y la Muerte se abalanza sobre mí apartándome de la vida.

24 de septiembre de 2015

Gritemos

Gritemos.
Gritemos.
Gritemos
a la luz de tus ojos,
a la luz de mis versos.
Gritemos.
Sin importar nada.
Gritemos
estos sueños
que tanto me agobian,
me atrapan.
Gritemos.
Mirando y escuchando
este silencio que ahora me alcanza.
Y si en las miradas
ocultas algún secreto,
y si en las miradas,
ocultas algún miedo,
cuéntamelo en un susurro de hielo.
Sin temor a la brisa,
al sol, al viento.
Sin temor al tiempo
y a las horas que pasan
y no se detienen un momento.
Gritemos.
Gritemos todo lo que nos consume,
todas esas verdades
que con nosotros arrasan,
todos esos sentimientos ocultos.
Y, si hace falta, lloremos
y dejemos resbalar
estas lágrimas que
en vez de saladas, son dulces.
Pues están llenas de palabras
de palabras y mentiras
y de un mañana
que ahora me vive
y luego me mata.

Agujero negro

No ves.
No sientes.
No oyes.





Te sumerges en el vacío.
Y la nada te alcanza.
Te atrapa.
Te mata.

Te necesito

Te has ido. Te has ido. Te has ido. Es lo único en lo que puedo pensar ahora que ya no estás. Te has ido, me has abandonado y no sé qué hacer. Suspiro con el corazón hecho pedazos de hielo que se clavan en lo más profundo de mi ser. Necesito verte. ¿Sabes que no puedo vivir sin ti? Necesito tus labios, tus caricias, tus besos, tus abrazos... Te necesito. Vuelve a mí, por favor. Te echo de menos, añoro tus ojos, tu piel, tus brazos, tu voz, tus palabras, tus suspiros, tus manías. Añoro todo de ti y todavía no sé por qué te has ido y me has dejado así. ¡Te necesito! Suspiro y lloro estas lágrimas de plata que amenazan con ahogarme. Quiero vivir con tu aliento junto al mío. Quiero que vuelvas. Mi alma se muere sin tu calor. Nunca te podré olvidar. Abrázame, vuelve y abrázame. Ya no veo la luna, ya no veo las estrellas. ¿Qué sentido tiene vivir si tú no estás? ¿Qué sentido tiene poder ver si no estás para que te vea? Por favor, vuelve. Quiero que tus manos vuelvan a rozar mi piel como antes. ¿Recuerdas? Ahora mi piel está vacía sin ti. Ahora el cielo es siempre oscuro aunque el sol brilla en el cielo. Te has ido y yo no sé como escapar del dolor.

Cárcel de pensamientos

Se arrodilló y se encogió sobre sí misma ansiando desaparecer de ese mundo oscuro; un mundo en el que había estado lo suficiente como para saber que quería huir de allí.
Apretó los dientes y permitió que las lágrimas surcaran su rostro mientras que los cristales de su corazón hecho añicos le arañaban por dentro.
Se dejó ir hacia el vacío creyendo que, al fin, escaparía de esa horrible vida y de las horribles personas que tanto dolor le habían hecho sentir. Creyó que huiría de todos sus recuerdos, de las mentiras, de las humillaciones, de los comentarios que siempre le habían torturado. Mas se equivocó, se equivocó pues el mundo no tenía esos planes para ella. La atrapó entre una celda de pensamientos sangrantes sin posible escapatoria. Quedó suspendida en su mente, entre silencios y palabras sin pronunciar; quedó todo en soledad, frío y oscuro. Así que lo único que hizo fue llorar con más fuerza en ese vacío que le embotaba el cerebro... Ese vacío que le impedía respirar.

Y su alma se encogió sobre la nada.

¿Cómo vivir si mis manos están llenas de vacío?

Grito al vacío.
A esos ojos sin color.
A ese fantasma del amor.
A ese infinito dolor.
A ese sonido ensordecedor.
No tienes a nadie a quién contar.
Nadie que te aconseje.
Porque estás sola.
Terriblemente sola.
No hay nadie, no hay nada.
Hay vacío. No hay palabras.
¿A quién contar todos tus secretos?
¿Cómo decir que tu mayor miedo es el reflejo?
¿A quién suplicar compasión, momentos?
¿Cómo dejar de tener siempre los mismos pensamientos?
¿De qué sirve escuchar si nadie escucha tu sonido?
¿De qué sirve caminar si el camino es infinito?
¿De qué sirve amar si el amor no es correspondido?
¿De qué sirve vivir si no quedan latidos?
¿Con quién hablar?
¿Con quién soñar?
¿Con quién esperar?
¿Cómo vivir si mis manos están llenas de vacío?

Temor

Mirando a la distancia, ella sufre en silencio. No tiene ganas de hablar, no tiene ganas de pensar. Pero piensa y quiere contarlo a pesar de que es incapaz.
En un rincón de su mente ella llora en silencio. No hay nadie para animarla. No hay forma de salir de ahí. Todo el mundo la mira y la critica en las clases, o eso es lo que ella cree. La verdad es que solo es su percepción de la vida, aunque no sea cierto. 
Oculta su mirada en la almohada y suelta un grito ahogado que no le dejaba respirar. Está cansada de todo y nadie la escucha. ¿Por qué no hay nadie ahí cuando lo necesita? 
No sabe qué hacer, los problemas se le acumulan. Pero no puede hacer nada así que solo calla.
Permite que el dolor le amargue el corazón, que todo lo que llevaba tiempo intentando evitar creer se cuele entre sus pensamientos, que el miedo se apodere de ella. Se permite creer que es horrible, que no merece la sonrisa de nadie, que todo lo que ha hecho ha estado mal.
Intenta calmarse pero, vaya, el ataque de ansiedad está ahí. Tiene miedo de su propio reflejo, tiene miedo de la tentación, de no poder evitarla. De no conseguir evitar entrar en la cocina y comer todo los dulces que encuentre. Teme no poder controlarse y volverse loca.
Pero, por encima de todo, teme que su autoestima quede siempre a ese nivel. 

Juguemos a imaginar

Juguemos a imaginar...
Imagina que eres una joven muy guapa, tienes un bonito pelo pelirrojo y una bella sonrisa. Tus ojos son muy brillantes. Algunas chicas te tienen envidia pero tú no le das importancia. 
Imagina que vives con tus padres, que tienes un hermano pequeño al que quieres mucho y que eres inteligente, muy inteligente.
Bien, ahora imagina que te encanta bailar, que es lo que mejor haces y que no podrías vivir sin esas fantásticas actuaciones, que se han convertido en tu vida y que te apasionan. Tus compañeras de baile son maravillosas, compartes con ellas todos esos nervios y todas esas sonrisas de complicidad. Compartís toda la fuerza con la que bailáis.
Y, un día normal, yendo a clase caminando cruzas un paso de peatones y no ves venir el coche que va hacia ti con una velocidad por encima de la permitida. El Audi choca con el lateral de tu cuerpo y caes al suelo inconsciente.

Despiertas en tu cama. No, no es tu cama. Cuando miras a tu alrededor te das cuenta de que es una habitación cuadrada con paredes blancas, las sábanas de la cama en la que estás acostada son del mismo color.
"Un hospital" piensas.
Y entonces te vienen a la mente imágenes fugaces que explican por qué estás ahí. Recuerdas ir a clase y piensas que te has saltado un día entero, quizá más y que tendrás que recuperar el tiempo perdido; recuerdas caminar por un paso de peatones y recuerdas el Audi que golpeó violentamente contra ti.

Entra un médico a la habitación en la que estás y poco después también lo hacen tus padres. Empiezas a asustarte cuando ves que tu madre tiene los ojos rojos e hinchados y que no consigue articular ninguna palabra. Con cierto pesar, el médico te explica la situación.
Al principio no entiendes mucho porque usa un vocabulario muy técnico pero te queda claro cuando oyes una frase que te corta la respiración y deja tu mente en blanco: "no podrás volver a bailar nunca más".

Hubo un día, cuando eras muy pequeña. Un día que te pusiste muy nerviosa en el escenario y te echaste a llorar por sentirte impotente, porque te perdiste en el baile y no sabías qué hacer.
Ahora te sientes igual. Sientes como tu mundo se desmorona, como tu vida queda apagada. Pierdes la noción del tiempo. Quizá has pasado días en esa habitación cuadrada o quizá sólo horas. El tiempo ha perdido su significado.

El médico dijo que te habías quedado paralítica y que no podrías volver a mover las piernas. Después de eso sólo recuerdas las lágrimas resbalando por tus mejillas y tu corazón rompiéndose en mil pedazos.

Durante ese periodo de tiempo que has estado ahí has tenido que soportar a gente sintiéndose incómoda y diciéndote que lo sienten aunque en realidad sabes que las chicas se alegran porque ya no serás un obstáculo tan grande. Te llevan muchas flores y ves muchas falsas sonrisas de pena que te amargan el tiempo.
Piensas en lo desastrosa que será tu vida a partir de ahora, en no poder volver a bailar. Cada vez que lo piensas, lloras. No sabes como vas a vivir así. El baile era tu vida, vivías para bailar y ¿ahora? Te derrumbas. No comes, no sonríes, no hablas... No tienes ganas de vivir. Pues, ¿cómo soportarás la vida sin el baile si el baile solucionaba tus problemas y ya no está ahí?
Descubres que se repite la frase que dijo el médico en tu cabeza: "no podrás volver a bailar nunca más". Temes volverte loca y sabes que no se te olvidará hasta que la muerte te alcance. Piensas que quizá hubiera sido mejor que aquel coche te hubiera llevado al final del camino.

Menos mal que sólo estábamos jugando a imaginar.

Deja de llorar

Cierro los ojos de nuevo y dejo que la melodía me llene, me transporte, me inunde.
No hay palabras para describir el dolor, es todo tan confuso...
No hay forma de salir de aquí.
Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar.
Busco la esperanza donde ha dejado de estar.
Busco sus ojos, su mirada.
Intento encontrar una forma de escapar.
Busco su mano, excusas silenciosas.
Busco caricias invisibles, roces desaparecidos.
Discuto con mi mente, discuto con mi corazón.
Dejo de bailar, dejo de sonreír, dejo de pensar.
Sólo quiero gritar.
Sólo quiero huir.
¿Y ahora qué debo hacer?
¿Quién soy yo?
¿En qué me he convertido?
Alma sin vida, alma sin sentido.
Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar.
Cierro los ojos de nuevo y los vuelvo a abrir.
Busco esas palabras que nunca dijo,
esos sueños desaparecidos.
Busco esa forma de reír
sin tener que ser feliz.
Que piensen que puedes sonreír.
Sécate los ojos y mira hacia el infinito.
Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar.

Sola, terriblemente sola

Estoy sola, terriblemente sola. No hay nadie. Las lágrimas caen por mi rostro y no hay nadie a quién llamar para que las elimine. No hay nadie a quién abrazar más que a mí misma. No sé que hacer, estoy sola.
Siento dolor y una presión en el pecho que apenas me deja respirar. Me vuelvo a sentir como si fuera una niña pequeña a la que acaban de reñir por hacer algo mal. Solo que esta vez lo único que he hecho mal es ser yo misma y eso no lo puedo cambiar. Porque cada vez aguanto menos y exploto con más frecuencia. No puedo sentir nada más que dolor y el peso de la soledad que me hunde en el suelo del camino que sin querer he escogido en esta vida. No veo el final de todo. No veo la luz. No veo nada porque lo único que logro distinguir es el sonido de mi corazón esperando a que todo cambie. Aunque sé que eso no va a pasar.
Porque estoy sola en medio de un montón de gente que se hace pasar por amigos aunque en realidad no lo son. Porque no importo a nadie.
Estoy sola, terriblemente sola. A nadie le importan mis lágrimas. Nadie las ve, quizá soy invisible a ojos de todas las personas. Nadie ve mis ojos rojos. Nadie siente mi dolor y el vacío que yo siento. Nadie ve mis esfuerzos por no echarme a llorar delante de ellos. Es difícil reprimir constantemente las lágrimas, ¿sabes? Y cada vez tengo menos fuerza. Cada vez puedo soportarlo menos. Y no quiero llorar delante de nadie. No puedo hacerlo porque, si lo hago, pensarán que es para llamar la atención y hacerme notar. Así que no puedo llorar.
Estoy sola, terriblemente sola. No hay nadie.

23 de septiembre de 2015

Promesa

Me aferro a una felicidad que poco a poco se desvanece porque deseo que sea eterna. Todo parece ser luz, todo parece perfecto. Pero cuanto más deseas algo, el mundo más ansias tiene de quitártelo. Te da razones para dejar de sonreír, para sollozar y para retener las lágrimas siempre bajo los párpados. Te da motivos para avergonzarte y para querer escapar de una vida que no soportas.
Aguantas y te das cuenta de que sólo hay una promesa que te obliga a permanecer, quizá sólo es una excusa, porque en realidad no tienes el valor de huir del dolor y del sufrimiento. ¿De qué sirve mentirte? Hiciste esa promesa porque en realidad no querías escapar, porque mantenías la ilusión y la esperanza de que por fin sucediera, de que fueras feliz. 

Hay veces que me obligo a creer que lo bueno llegará, pues dicen que hay que esperar, que las cosas llegan cuando menos te lo esperas. Pero, ¿qué sentido tiene si siempre estoy esperando? Me paro a pensar en todos esos momentos en los que he sido feliz y los comparo con todos aquellos momentos de los que me avergüenzo, en los que me he equivocado y que me gustaría cambiar. ¿De verdad permanecer es la mejor opción? 

Un mensaje para el mundo:

Se avecinan tormentas y desgracias por el camino que recorremos. No importa que cada camino sea particular y que se dirija a sitios diferentes pues el final, la meta, el sitio de llegada, es el mismo. La muerte nos acogerá como si fuéramos sus huéspedes, nos separará de la vida y de esas personas que han caminado junto a nosotros y no podremos hacer nada porque es inevitable.

Se avecinan tormentas y desgracias, mas también reencuentros, ilusiones y sueños alcanzados. Se avecinan rayos de sol abriéndose paso por entre las nubes y viajes en barca para cruzar pequeños mares que nos impiden continuar por nuestro camino. Puede ser que caigamos, que el mar se vuelva negro y que sintamos miedo y pánico de lo que pueda haber allí abajo. Pero prometo que se volverá transparente, que habrá unas cálidas manos que nos ayudarán a salir de ese mar y nos subirán de nuevo a esa barca.

Se avecinan tormentas y desgracias; se avecinan secretos, mentiras y verdades a medias. Así como también nos encontraremos con falsos amigos. Sin embargo, los buenos amigos estarán ahí siempre dispuestos a apoyarnos y a sacarnos de los agujeros que encontremos por el camino.

Se avecinan tormentas y desgracias, sé que caminar parece fácil, pero nos cansamos. Habrá cuestas que subir y que bajar, habrá obstáculos y vacíos de los que habrá que librarse, habrá ríos y mares que cruzar ya sea construyendo puentes, construyendo balsas o a nado; y, sobre todo, habrá miedo de llegar al final, nos aterrorizaremos de esa separación de la vida que nos alcanzará o que nosotros alcanzaremos.

Se avecinan tormentas y desgracias y, a pesar de todas las dificultades, sé que llegaremos a la meta de algún modo, andemos por donde andemos y pasemos por donde pasemos. Sea con quien sea, llegaremos al final y sonreiremos a la muerte que nos acogerá como a sus huéspedes, que nos separará de la vida y de esas personas que han caminado junto a nosotros.

                                                                                           Firmado: Marina González Jurado

¿Merece la pena?

¿Merece la pena?
¿Merece la pena fingir una falsa sonrisa para pasar desapercibida ante gente que apenas conoces?
¿Merece al pena ocultarte tras una barrera de mentiras por no tener el valor de dejar que te vean como eres de verdad?
¿Merece la pena aparentar una seguridad que no tienes?
¿Merece la pena reír aunque estés intentando soportar ese dolor que te corta la respiración?
¿Merece la pena acercarte a gente en la que no quieres confiar, gente que te puede hacer daño?
¿Merece la pena ocultarte aun sabiendo que no podrá ser permanente?
¿Merece la pena arriesgarlo todo cuando sabes que no saldrá bien y que tu barrera de seguridad fingida acabará derruida como siempre, que descubrirán como eres y te alejaran?
¿Merece la pena vivir en una mentira por no ser capaz de mostrarte tal y como eres?
¿Merece la pena continuar siendo así, siendo una mentira?
¿De verdad merece la pena?
¿De verdad merece la pena seguir teniendo pánico a que te conozcan de verdad, a la posibilidad de que se alejen de ti, de que te ignoren, de que te abandonen en esa oscuridad fría y sofocante que siempre has temido?

Cuando el mundo es sordo

Cuando el mundo es sordo gritas y gritas y tan solo se oye el eco de tus sollozos apagados. Ocultas tu rostro cansado y rojo de tanto llorar y nadie ve, nadie oye, nadie mira.
Cuando el mundo es sordo nadie escucha el leve murmullo del río que fluye corriente abajo como fluye la vida, rápido y luego despacio.
Cuando el mundo es sordo la vida se hace larga, se expande y crece. Todo se vuelve monótono y no hay cambios visibles.
Cuando el mundo es sordo miras hacia la nada y la nada te guiña un ojo invitándote a saltar hacia el abismo del vacío, hacia el barranco que marca tu final.
Cuando el mundo es sordo no escuchas el latido de tu corazón, se pierde la diferencia entre la vida y la muerte, todo se vuelve oscuro y ya no hay miedo a escapar.
Cuando el mundo es sordo nada tiene importancia, no hay cambio alguno cuando desapareces, nadie nota tu ausencia.
Cuando el mundo es sordo simplemente te vuelves invisible.
Pues cuando el mundo es sordo gritas y gritas y tan solo se oye el eco de tus sollozos apagados.

Alma perdida

Una tras otra
lágrimas de sangre
resbalando por mi rostro,
cayendo incansables.

Como un alma perdida.
Derrota tras derrota.
Caminando por una calle
oscura, silenciosa.

Tratando de encontrar,
callada, escuchando.
Pasando por esta vida
que a nadie importa tanto.

Y espero un abrazo
y lloro, lloro.
No se escuchan mis sollozos
cuando el mundo es sordo.

Y triste, sin sentido,
queriendo dejar de existir.
Huyendo de este mundo
en el que no quiero vivir.

Una última despedida
que nunca llegará.
Escribiendo con el lápiz
la palabra final.

Gravedad

Intentas ocultarlo, hacer como si no sintieras nada cuando realmente lo único que deseas es un beso, una caricia, un gesto, una mirada cómplice que te haga sentir especial... El amor, tan complicado y confuso, te ha atrapado en su red.
Y ahora, cualquier cosa relacionada con esa persona se ha convertido en tu vida, en el más maravilloso de los universos. Vives esperando ese algo, esa respuesta que quizá nunca llegue, ese pequeño gesto que transforme tu vida por completo, que te haga sentir la persona más afortunada del mundo y que haga que todo lo demás pase a un segundo plano. Esa persona por la cual te desvives por hacerle feliz, que hace que un escalofrío recorra tu espalda cada vez que le ves, que consigue que la gravedad cambie y que te atraiga de una forma inevitable. Esa persona a la que podrías estar mirando horas y horas y no te cansarías, esa persona que te hace estremecer sólo con escuchar su voz o ver una sonrisa suya. Esa persona que te hace feliz por completo, que te cambia totalmente, que te sorprende a todas horas con pequeños detalles y gestos, que te pone de los nervios y no deja que ese temblor desaparezca del todo, que te hace sentir un cosquilleo por todo el cuerpo cada vez que te toca, que te enamora con cada acción, que te cuida sea cual sea el momento y se preocupa por ti, que te pilla mirándole una y otra vez, que te hace reír por cualquier cosa, que hace que tu corazón se acelere y tu respiración se vuelva entrecortada, que hace que tu pecho se contraiga y que sólo desees estar con esa persona a pesar de todo.
Pero hay veces que no puedes decir nada y debes soportar todo el peso de un amor secreto en tu espalda. Y eso duele, duele cuando no lo aguantas y, cuando ya no puedes soportarlo más, ese peso cae y todos ven lo que tanto tiempo has ocultado.